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La elección de Juncker, entre la historia y la histeria

Los socialistas españoles se han autodescartado de poder moldear algo más hacia la izquierda el programa de gobierno para los próximos cinco años

Si regañan a Pedro Sánchez es que va por el buen camino, de Ignacio Sánchez-Cuenca

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Hace algo más de tres meses, en un seminario celebrado en Bruselas, pudimos escuchar esta curiosa confesión de una eurodiputada socialdemócrata: prefería que el Partido Popular Europeo ganase, por un único escaño de diferencia, las elecciones de mayo. No se trataba de una disidente con Martin Schulz ni mucho menos una traidora a la causa progresista. Al contrario, estamos hablando de alguien cercana al núcleo central del Partido de los Socialistas Europeos que, sin embargo, aspiraba ante todo a asegurar que el resultado electoral fuese esta vez determinante para designar el futuro presidente de la Comisión.

Con ese fin, todas las familias ideológicas del Parlamento Europeo (salvo conservadores euroescépticos y ultranacionalistas eurófobos) habían hecho una lectura audaz del Tratado de Lisboa designando candidatos a ese puesto, de modo parecido a como se hace para elegir un primer ministro nacional. Un paso quizás percibido como modesto por la desencantada opinión pública europea pero con gran potencial politizador. Si el jefe del poder ejecutivo europeo empezaba a emanar del voto popular y no de un arreglo intergubernamental, se estarían poniendo las bases de un doble avance democrático. Por un lado, las elecciones europeas podrían dejar de ser una colección de 28 votaciones separadas dominadas por debates nacionales -que es lo que básicamente son ahora- para pasar a convertirse en un auténtico proceso con entidad propia, capaz de determinar el rumbo político de esa UE que tanto nos afecta. Por otro lado, sería posible una Comisión más autónoma de los estados miembros y con un líder que rendiría cuentas por igual a un alemán o un chipriota.

Sin embargo, como es imposible que ningún grupo obtenga mayoría absoluta en la cámara de Estrasburgo y dado que Angela Merkel y demás jefes de gobierno tenían que proponer primero el nombre que se sometería a votación, no estaba garantizado establecer ese ansiado vínculo directo entre vencedor en las elecciones y presidente de la Comisión. De ahí que nuestra visionaria política socialista, consciente de que el viejo conocido Jean-Claude Juncker despertaba menos reticencias que su apasionado cabeza de cartel entre los miembros del Consejo Europeo, concluía que esta vez era mejor facilitar y apoyar el nombramiento del candidato popular. Así, una vez sentado el precedente, ya sería imposible que los líderes nacionales volviesen en el futuro a separarse del dictado de las urnas.

A largo plazo, salía ganando la incipiente comunidad política de ciudadanos europeos pero también la socialdemocracia pues, en caso de ser la fuerza con más escaños dentro de cinco o diez años, podría volver a asumir el liderazgo del poder ejecutivo en la UE gracias al apoyo del centro-derecha europeísta. A corto plazo, el desenlace tampoco sería tan malo. Al fin y al cabo, Juncker es un socialcristiano federalista que ha gobernando muchos años su país en coalición con el Partido Socialista Obrero Luxemburgués. Además, y aún más importante, la UE parecía estar escarmentada del bienio negro ordoliberal que duró de primavera de 2010 a verano de 2012, y ahora parecía irse restableciendo el equilibrio ideológico que está en el alma del proceso de integración. Recuérdese que el resultado deseado por nuestra eurodiputada –que en gran medida acabó confirmándose en mayo- contemplaba un grupo socialista a muy poca distancia del PPE. Algo que, combinado con una mayor presencia progresista en muchos gobiernos nacionales, prácticamente garantizaba una legislatura de consenso.

A partir de aquí, todo es más o menos conocido. El importante crecimiento del voto a fuerzas muy críticas con la UE oscureció por unas semanas este escenario. Pero en la práctica contribuyó a asentarlo pues, una vez pasado el momento apocalíptico, demostró que sería el eje más-menos integración en vez del izquierda-derecha el que iba a articular los próximos cinco años, facilitando así la conformación de una amplia base que incluye los dos grandes grupos pero también a liberales y verdes. Además, la fallida estrategia de David Cameron de evitar la designación de Juncker, alentada de forma histérica por la prensa británica, ayudó paradójicamente a la visualización de ese conflicto y al cierre de filas por parte del mismo Schulz en torno al luxemburgués.

