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Cincuenta años después de los disturbios de Stonewall: orgullo, protesta y ansias de igualdad

Hace 50 años nueve agentes arrestaron a todas las posibles personas homosexuales que había en el bar Stonewall, en Nueva York

En 1969, ser homosexual todavía era ilegal en muchas partes de Estados Unidos. Para muchas personas lesbianas, gays, bisexuales y transgénero, las noches en lugares como el Stonewall Inn eran las únicas ocasiones en que podían ser ellas mismas sin tapujos. El lugar era conocido por celebrar la inclusión, y además se había convertido en un refugio para trabajadoras y trabajadores sexuales y personas sin hogar.

La madrugada del 28 de junio de 1969, cuando la policía empezó a acosar a todas las personas que estaban en el bar y a llevarlas a rastras hasta los coches patrulla, la clientela del Stonewall no sólo protestaba por una redada policial en un bar: estaba defendiendo su hogar.

¿Cómo empezaron los disturbios de Stonewall?

Todavía existe cierta controversia en torno al momento exacto en que estallaron los disturbios. Sin embargo, personas que estuvieron allí aquella noche coinciden en que tres mujeres de color, Marsha P. Johnson, Sylvia Rivera y Stormé DeLarverie, influyeron de manera decisiva en que los demás clientes se atrevieran a plantar cara a la policía.

Las redadas policiales en el Stonewall Inn no eran excepcionales, ni mucho menos. De hecho, muchas personas LGBTI vivían con el miedo constante a ser detenidas por “delitos contra natura”, a sufrir agresiones o a perder su trabajo o sus medios de vida si eran descubiertas, sin importar el lugar donde estuvieran o la franqueza con que expresaran su condición. Ante un ejercicio tan descarado de represión y violencia, unas cuantas voces de resistencia encendieron aquella primera chispa.

Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, defensoras de los derechos humanos

Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, defensoras de los derechos humanos

Como tantas personas transgénero en aquella época, Marsha y Sylvia sufrían hostigamiento constante, sobre todo de la policía. Puesto que era ilegal vestir prendas del sexo opuesto al que la persona tuviera asignado desde el nacimiento, ellas y otras mujeres trans y drag queens que frecuentaban el Stonewall Inn eran obligadas a entrar en los servicios, sometidas a registros corporales sin ropa y detenidas cuando se descubría que habían nacido con rasgos masculinos.

Marsha y Sylvia se negaron a obedecer las órdenes y decidieron defenderse, agravando la tensión entre la policía y la clientela del bar. Sólo unos momentos después podía oírse a la gente coreando “Poder Gay” y “Lo superaremos” en la calle, y eso hizo que empezara a congregarse una multitud a las puertas del local.

Mientras, una lesbiana birracial de Luisiana llamada Stormé DeLarverie estaba siendo introducida a la fuerza en un coche patrulla después de recibir un golpe en la cabeza con un casco policial. Cuando gritó a quienes miraban: “¿Por qué no hacéis nada?”, la multitud reaccionó y salió en tromba a defender a quienes todavía estaban dentro del local.

La gente empezó a arrojar monedas y botellas a la policía, obligando a los agentes a refugiarse en el bar. Se lanzaron papeleras por la ventana mientras no paraba de llegar gente al lugar. Para muchas de aquellas personas, esa noche fue la primera vez que pudieron levantarse y declarar que nunca más tolerarían un trato discriminatorio de la policía ni de nadie.

Los agentes pidieron refuerzos para intentar controlar a los participantes en la protesta y llegaron a usar gas lacrimógeno para disolver los disturbios, pero la multitud siguió creciendo. Tuvieron que pasar cuatro días más hasta que lograron sofocar completamente los disturbios.

Defender los derechos humanos en los disturbios de Stonewall

Los disturbios del Stonewall Inn son la emblemática demostración de que una simple decisión, una reacción impulsiva ante una injusticia, puede encender la llama de un movimiento capaz de cambiar el curso de la historia.

Cuando Marsha y Sylvia decidieron salir esa noche, no podían ni imaginar que sus próximas acciones iban a convertirse en momentos decisivos de la lucha en favor de los derechos LGBTI en todo el mundo. Aunque ya eran activas defensoras de los derechos de las personas trans y las trabajadoras y trabajadores sexuales, su participación en los disturbios de Stonewall las llevó a fundar STAR (Street Transvestite Action Revolutionaries, o activistas revolucionarias travestis*

Stormé DeLarverie

Stormé DeLarverie

de la calle), y a ser importantes dirigentes del Frente de Liberación Gay.

Stormé DeLarverie, por su parte, también fue una figura destacada de la comunidad LGBTI en la calle Christopher, y trabajaba habitualmente en algunos locales de la zona como drag king y maestra de ceremonias. A partir de Stonewall fue conocida como “la protectora de las lesbianas” y trabajó de portera en algunos locales de lesbianas del West Village. Falleció en 2014, y vivió para ver la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en Nueva York en 2011.

