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¿Qué posición adoptan los españoles ante el medio ambiente?

Teniendo en cuenta los datos de cumplimiento de las obligaciones legales ambientales, así como los están relacionados con un cierto número de virtudes morales y de cómo valoramos el entornos, parece claro que la conciencia medioambiental de los españoles se caracteriza por su debilidad.

Medio Ambiente

Ahora que mandatarios y delegados de toda la sociedad internacional se reúnen en Nueva York para intentar dar un nuevo impulso a las políticas destinadas a mitigar el cambio climático, es razonable preguntarse por la postura que adoptan los ciudadanos españoles frente al medio ambiente. Aunque pudiera parecer lo contrario, se trata de datos de difícil sistematización, debido a la ausencia de trabajos de campo específicos y a la discontinuidad en las series temporales correspondientes. No obstante, mediante la combinación de datos de distinta procedencia es posible hacerse una idea cabal de cuál sea la conciencia medioambiental de los españoles.

Eso fue precisamente lo que hicimos mis colegas Ángel Valencia Sáiz, Rafael Vázquez y yo, en una investigación que publicó el CIS en el año 2010. Mucho más concisamente, me propongo ahora presentar un rápido retrato-robot del ciudadano ecológico español -o constatar su inexistencia- a través de cuatro tablas, tres de las cuales han podido ser actualizadas gracias al barómetro del CIS de septiembre de 2012, que incluye una batería de preguntas sobre el particular.

Sirva de prólogo a esta representación gráfica una observación general sobre la relación del ciudadano con los problemas medioambientales. Es característica de la misma la existencia de una amplia brecha entre los valores y preferencias declarados, por una parte, y los comportamientos y prácticas sociales. No es lo mismo decir que hacer, tampoco hacer uno mismo que hagan otros. De ahí que las preferencias medioambientales de los ciudadanos hayan de ser tomadas cum grano salis mientras no se vean refrendadas por sus hábitos de vida. Por cierto que el votar es también un hacer, siendo reveladora en este sentido el escaso peso de los problemas medioambientales en la agenda política española y la ausencia de partidos ecologistas con representación parlamentaria.

A este respecto, pues, es conveniente distinguir entre tres distintos tipos de disposición ciudadana hacia el medio ambiente: (a) adhesión moral, o expresión de un grado variable de conciencia medioambiental, sin que esta encuentre expresión directa en su estilo de vida o sus preferencias políticas; (b) cooperación voluntaria, consistente en la adopción de conductas sostenibles y medioambientalmente responsables en la vida doméstica y el ámbito privado, con un grado variable de intensidad. No se trata del cumplimiento de las leyes que obligan a todos, sino de acciones voluntarias que implican un cuidado del medio ambiente; y (c) participación activa, el desarrollo de un compromiso activo con la causa medioambiental, mediante distintas formas de participación política y cívica (ya sea formal o informal). Naturalmente, se trata de disposiciones compatibles entre sí, que admiten distintos grados de implicación.

Sea de ello como fuere, ¿cuál es el grado de interés de los ciudadanos españoles hacia el medio ambiente? La Tabla 1 nos señala la medida en que los ciudadanos españoles dicen seguir las noticias relacionadas con el medio ambiente.

Tabla 1: Grado de interés con el que sigue noticias relacionadas con el medio ambiente

T1

Las variaciones desde 1996, como puede verse, son muy escasas; algo que, empero, puede tener una lectura positiva si tenemos en cuenta el impacto de la crisis, que, en buena lógica, habría debido desplazar el medio ambiente todavía más en la lista de las prioridades informativas de los ciudadanos. En este mismo barómetro, el aumento de la temperatura de la tierra (algo anticuada forma de referirse al cambio climático) es el tema medioambiental que más preocupa a los ciudadanos (un 58%). Sin embargo, conviene añadir que el mismo ciudadano que se declara bastante informado (40.1%) obtiene esa información masivamente a través de los medios de comunicación (84.9%), lo que, a la altura de 2007, significaba sobre todo la televisión (un 68.7%). En cualquier caso, si hablamos de una jerarquía de problemas sociales, el más reciente barómetro del CIS de noviembre de 2013 indicaba que los problemas medioambientales constituyen el primer problema del país solamente para el 0.1% de los ciudadanos, y el segundo para el 0.2%. Aquí sí se nota, mucho, el impacto de la crisis.

