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La ordalía de Europa

Decía Jean Monnet que el proyecto europeo no busca sólo unir Estados sino sobre todo unir a sus gentes

Un 57% de los europeos ya no confía en la Unión y tiene una percepción negativa de la misma

Es sabido que la frustración genera apatía o rechazo, y que es un campo abonado para el auge del nacional-populismo

Una Comisión de la Eurocámara recomienda retirar la inmunidad a Marine Le Pen

Una Comisión de la Eurocámara recomienda retirar la inmunidad a Marine Le Pen

Atar al cautivo de pies y manos y lanzarlo a un lago o río. Esa, la ordalía del agua, era una de las variantes medievales del juicio de Dios. Si el desdichado pecador lograba salvarse era prueba de la mediación divina, estaba entre los ungidos y su inocencia quedaba acreditada.

Esa parece ser también la modalidad que las instituciones comunitarias, alentadas por algunos países “virtuosos”, han elegido para estos mediterráneos culpables del pecado de molicie. Y efectivamente, tras cinco años sumergidos en la austeridad hasta la asfixia, si nos salvamos será de puro milagro. Si nos salvamos nosotros, los españoles, italianos, franceses, griegos, portugueses e irlandeses; pero también si nos salvamos nosotros, los europeos. Porque eso, el futuro de Europa, es lo que se ahoga maniatado en el fondo del pantano.

Decía Jean Monnet que el proyecto europeo no busca sólo unir Estados sino sobre todo unir a sus gentes. Ideas como esa, también como el compromiso con el Estado social, han sido seña de identidad para los europeos y un modelo para el mundo entero. No dejéis que os lo arrebaten porque el Estado de Bienestar es “patrimonio democrático de la humanidad”, advertía Lula hace unos años.

Hoy, los europeos y los europeístas asistimos entre la indignación y el desánimo a la visión de cómo ese proyecto retrocede a la categoría de sueño borroso y lleva camino de convertirse en pesadilla, mientras la imagen de unas instituciones que reparten anatemas y penitencias, jaleados por algunos líderes que reclaman más madera, tiene su reflejo en una ciudadanía que se divide y se aleja.

Perezosos y corruptos. Así nos consideran mayoritariamente los alemanes según el barómetro del Real Instituto Elcano. El 10% que hace unos años decía desconfiar de los españoles se ha convertido hoy en un 50%. Del mismo modo, del lado de los penitentes y sean del país que sean, se escuchan frases como “lo que no hicieron con los panzers lo harán con el euro” y se ven pancartas identificando a Merkel con Hitler y el euro con la esvástica.

No se trata de unos pocos exaltados, en ese lanzarse los unos contra los otros lo que acaba pisoteado es el nosotros y nada tiene de extraño que el europeísmo se encuentre en mínimos históricos. El Eurobarómetro señala que un 57% de los europeos ya no confía en la Unión y tiene una percepción negativa de la misma, antes de la crisis esa misma percepción no llegaba al 40%. En España la confianza en la Unión alcanzaba en 2007 el 57%, hoy es la desconfianza la que puntúa al 72% mientras que el centro de investigaciones Pew registra en toda la UE una caída de apoyo de 15 puntos sólo en el último año.

Ninguna unión puede construirse de espaldas a sus ciudadanos y hoy la UE corre el riego de convertirse en un proyecto frustrado a fuerza de insistir en una política económica frustrante para los ciudadanos. Y si es sabido que la frustración genera apatía o rechazo, también sabemos que es un campo abonado para el auge del nacional-populismo.

Basta un simple vistazo para comprender que esa corriente ideológica se encuentra entre los grandes beneficiados de esta tormenta perfecta que la crisis y el recetario de la austeridad han desatado.

En Grecia, el neonazi Amanecer Dorado ha pasado de la irrelevancia a contar con 18 diputados y las encuestas auguran que puede doblar su resultado. En Croacia el Partido por los Derechos entra en el Parlamento; también Ataka, que tiene la llave para formar Gobierno en Bulgaria. La lista continúa por toda Europa: Demócratas de Suecia (6%, el doble que en los últimos comicios), Partido de los Auténticos Finlandeses (20%), Partido Popular Danés (13% y tercer partido), Partido del Progreso noruego, en el que militara Anders Breivik, el asesino de los 77 jóvenes socialdemócratas en la isla de Utoya (23%). En Hungría, los conservadores y miembros del Partido Popular Europeo de Fidesz gobiernan haciendo suyo buena parte del programa de Jobbik (tercera fuerza política), entre ambos suman el 68% de los votos.

Incluso en los países centrales el auge del populismo se está convirtiendo en la gran novedad de esta travesía del desierto. Si ya hace tiempo que la posfascista Alianza Nacional y la Lega Nord llegaron al Gobierno con Berlusconi, hoy vemos como el Front National de Marine Le Pen logra el mejor resultado de su historia (18%) y es visto favorablemente por el doble de franceses que hace dos años. En Austria a los clásicos FPÖ y BZÖ se ha sumado el Team Stronach. En Gran Bretaña el UKIP ha sido la gran revelación de los recientes comicios locales con 147 concejales (25% de votos en los distritos en los que se presentaba), con esa mezcla de antieuropeísmo, antiinmigración y libertarismo económico tan frecuente en este tipo de formaciones.

La peculiaridad española (también lo era de Grecia hasta que dejó de serlo), con una extrema derecha integrada desde la transición en el Partido Popular, no ha impedido el ascenso a nivel local de formaciones como España 2000 o la Plataforma per Catalunya que ha pasado de 17 concejales en 2007 a 67 en 2011, con un ascenso en votos del 500%.

Aumento de la desafección de los ciudadanos hacia la Unión, confrontación en lugar de acercamiento, erosión de un Estado de Bienestar con el que nos identificamos y por el que se nos identifica, avance histórico de partidos nacional-populistas antieuropeos, ultranacionalistas y xenófobos y radicalización de unos partidos conservadores, temerosos de perder más electores, hacia posiciones más extremas. Ese el balance político de cinco años de medidas económicamente fallidas y políticamente suicidas.

En algunos casos, la ideología, como la fe, parece ser ciega y probablemente quienes siempre han entendido la UE como poco más que un gran mercado siguen convencidos, contra toda evidencia, de que pasar por esa dura penitencia es necesario para salvar el alma económica de Europa. La triste realidad es que sólo están destruyendo su cuerpo.

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