"Soy un ser humano que sobrevivió. Ayudé a otras personas a sobrevivir", Stormé DeLarverie

Ellas demostraron que a veces sólo hace falta un instante de valentía para que las personas vean cómo podría ser el mundo si se suman a la infinidad de voces que reclaman igualdad y liberación.

El legado de Stonewall

Un año después, el 28 de junio de 1970, la gente volvió al Stonewall Inn para conmemorar el primer aniversario de aquellos hechos como el Día de la Liberación de la Calle Christopher. Aquella marcha fue conocida como la primera fiesta del Orgullo LGBTI, y sirvió como catalizador de otros movimientos y acontecimientos en todo el planeta.

A pesar de que en muchas culturas del mundo ya existía una arraigada aceptación de la comunidad LGBTI, los siglos que precedieron al que terminaría llamándose Movimiento de Liberación Gay estuvieron dominados por un discurso predominantemente occidental sobre el género y la sexualidad que obligaba a muchas personas a reprimir su verdadero yo para adaptarse a las expectativas de la sociedad.

Los disturbios de Stonewall fueron los primeros de una serie de acontecimientos a finales del siglo XX que prepararían el terreno para un gran cambio jurídico y social que iba a mejorar la vida de las personas LGBTI. Quienes organizaron las protestas aquella noche dieron ejemplo a personas LGBTI de todo el mundo para atreverse a plantar cara a la intolerancia y abrazar la diversidad.

Décadas después de los disturbios ya se celebran centenares de fiestas del Orgullo en todo el mundo, con miles de participantes cada año. Aunque siga siendo muy peligroso participar en el activismo LGBTI en algunas partes del mundo, el Orgullo es, para la mayoría de quienes asisten a estos eventos, un momento de celebración para la comunidad LGBTI+, y de homenaje de sus comunidades, una señal de progreso digna de mención teniendo en cuenta cómo fueron atacadas Marsha, Sylvia y Stormé hace 50 años. Pero su legado perdura para recordarnos que el Orgullo se basó en la tradición de la protesta, la indignación y las ansias de igualdad, y que eso nunca cambiará.

*Aunque era un término muy común cuando se fundó STAR, muchas personas transgénero y de género fluido lo consideran inexacto y ofensivo en la actualidad.

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Cuando una victoria te puede llevar a prisión

Loujain al-Hathloul, defensora de derechos humanos de las mujeres © Marieke Wijntjes

Pero muchas de las que lucharon por esa victoria no sabían el precio que tendrían que pagar por ello. Loujain al-Hathloul, Iman al-Nafjan, Aziza al-Yousef, Samar Badawi y Nassima al-Sada, entre otras, fueron detenidas el 15 de mayo de 2018, y desde marzo de 2019 están siendo juzgadas por su trabajo relacionado con la defensa de los derechos humanos.

Todas ellas fueron detenidas arbitrariamente y encarceladas en régimen de incomunicación, sin acceso a sus familias o representación legal. Más tarde se informó que sufrieron abusos sexuales, tortura y otras formas de malos tratos durante los interrogatorios. Cuando finalmente tuvieron acceso a sus familias, éstas denunciaron cómo sus seres queridos habían sido objeto de descargas eléctricas, flagelación y abuso sexual.

Samar Badawi, mujer del abogado y defensor, Waleed Abu al-Khair, con su hija, Joud Waleed Abu al-Khair/ Private

Samar Badawi, mujer del abogado y defensor, Waleed Abu al-Khair, con su hija, Joud Waleed Abu al-Khair/ Private

Sus relatos son escalofriantes: a una activista, uno de los interrogadores le mintió y le dijo que unos familiares suyos habían muerto. Le hicieron creer esa mentira durante un mes entero; un mes pensando que las personas queridas había muerto... Dos de ellas tuvieron que besarse mutuamente mientras los interrogadores miraban... Otra activista denunció que los interrogadores le habían llenado la boca de agua cuando gritaba mientras la torturaban...

Iman al Nafjan y Aziza al Yousef fueron puestas en libertad en marzo. Pudieron regresar a sus hogares con sus seres queridos. Atrás quedaban 10 meses atormentadas por la detención arbitraria y la tortura. Otras, como Loujain, Nassima o Samar,  no han tenido la misma suerte; siguen encarceladas y se enfrentan a hasta 20 años de prisión.

El pasado 13 de marzo comenzó el juicio. ¿El delito del que se las acusa? Ponerse en contacto con organizaciones internacionales, medios de comunicación extranjeros y activistas. Algunas de ellas también han sido acusadas de promover los derechos de las mujeres y pedir el fin del sistema de tutela masculina

Prisión de Al Hair

Prisión de Al Hair

. Un sistema que les prohíbe viajar, tener trabajos remunerados, cursar estudios superiores ni casarse sin el permiso de un tutor varón. Además, las mujeres saudíes casadas con extranjeros no pueden transmitir la nacionalidad a sus hijos, a diferencia de los varones saudíes en una situación similar.

