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Fútbol, economía y ciencia

El mundial de Rusia demuestra que toleramos y hacemos el juego a los autócratas, igual que toleramos la desigualdad y el enriquecimiento de los grandes futbolistas

Que el fútbol se ponga al servicio de toda la sociedad depende de que se impregne de normas sociales basadas en la equidad y el respeto a las reglas colectivas

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Ilustración: Elisa Biete Josa

El fútbol globalizado nos ilustra algunos de los fenómenos más interesantes de la economía moderna, como el rol de las instituciones formales e informales que interactúan con los mercados, las normas culturales que influyen en las decisiones colectivas, y el alcance de la racionalidad humana. Creíamos que sabíamos cosas al respecto antes de la Copa del Mundo de Rusia, pero hemos seguido aprendiendo con ella, en algunos casos confirmando y en otros matizando o casi desmintiendo lo que considerábamos nuestra sabiduría acumulada. 

El fútbol tiene una cara oculta y mostramos una gran benevolencia con algunos de sus protagonistas, incluso cuando tienen una proximidad inquietante con esta cara. Por esa benevolencia hemos tolerado y aplaudido un espectáculo concebido y desarrollado a mayor gloria de, y haciéndole el juego a, Vladímir Putin, el autócrata protagonista de The Road to Unfreedom, la última denuncia del historiador Timothy Snyder, discípulo de Tony Judt, sobre los intentos de la nueva oligarquía rusa por sembrar de inestabilidad las democracias que creíamos consolidadas.

Toleramos y hacemos el juego a los autócratas, igual que toleramos la desigualdad y el enriquecimiento de los grandes futbolistas. Quizás el caso Ronaldo-Juve marcará un punto y aparte. Pero ¿por qué si los futbolistas de máximo nivel son una ínfima minoría y la democracia se basa sobre todo en la regla de la mayoría, no los expropiamos? Su mayoritario origen humilde y la falta de correlación entre su talento y cuestiones morales explican que su enriquecimiento y poder no choquen con nuestras nociones más arraigadas de injusticia. Pero deberíamos ser más exigentes cuando incurren en fraude fiscal u otros comportamientos delictivos, y cuando se acercan demasiado a las autocracias que se aprovechan del éxito del deporte más globalizado y unificado.

La sociedad mediatizada por la vieja y la nueva prensa es más exigente con los responsables políticos que con los responsables deportivos. El último refugio del hombre blanco, las gradas y las comunidades virtuales del fútbol moderno acabará, sin embargo, por ser civilizado, como lo son las grandes ciudades, las modernas empresas, los partidos políticos y nuestras mejores universidades, donde el viejo hombre blanco se siente crecientemente incómodo. Por desgracia, el Mundial visto y oído por televisión en España fue un espectáculo de hombres (por lo menos de razas diversas), arbitrado y entrenado por hombres y comentado por hombres con la gracia cañí de Camacho y Kiko, que decidieron condenar a las únicas mujeres, aparte de la presidenta de Croacia, que protagonizaron la final del Mundial al saltar como espontáneas para protestar contra el machismo y la homofobia de Putin.

El éxito de Europa en el Mundial y en el fútbol globalizado en general apunta a la necesidad de que sea precisamente Europa la que complete el proceso de civilización del fútbol moderno, a la que contribuyó el FBI de la época de Obama. La lucha entre equipos homogéneos y equipos diversos que hemos visto en el Mundial, incluso en su final, nos insta a optar por un mundo donde las nacionalidades no sean más que etiquetas que sirvan para ponerse camisetas de distinto color o sean sentimientos tribales con los que dividirnos y creernos que vale la pena morir por ello, como cantan muchas letras de himnos nacionales.

El Mundial nos ha demostrado una vez más el enorme éxito y atractivo del deporte rey convertido en espectáculo. Se trata de un gran producto fruto de la evolución de instituciones con componentes inevitablemente inclusivos y extractivos, por utilizar una terminología puesta de moda hace pocos años. Que ese pastel se ponga cada vez más al servicio del conjunto de la sociedad depende de que se impregne mucho más de normas sociales basadas más que hasta ahora en la equidad y el respeto a las reglas colectivas. 

¿Racionalidad?

En el fútbol moderno también se mezclan, fruto de la combinación de emociones y presiones competitivas, la racionalidad y la irracionalidad. En el prólogo de mi libro Pan y Fútbol (Alternativas Económicas, 2018), el actual director técnico del Olympique de Marsella y exportero de fútbol Andoni Zubizarreta expresaba su escepticismo sobre alguna de las teorías con soporte cuantitativo que trato de divulgar en el libro. En particular, desde su experiencia como arquero no parecía estar totalmente convencido de que, debido a la presión psicológica, quien tira segundo en una tanda de penaltis tenga más probabilidades de perder que quien tira primero. Esta supuesta regularidad empírica llegó al Mundial tras popularizarse en la prensa en lengua inglesa (incluso durante el Mundial) un trabajo de los economistas Apesteguia y Palacios-Huerta publicado en 2010 en la American Economic Review, basado en 129 tandas de penaltis en una variedad de torneos. En el libro Beatiful Game Theoryde Palacios-Huerta, publicado en 2014, la muestra se amplía a 1.001 tandas, pero incluye tandas posteriores a 2003, que es cuando un cambio de reglas hace que quien tire primero no sea aleatorio, sino una decisión del capitán.

En este Mundial ha habido cuatro tandas de penaltis (como en el anterior), y en ellas siempre ha ganado el equipo que tiró segundo (igual que en las dos últimas del Mundial anterior). Podría ser casualidad, claro. En las tres primeras el capitán que ganó el sorteo, en coherencia con la supuesta sabiduría acumulada, eligió tirar primero. Pero su equipo perdió. En la cuarta, el capitán de Croacia, Modric, ganó el sorteo, y tras mirar al entrenador gritándole, decidió tirar segundo. Y ganó. El comentarista de Mediaset (el bueno, el de los partidos en que no estaba Camacho), dijo que Modric había decidido que Croacia parara primero, basándose en la experiencia de que su portero, Subacic, había parado tres lanzamientos en la tanda anterior contra Dinamarca. Sin duda, la decisión de tirar segundo (o parar primero, como ocurrió) fue endógena y no aleatoria. Al comentar esto en mi presentación del libro Pan y Fútbol en Madrid, justo antes de las semifinales del Mundial de Rusia, un amigo mío y colega, el economista Antoni-Ítalo de Moragas, me alertó de otro artículo científico (que ha tenido mucha menos cobertura en los medios o en los libros divulgativos), de los economistas Kocher, Lenz y Sutter, publicado en 2012 en Management Science, en el que amplían (incluyéndola) la base de datos de Apesteguia y Palacios Huerta de 2010 a 540 tandas de penaltis no posteriores a 2003, y obtienen el resultado de que el equipo que lanza primero gana solo el 53% de las veces, y que esta cantidad no es significativamente distinta de 50% desde el punto de vista estadístico; es decir, que no se puede distinguir de una diferencia puramente aleatoria.

Vandebroek, McCann y Vroom intentan muy recientemente en el Journal of Sports Economics reconciliar los distintos resultados anteriores, argumentando que el número de observaciones disponibles hace muy difícil dirimir entre hipótesis. De momento, y hasta que evidencia mucho más abundante pase por robustos filtros científicos, habrá que compartir el escepticismo de Zubizarreta, y seguir trabajando y aprendiendo del fútbol.

Francesc Trillas es profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de Pan y fútbol. El deporte rey, espejo de la economía global.

[Este artículo ha sido publicado en el número 61 de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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