Pero entonces, lejos de sentir satisfacción porque Bruselas fuera al fin capaz de producir un avance de alta política después de tanto tiempo alimentando la triste dinámica tecnocracia-populismo, el PSOE prefirió oponerse a la decisión de su grupo. Lo hizo sólo con la frágil compañía de sus correligionarios en Reino Unido y Suecia; dos países poco europeístas y fuera de la moneda común. Se trata, pues, de una decisión grave que rompe la larga tradición pactista de la socialdemocracia española en asuntos europeos y que se ha intentado explicar subrayando la causa aún más grave que motivaría este giro: el sufrimiento y desempoderamiento experimentados por muchos ciudadanos durante los últimos cinco años. A ojos de muchos progresistas, la crisis del Euro habría roto el difícil equilibrio que debe guardar un partido democrático de gobierno para ser a la vez responsivo con las preferencias de sus votantes y responsable frente a la UE, optándose ahora por el segundo objetivo de forma tan exagerada que casi se habría vaciado de contenido la existencia de programas diferentes y, por tanto, de alternativas para satisfacer los deseos de sus electorados.

Esa desagradable sensación explica que, si bien España sea uno de los pocos países europeos en los que jamás ha existido una gran coalición, en el imaginario de cierta izquierda se ha instalado la idea de un “PPSOE” que supuestamente gobierna y que debe ser castigado. Los dirigentes socialistas han reaccionado con pánico ante la pérdida de votantes que eso podría suponer y han optado por subrayar tanto en la campaña de mayo como en sus elecciones primarias que no apoyarían a alguien que, en vez de encarnar un hito democrático y la posibilidad  de restablecer el consenso que tanto necesita Europa, era presentado simplificada e injustamente como el candidato de la derecha austericida.

Las premisas sobre la que se construye esa actitud pueden ser sólo electoralistas o quizás más respetables: una denuncia sincera del deterioro democrático, que ha frustrado sobre todo a los grupos sociales más débiles, o un intento de politizar la UE con una auténtica pauta de gobierno izquierda-derecha. Pero incluso en ese caso, la conclusión sería equivocada. En primer lugar, porque el débil y plural demos a escala continental hace implausible e indeseable que las instituciones europeas dejen de estar gobernadas por un amplio entendimiento que abarque al menos a socialdemócratas y democristianos de Norte y Sur. Precisamente la mala experiencia reciente de políticas económicas tan sesgadas geográfica e ideológicamente debían de haber convencido al PSOE de que es mejor aspirar al equilibrio programático y ubicarse a escala europea en el eje que divide a partidarios y detractores de la integración para tratar de responder a la mayoría social que aspira a una UE ambiciosa. Resulta incluso más eficaz pues, desmarcándose ahora tan rígidamente del apoyo a Juncker, los socialistas españoles se han autodescartado de poder moldear algo más hacia la izquierda el programa de gobierno para los próximos cinco años, perjudicando así los intereses de sus votantes. La conducta del italiano Matteo Renzi ha sido un ejemplo perfecto de todo lo contrario.

Así pues, tratando de superar la difícil tensión de todo partido de gobierno de izquierda al que le cuesta mucho ser responsivo en el eje ideológico nacional porque ha de ser responsable con sus obligaciones supranacionales, el PSOE ha optado por la peor de las respuestas: ser irresponsivo en el eje ideológico supranacional e irresponsable con sus compromisos nacionales. Además, ha puesto en riesgo la consolidación del precedente sobre la elección del Presidente de la Comisión al haber proporcionado a las fuerzas conservadoras una excusa que esa eurodiputada con tanta visión estratégica quería evitar pensando en futuras victorias socialistas. Y es posible que, cuando coincida con sus compañeros españoles, trate de hacerles ver la conveniencia de pensar con calma en las encrucijadas históricas.

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