Es posible que ninguna de ellas se imaginara que a día de hoy podrían conducir libremente, pero lo que seguro no pasaba por su cabeza es que no podrían hacerlo, no por la prohibición, sino porque serían encarceladas por lograr esa victoria. Una amarga victoria.

Todas ellas renunciaron a su propia libertad por defender la igualdad, todas ellas son valientes que se atrevieron a desafiar un sistema bajo el que mujeres y niñas en Arabia Saudí sufren discriminación sistemática en la legislación y en la práctica.

Por eso, debemos actuar ahora y apoyarlas. Todas ellas deben ser puestas en libertad de forma inmediata y sin condiciones.

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Lecciones de hospitalidad: el patrocinio comunitario de personas refugiadas

John Barker, de 71 años, con Rahaf, de 25, y su hija Aseel, ambas de Siria, en su casa en Londres © Amnesty International (Photo: Richard Burton)

Al trabajar sobre los derechos de las personas refugiadas, he tenido el privilegio de conocer a solicitantes de asilo en muchos países del mundo. Una y otra vez me han impactado la generosidad y la hospitalidad que, invariablemente, muestran unas personas que han tenido que renunciar a todo lo que conocen en busca de una vida más segura.

En muchas ocasiones me han ofrecido comida y bebida cuando a duras penas podían permitirse compartirla. En Turquía, una familia preparó pan plano relleno de perejil y espolvoreado de sal para mí y mi colega. En Melbourne me uní a un multitudinario banquete para celebrar que un hombre se había reunido por fin con su familia. Personas que vivían en tiendas en Turquía siempre se aseguraban de darme un vaso de zumo o de agua. Y los sirios y sirias —cuya insensibilización a la cafeína es fuente inagotable de fascinación para mí— me han hecho innumerables tazas de fragante café de cardamomo.

Terry Dellaportas y Elizabeth Bromstein en Alexandra Park, Toronto// Stephanie Foden/Amnesty International

Terry Dellaportas y Elizabeth Bromstein en Alexandra Park, Toronto// Stephanie Foden/Amnesty International

Este compromiso de ofrecer hospitalidad a quienes llegan va más allá de la comida. Un grupo de hombres sirios que vivía bajo unas mantas junto a la carretera en el sur de Turquía insistió en hacer un sitio para que me sentara sobre el fino y polvoriento colchón, su único mobiliario. En Indonesia, rohingyas de Myanmar nos recibieron en sus refugios y estuvieron horas contándonos sus historias de trauma y esperanza. Cuando fui a Fráncfort a conocer a un solicitante de asilo cuyo viaje desde Siria había seguido, fui recibida con la palabra “danke” —gracias en alemán— hecha con flores y chocolates.

Qué exasperante resulta, después, oír a políticos de países ricos alardear de su “generosidad” por acoger a unos cuantos miles de personas o, peor aún, oírles alimentar el miedo para tratar de impedir que entren.

Por suerte, no soy la única a quien indignan esta hipocresía y esta crueldad y que quiere hacer algo para que mi país sea más hospitalario. Muchas personas —incluso en países que parecen irremediablemente hostiles hacia quienes buscan seguridad— creen que sus gobiernos están haciendo demasiado poco para acoger a quienes buscan refugio.

Pero ahora existe un modo de que la gente escandalizada por esta injusticia desempeñe un papel activo en repararla. Mediante el “patrocinio comunitario”, ciudadanos y ciudadanas corrientes pueden ayudar de forma directa a que las personas refugiadas lleguen a un nuevo país y se establezcan en él. Aunque los programas de patrocinio varían en cada país, por lo general la gente que patrocina tiene que recaudar fondos, suscribir un acuerdo con su gobierno y conseguir un alojamiento antes de que lleguen las personas refugiadas. Quienes patrocinan son también responsables de cosas como matricular a los niños y niñas en la escuela y ayudar a las personas recién llegadas a acceder a la atención médica.

A finales de la década de 1970, Canadá creó el primer sistema de patrocinio comunitario del mundo en respuesta a la crisis de desplazamiento que siguió a la guerra estadounidense en Vietnam. Desde entonces, se han implementado programas en varios países más, como Argentina, Australia, España, Estados Unidos, Irlanda, Nueva Zelanda y Reino Unido.

Conocí hace poco en Londres a una joven familia de Siria que había llegado gracias al patrocinio comunitario. Rahaf y Monther, su hija Aseel y su hijo Mohammad llegaron a Reino Unido a finales del año pasado. Mis colegas y yo nos reunimos con ellos y con dos de sus patrocinadores, John y Lily, entusiastas defensores del patrocinio comunitario, que explicaron lo significativo y gratificante que había sido para ellos la experiencia.