Por su parte, la Tabla 2 explora las percepciones ciudadanas de la relación entre crecimiento económico y protección medioambiental, evidenciando algo acaso imprevisible, a saber, que una mayoría de ciudadanos descarta la existencia de un vínculo necesariamente negativo entre crecimiento y sostenibilidad. Entre corchetes aparece la actualización, a fecha de 2012, de la única pregunta de las tres que el CIS ha incluido en su barómetro de 2012.

Tabla 2. Economía vs. medio ambiente (In-compatibilidades)

T2

Si pasamos al más espinoso terreno de los sacrificios que el ciudadano está dispuesto a hacer en favor de la sostenibilidad medioambiental, presentados en una Tabla 3 que incluye separadamente las respuestas en 2004 y 2012 (repitiéndose literalmente sólo una de ellas en los barómetros correspondientes), resulta sobre todo significativo que el sacrificio más aceptado sea el más vago ("dedicar más recursos al medio ambiente"), reduciéndose el apoyo cuando aquél se concreta (por ejemplo, pagando precios mucho más elevados o muchos más impuestos). Cabe añadir aquí que los ciudadanos han venido apoyando con claridad (en torno al 74% en 1996 y 2005) la noción de que ni los gobiernos ni los ciudadanos son responsables en exclusiva de la protección medioambiental, sino que es una responsabilidad compartida entre ambos y el resto de los agentes sociales.

Tabla 3: Sacrificios concretos 2004-2012

T3

Finalmente, la Tabla 4 trata de ofrecer un dibujo de los esfuerzos concretos que hacen los ciudadanos en perspectiva comparada europea. Previsiblemente, España se sitúa ligeramente por debajo de la media y muy lejos de los países medioambientalmente más virtuosos, algunos de los cuales, como Eslovenia o Malta, resultan acaso inesperados. Si completamos estos datos con los que ofrece el referido barómetro del CIS de 2012, comprobamos que las prácticas concretas de los ciudadanos españoles en favor de la sostenibilidad medioambiental son bien escasas: mientras el 96% nunca ha pertenecido a una asociación ecologista y sólo el 2.5%% ha trabajado como voluntario medioambiental, a cambio el 21.8% de los ciudadanos ha comprado bienes -o dice haberlo hecho- pensando en el medio ambiente y el 18.2% los ha dejado de comprar por la misma razón.

Tabla 4. Conductas individuales pro-ambientales en Europa

Fuente: Special Eurobarometer 217. The attitudes of European citizens towards environment. Abril 2005.

Fuente: Special Eurobarometer 217. The attitudes of European citizens towards environment. Abril 2005.

En este contexto, no es de extrañar que un grupo de notables, entre los que se cuentan ex-primeros ministros y académicos tan relevantes como Nicholas Stern o Daniel Kahneman hayan impulsado una suerte de manifiesto titulado "Better Growth, Better Climate" que, abandonando el catastrofismo climático, apuestan por impulsar el crecimiento a través de políticas orientadas a mitigar el cambio climático o facilitar la adaptación al mismo, y viceversa. A la vista de las preferencias ciudadanas y de su verdadera disposición hacia la sostenibilidad medioambiental, quizá sea la única forma de lograr el suficiente apoyo global a la lucha contra el cambio climático cuando se trata de pasar de las grandes declaraciones a la letra pequeña de las medidas necesarias para preservarlo.

En cualquier caso, tal como concluíamos en aquel trabajo tras examinar los datos disponibles, parece claro que la conciencia medioambiental de los españoles se caracteriza por su debilidad. Y de hecho, si consideramos como tal aquél en quien concurren no sólo el cumplimiento de las obligaciones legales ambientales, sino también un cierto número de virtudes morales y disposiciones prácticas hacia el entorno, puede afirmarse que el ciudadano ecológico español –todavía– no existe. Ausencia que constituye un evidente obstáculo para la transición de la sociedad española hacia la sostenibilidad.

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