© Amnesty International (Photo: Richard Burton)

© Amnesty International (Photo: Richard Burton)

“Está claro que recibes del programa mucho más que lo que das”, nos dijo John. Aseel y Mohammad parecían crecer bien, cantaban canciones en inglés y nos enseñaron alegres sus juguetes. Monther y Rahaf resplandecían al elogiar el programa: dijeron que cuando llegaron, “hicieron que nos sintiéramos bienvenidos, como si fuéramos parte de la familia; no nos trataron como a personas refugiadas, sino como personas”.

La conversación me recordó a unas personas a las que había conocido hacía unos años en Toronto: grupos de patrocinadores y familias recién llegadas, entre las que estaba Maram, una niña brillante que, al poco de llegar al país, ya hablaba inglés con soltura. Cuando di las gracias a su madre por la comida que nos había servido, Maram dijo de repente con descaro: “¿Por qué la única palabra en árabe que conocen las personas canadienses es ‘shukran’?”. En aquel momento me reí, pero al reflexionar sobre ello, está claro por qué: las personas que patrocinan están todo el tiempo recibiendo la hospitalidad de las recién llegadas y “gracias” es la palabra en árabe más importante que aprenden.

He descubierto muchas cosas sobre la verdadera hospitalidad gracias a las personas refugiadas en el mundo. Es alentador que haya tanta gente aprendiendo esas mismas lecciones de quienes acaban de llegar a su comunidad.

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No nos quiere nadie: el drama de las familias desplazadas encabezadas por mujeres en Irak

Una madre y su hijo en una tienda en el campo de personas desplazadas en Hamam al Alil // Amnesty International

Khaled*, de 13 años, está sentado y reclinado en el hombro de su abuela jugando con un trozo de alambre. La abuela lo rodea con el brazo y lo besa en la cabeza mientras dice: “No queremos que se lo lleven. Es el único hijo que nos queda ya”.

Alrededor de ellos, en semicírculo, están sentadas su madre, varias de sus tías y otros miembros femeninos de la familia. Esta familia extensa llegó al campo de Ninewa, en la ribera oriental del río Tigris, en agosto de 2017, inmediatamente después de su apertura. Desde entonces viven allí. La decisión de si pueden o no regresar a su hogar depende de hombres de sus pueblos.

La madre de Khaled, Nawal*, explicó: “En nuestro pueblo hubo una reunión. Dijeron que nuestra familia no podrá regresar jamás. A otras familias que tenían un miembro del Estado Islámico se les ha permitido regresar. Tenían a alguien que las apoyó. Nosotros no tenemos a nadie. Todos nuestros hombres están muertos, desaparecidos o en prisión”.

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Acoso escolar: La administración se pasa la pelota en el patio mientras el alumnado se queda castigado sin derechos

El acoso escolar es un problema de derechos humanos, según Amnistía Internacional / F. Ruano

El acoso escolar entre iguales, entre compañeros y compañeras de escuela, se define como una forma de agresión o de hostigamiento de carácter físico, verbal o relacional, que es deliberada, se repite en el tiempo y se basa en un desequilibrio de poder.

El acoso escolar pone en riesgo el disfrute de los derechos de niños y niñas, como el derecho a no sufrir violencia, el derecho a la no discriminación, a la educación o a la salud, todos ellos reconocidos en el derecho internacional. Independientemente de que un niño o niña vaya a un centro público, concertado o enteramente privado, los poderes públicos tienen la obligación de protegerles.

A lo largo de año y medio, Amnistía Internacional ha hablado con 125 personas entre adolescentes, madres y padres, profesores/as, directoras/as de centros, orientadores/as, inspectores/as educativos, asociaciones de padres y madres, y representantes sindicales, entre otros. Este informe ve la luz principalmente gracias a estas personas.

Maricón. Marimacho. Bujarra. Bollera. Gafotas. Chino. Negro. Negrata. Puta”, nos leía una adolescente en Badajoz. “Zorra. Puta. ¿Por qué te comportas así? ¿Por qué eres tan seria? ¿Por qué hablas?”, añadía una compañera suya recordando una anécdota.

La campaña #PupitresLibres de Amnistía Internacional pide un sistema de denuncias eficaz / F. Ruano

La campaña #PupitresLibres de Amnistía Internacional pide un sistema de denuncias eficaz / F. Ruano

El acoso escolar no es cosa de niños. Se produce por un rechazo a la diversidad y a la igualdad, valores esenciales de todo país libre y garantista de derechos. El sexismo existente en la sociedad se refleja también en las aulas, y muchas veces son las chicas las que lo sufren especialmente.

Hay quien señala que el acoso escolar no es algo nuevo y que lo que hay ahora es sobreprotección de los menores. Javier Rouco, maestro de primaria en A Coruña, lo contesta mejor que yo:

“¿Deberían los niños y niñas tener la piel más gruesa? Quizá. Pero eso no es algo que haya que planificar. Ocurrirá de forma natural. Como maestro, preferiría que me acusaran de preocuparme demasiado y no de ignorar el sufrimiento de uno de mis alumnos”.

Uno de los principales escollos con el que nos encontramos es que no sabemos exactamente cuántos niños y niñas están sufriendo acoso escolar. Según los datos recopilados por las inspecciones educativas de las comunidades autónomas, se trataría de un problema serio pero aislado. Alrededor del 0,03% de los alumnos se vería afectado. Sin embargo, si uno lee los informes elaborados a partir de decenas de miles de entrevistas a niños y niñas de todo España por parte del Defensor del Pueblo, del Observatorio Estatal de Convivencia Escolar o de la Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, entre el 5 y el 10% de los niños declaran haber sufrido alguna forma de acoso en los últimos meses.

¿Quién tiene razón? Lamento reconocerlo, pero no tengo la respuesta a esa pregunta, pero la diferencia es demasiado grande como para no prestarle atención.

F. Ruano

F. Ruano

En Amnistía Internacional hemos descubierto que la mayoría de los posibles casos de acoso identificados por el servicio de atención telefónica del Ministerio de Educación (900 018 018) no son comunicados a las inspecciones educativas. Testimonios de padres, madres, chicos y chicas dan cuenta de que formas no físicas de acoso, como los insultos, el hostigamiento y la exclusión, suelen pasar desapercibidas. Las estimaciones oficiales de las comunidades autónomas, cuando existen, no captan el acoso escolar en toda su extensión y no ofrecen datos desglosados por orientación sexual, identidad de género, etnia, posición socioeconómica u otros motivos potenciales de discriminación. Aunque se ofrecen al profesorado, estos cursos sobre acoso escolar no son obligatorios y los y las docentes no siempre los encuentran útiles para identificar posibles casos de acoso en el aula.

Amnistía Internacional ha conocido a profes fantásticos, inspiradores y con una clara conciencia del problema. Pero la libertad y la seguridad personal de los niños y niñas no debe depender de la bondad de las personas adultas. Es un asunto de derechos humanos y los poderes públicos tienen la responsabilidad de protegerlos.

Uno de los mensajes que escuchamos con mayor frecuencia de madres y padres de víctimas de acoso escolar es la sensación de soledad y abandono. “Habría agradecido que alguno de los otros padres hubiera llamado por teléfono para interesarse y expresar su apoyo; pero nadie lo hizo”, nos contó Carmen en A Coruña. Todos los niños y niñas pueden ser víctimas de acoso escolar, del mismo modo que todos pueden ser agresores. Qué no podría conseguir la sociedad del futuro si ningún niño o niña hoy tuviera miedo de ir a clase.

Este post está dedicado a las chicas, chicos, madres y padres que sufren o han sufrido el acoso escolar en primera persona. No estáis solos.

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Mi querida hermana

La defensora de derechos humanos, Doris Valenzuela

A partir de ese momento, terribles sensaciones se apoderaron de mi. Hoy solo recuerdo la confusión, el estupor, el deseo de solucionar algo sin saber qué. La única realidad es que cuando ocurre un hecho así, poco se puede hacer, salvo confirmar la noticia, asegurar que el hijo y las hijas están atendidos, preparar una nota de condolencia, una nota en la que volcar toda mi repulsa... Ante lo terrible, no hay posible solución: Doris había sido asesinada y nada podía cambiarlo.

Una vez más me encontraba de frente con la dura realidad que viven las mujeres defensoras de derechos humanos. No sólo se enfrentan cada día al acoso, las amenazas y los ataques de los perpetradores de violaciones, poderosos y sin escrúpulos. También se enfrentan a un entorno más cercano, que las agrede simplemente por un hecho: ser mujeres.

En los últimos años hemos sido testigos de cómo valientes mujeres como Doris lo pierden todo por defender a los demás. Cuando nos toca vivirlo tan de cerca, la pregunta que no abandona nuestra cabeza es otra: ¿Quién las defiende a ellas?

Doris Valenzuela

Doris Valenzuela

Doris esquivó a las balas en varias ocasiones y tuvo que enfrentarse a la peor pesadilla de una madre: perder a sus hijos. Dos de ellos murieron en sus brazos, víctimas de la violencia armada que desangra Colombia, tanto por parte de la guerrilla como de los grupos paramilitares. No puedo imaginar el enorme dolor que debió de sufrir en esos momentos.

Esa misma muerte que otras veces logró esquivar, le vino a visitar cuando todo parecía empezar de nuevo para ella: una nueva vida, una nueva ciudad, por fin la paz para una luchadora que tanto sufrió. Si a la injusticia se le pudiera poner medida, la que sufrió Doris superaría lo imaginable.

Esta noche las hijas y el hijo de Doris celebran una misa por la memoria de su madre. Y me han dicho que les gustaría que estuviera con ellos. Cuando veo a estos chavales, tan jóvenes y con tanto sufrimiento cargado a sus espaldas, se me parte el corazón. Pero cuando ríen, con la misma sonrisa que tenia su madre, inacabable, sé que ella vive a través de ellos.

Doris seguirá viva no solo en la sonrisa de sus hijos. Doris seguirá viva mientras la recordemos y mientras continuemos su lucha por un mundo más justo en el mismo punto en el que la obligaron a dejarla. Una lucha que nunca evitó, valiente como era, inmensamente valiente.

Guardo el último mensaje que me mandó al teléfono, un mes antes de morir, cuando vine a visitarles. Fue la última vez que la vi. En este mismo tren, de regreso a Madrid, después de varias horas conversando, me envió un hermoso texto: “Si me preguntan si quisiera tener otro hermano, te elegiría a ti”. En ese momento se me encogió el corazón, feliz de contar con su amor sincero, fraterno, y recíproco. Ha pasado un año y hoy, en este mismo tren que tantas veces me llevó hasta la sonrisa de Doris, lloro al volver a leer sus palabras. Fui afortunado de conocerla, de compartir momentos con ella, de querernos. Siempre te recordaré, hermana. Siempre estarás viva entre nosotros.

Quién era Doris: Doris Valenzuela, fue parte integrante de Comunidades Construyendo Paz en los Territorios (Conpaz), una organización colombiana de afrodescendientes, indígenas y campesinos de la región de Buenaventura, en el oeste de Colombia, que defiende la justicia social y ambiental. También formó parte del espacio humanitario Puente Nayero, también en Buenaventura. Un espacio libre de actores armados ilegales en contexto urbano, apoyado por la Comisión Intereclesial Justicia y Paz y otras organizaciones nacionales e internacionales.

En 2017 tuvo que salir de Colombia tras la vigilancia, persecución y múltiples amenazas de muerte de las que tanto ella como su familia fueron objeto. Murió asesinada por su marido el pasado 11 de abril de 2018 en Murcia.

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Los lugares del mundo donde las personas queer necesitan nuestra ayuda

Protesta en Uganda contra la nueva ley contra la homosexualidad / Kaytee Riek

La evolución observada en Brunéi debe verse como una señal de alarma. Tenemos que salir y alzar la voz, no sólo en favor de Brunéi, sino también de todas las personas que forman la comunidad mundial LGBTQ+. Si alzamos la voz en defensa de los derechos humanos en Brunéi, debemos hacer lo mismo en otros lugares. La situación de las personas LGBTQ+ en todo el mundo nos recuerda las sabias palabras de Martin Luther King: “La injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes. Estamos atrapados en una red ineludible de reciprocidad, ligados en el tejido único del destino”.

En Amnistía Internacional Estados Unidos movilizamos nuestras fortalezas, debilidades, miedos y esperanzas y los transformamos en acción. Y, aunque es lógico escandalizarse por lo que está sucediendo en Brunéi, debemos tener presente la interseccionalidad de todas nuestras luchas y las injusticias e ir de la mano con nuestra familia LGBTQ+ en cualquier lugar del mundo donde pueda estar luchando en defensa de sus derechos humanos.

El Triángulo Norte

Las injusticias que experimentan personas de El Salvador, Guatemala y Honduras empeoran cada día. Como ha documentado Amnistía, las personas LGBTQ+ que viven en el Triángulo Norte están cada vez más expuestas a sufrir amenazas y ataques selectivos porque, ante la falta de protección de las autoridades de sus países, no ven otra solución que huir y afrontar más peligros en su búsqueda de seguridad solicitando asilo en México. Nuestra reacción ante la crisis humanitaria en la frontera debe enmarcarse en nuestra preocupación por las personas LGBTQ+ que sólo quieren vivir a salvo.

Finlandia

Entrega de la petición para reformar la ley finlandesa, Trans Act, por el secretario general de Amnistía Internacional, Salil Shetty, el director de Amnistía de Finlandia, Frank Johansson, el activista trans, Sakris Kupila y dos estudiantes de una escuela secundaria que participaron en la campaña Escribe por tus derechos

Entrega de la petición para reformar la ley finlandesa, Trans Act, por el secretario general de Amnistía Internacional, Salil Shetty, el director de Amnistía de Finlandia, Frank Johansson, el activista trans, Sakris Kupila y dos estudiantes de una escuela secundaria que participaron en la campaña Escribe por tus derechos

O tomemos el caso de Finlandia, donde unos invasivos requisitos obligan a las personas trans y de género no conforme a tener un diagnóstico de “trastorno mental” para lograr la reasignación de género. Sakris Kupila, de 21 años, nunca se ha identificado como mujer, pero la legislación finlandesa le obliga a tener un diagnóstico de “trastorno mental” para cambiarse de nombre. Para Sakris, la decisión está clara. Se opone a este trato humillante y reclama que se reforme la legislación. Los derechos de la comunidad LGBTI en Finlandia también deben formar parte de nuestra lucha, y podemos empezar por firmar esta petición.

Egipto

Debemos luchar igualmente en favor de la liberación de la activista transgénero Malak al Kashef, secuestrada de su casa por participar en una protesta pacífica. En Egipto, las autoridades han lanzado una amenazadora campaña selectiva contra las personas LGBTQ+ y han practicado decenas de detenciones y exámenes anales forzados para detectar “homosexualidad crónica”. Tales exámenes constituyen tortura y una violación flagrante de derechos humanos fundamentales.

Taiwán

En Taiwán, las iniciativas en favor del derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo y de las escuelas inclusivas respecto a las personas LGBTQ+ han sido rechazadas en referéndum. No obstante, el Estado tiene la obligación de reformar la legislación discriminatoria sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, y por tanto sí existe una vía de avance legislativo.

Malasia

De igual modo, en Malasia hemos visto cómo se condenaba a recibir azotes y pagar una multa a dos personas LGBTQ+ que mantenían relaciones sexuales. En países como Malasia, o como Taiwán, la reforma exige adoptar enfoques “de arriba a abajo” y “de abajo a arriba” para proteger y reafirmar los derechos LGBTQ+; también allí requieren nuestra atención.

Uganda

En todo el continente africano, los derechos legalmente establecidos de las personas LGBTQ+ disminuyen a medida que crece la homofobia, apoyada por las autoridades. Aún hay ugandeses en prisión condenados a “cadena perpetua” por el “delito” de ser homosexuales.

Rusia

Como parte de lo que se ha descrito como “nueva ola de persecución” en Chechenia, personas LGBTQ+ están siendo secuestradas de sus casas, por medios gubernamentales y no gubernamentales, y posteriormente torturadas y encarceladas o asesinadas. Es una constante en la historia de Chechenia. Se han documentado al menos 2 muertes y 40 detenciones de personas LGBTQ+ en Chechenia desde diciembre de 2018. Amnistía Internacional reclama la validez de las denuncias a pesar del silencio que guardan las autoridades rusas.

Malak al Kashef, secuestrada de su casa por participar en una protesta pacífica.

Malak al Kashef, secuestrada de su casa por participar en una protesta pacífica.

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Ni un paso atrás: Ochos de marzo, elecciones, y derechos

Manifestación en Bilbao el Día de la Mujer 2018 / REUTERS/Vincent West TPX IMAGES OF THE DAY


Pero también nos hemos ganado el derecho a que el 8 de marzo de cada año, podamos gritar fuerte que no consentiremos que nadie, y especialmente ningún ideario político nos quite lo conquistado. También será el momento de reivindicar y exigir que se reconozca y se apoye desde todas las instituciones del Estado todo lo que aún queda por conseguir.

No nos engañemos, la lucha por el reconocimiento, y de manera más importante, por el ejercicio efectivo de los derechos humanos de las mujeres no ha sido, ni es, nada fácil.   Las mujeres han tenido – y tenemos- que enfrentar mil resistencias, pero a pesar de ello, poco a poco, la lucha de muchas se ha transformado en normativa internacional y nacional, en políticas públicas que contribuyen a cambios de actitudes y de formas de pensar. Lamentablemente, esta conquista no ha tenido el mismo alcance en todos los países, y el 8 de marzo debe ser el día en el que todas podamos dar voz a las que todavía luchan en sus respectivos países por tenerla.

Si echamos la vista atrás, en España las mujeres y el feminismo han conseguido mucho, muchísimo, aunque la conquista de derechos ha tenido un alcance desigual. Mi hija de 12 años me dice que no puede ser verdad cuando le cuento que en España es relativamente reciente el derecho a voto de las mujeres, o que su abuela tuviera que contar con el consentimiento de su marido para poder abrir una cuenta bancaria. Y lo cierto es que no ha pasado tanto tiempo. Solo hay que remontarse a 40 años atrás para esto último.  

Protesta en Sol, Madrid // AP Photo/Francisco Seco

Protesta en Sol, Madrid // AP Photo/Francisco Seco

Sin embargo, mi hija sabe que no exagero cuando le digo que, a día de hoy, no puedo asegurarle ni protegerla de una vida sin ningún tipo de violencia sexual, laboral o de otro tipo. Una violencia sustentada únicamente en el hecho de ser mujer. No puedo negarle que tendrá que enfrentarse a muchas barreras, la gran mayoría amparadas por los estereotipos patriarcales que nuestra sociedad utiliza contra las mujeres. Aún no, es una conquista que todavía tenemos que alcanzar.

Por eso, y como hago todos los días, pero especialmente aprovechando toda la energía que produciremos el próximo 8 de marzo, y frente a las voces que se empeñan a cuestionar los derechos humanos de las mujeres, le diré a mi hija que ella también tiene y es parte de la lucha feminista, en la que cada vez debemos invitar a sumarse a más hombres, jóvenes, niños y mayores, para alcanzar una sociedad realmente igualitaria y acallar a todos aquellos que la cuestionan. Este 8 de marzo es momento para que ni mi hija, ni ninguna mujer, joven, niña, adulta, sienta amenazados los derechos conquistados hasta ahora, frutos del esfuerzo de muchas.  

Este 8 de marzo es para mí además especialmente importante, porque coincide en cercanía con otro hecho importante, la celebración de varios comicios a nivel estatal, local, autonómico y europeo. Unas elecciones ante las que tenemos que recordar que las mujeres tenemos derecho que todas las instituciones públicas – y especialmente nuestros representantes políticos- nos garanticen una vida plena, libre de violencias tanto en la ley como en la práctica. Ninguna ley tiene eficacia si no hay una clara voluntad de aplicarla por aquellos y aquellas con responsabilidad directa sobre las disposiciones de la misma.  No nos olvidemos de ello.

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“Tal vez no habría sucedido si la ley hubiera sido distinta.”

Manifestación en Dinamarca / Jonas Persson

Liva tardó algún tiempo en darse cuenta de lo que le había pasado aquella noche. Se había convencido de que no lo recordaba y le había dicho a sus amigos que había perdido el conocimiento porque se sentía avergonzada y no quería recordar.

“Esa era la mentira que me contaba a mi misma y a quienes me conocían.”

Sólo cuando una amiga le contó que le había ocurrido algo similar se dio de bruces con la realidad: la habían violado.

Como contó al periódico Poliken en junio de 2017, en 2015 esta estudiante de enfermería de 25 años había ido al Festival Roskilde con un grupo de amigos y amigas. En el grupo había un chico que le gustaba. Se tropezaron en una fiesta y decidieron ir a dar un paseo. Dice que antes de que pudiera darse cuenta estaba tendida en el suelo protestando mientras él trataba de mantener relaciones sexuales con ella.

“En algún momento pasó gente. Recuerdo que tomé conciencia de la situación y dije ‘No, no, esto no puede ser. Para, para, para’. Me tapó la boca con la mano y siguió.”

Después, Liva descartó llamar a la policía, en parte porque no estaba del todo segura de lo que había pasado y en intuía que no iba a tener la ley de su parte, porque no creía que se hubiese utilizado violencia física y porque ya conocía al hombre de antes.

Liva, activista y superviviente de una violación  © Petra Kleis

Liva, activista y superviviente de una violación © Petra Kleis

“Creo que la legislación tiene mucho que ver, por ejemplo, con el hecho de que no me diese cuenta de que era una violación. Porque es una situación de tanta vulnerabilidad y en la que sientes tanta vergüenza... y si la ley te dice que si no hay violencia no es una violación… Tal vez no habría sucedido si la ley hubiera sido distinta.”

Las historias que había oído y leído sobre el trato que da la policía a quienes denuncian una violación también tuvieron algo que ver con su decisión de no contactar con ella. Muchas mujeres se abstienen de denunciar violaciones porque temen no ser creídas a causa de los mitos y los estereotipos existentes.

“Sabía que iban a preguntarme si nos habíamos besado —y sí, nos habíamos besado—. Y lo conocía, y no hubo violencia física.”

Pero todas estas cosas son irrelevantes puesto que Liva no consintió en mantener relaciones sexuales.

Liva decidió contar su historia a un periódico y, cuando finalmente lo hizo, se alegró. Antes de eso, había buscado artículos o a personas con historias similares pero no había encontrado a ninguna.

“Tras la publicación, muchas mujeres y niñas se pusieron en contacto con el periódico porque habían tenido la misma experiencia y nunca hasta entonces habían oído historias como esta de otras personas.”

El sexo sin consentimiento es violación. La legislación danesa debe dejarlo claro.

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Siria: enfrentarse a los demonios del pasado

Raqqa, Siria © Amnesty International

El presidente Trump seguramente anunciará pronto que las fuerzas militares estadounidenses y sus aliados han expulsado al grupo armado autodenominado Estado Islámico de su “califato” en Siria e Irak. Sin embargo, la derrota del Estado Islámico ha tenido un enorme coste: el gran número de víctimas civiles causadas por su campaña militar tiene importantes consecuencias que Estados Unidos y sus aliados en  la coalición no pueden permitirse ignorar.

Nuestro cometido como investigadores de Amnistía Internacional nos ha permitido hacer estudios exhaustivos sobre el terreno en relación con la realización y el impacto de los ataques estadounidenses en RaqqaMosul y otros lugares, y llevamos tiempo afirmándolo. A principios de este mes supimos que el Pentágono está de acuerdo.

El Congreso también está de acuerdo. La preocupación en el Congreso era tal que, con la Ley de Autorización de la Defensa Nacional de 2018, los legisladores instaron al Pentágono aumentar la transparencia en torno al seguimiento de las víctimas civiles causadas por sus operaciones

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