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28-S: Un año más exigiendo el derecho a un aborto sin riesgos

Manifestantes celebran el resultado del referéndum irlandés © Jeff J Mitchell/Getty Images

Hace unos días un grupo de personas, mayoritariamente mujeres, nos manifestábamos delante de la embajada de El Salvador en Madrid. Pedíamos "¡libertad para Evelyn!" Es una joven salvadoreña que en 2017 fue condenada a 30 años de cárcel acusada de abortar –en su país es una práctica prohibida-. La presión de organizaciones de mujeres, de derechos humanos, la solidaridad internacional, consiguieron que se celebrara un nuevo juicio y el pasado mes de agosto Evelyn quedó en libertad por falta de pruebas. Pero la alegría duró poco, el 6 de septiembre la fiscalía salvadoreña anunció que apelaría la sentencia.

Este caso muestra cómo cada avance logrado en los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres se pone en cuestión. Pasó en España en 2014 cuando el gobierno de entonces intentó hacer más restrictiva la ley del aborto de 2010.
Vivimos un momento en el que las mujeres de todo el mundo, con sus reivindicaciones y denuncias, están consiguiendo cambios en los comportamientos sociales –ya no todo vale-. Pero al mismo tiempo, gobiernos y líderes políticos cuestionan el concepto de discriminación y violencia de género, asentado y avalado por los organismos internacionales de derechos humanos. Podría parecer una paradoja, pero su causa está precisamente en lo que se quiere negar, que a las mujeres, por el solo hecho de serlo, se las puede discriminar.

Manifestación en Argentina en agosto de 2018// Amnistia Internacional Argentina - Demian Marchi

Manifestación en Argentina en agosto de 2018// Amnistia Internacional Argentina - Demian Marchi

Cada 28 de septiembre recordamos cómo la prohibición del aborto y la criminalización de  las mujeres, aplasta sus derechos sexuales y reproductivos y pone en riesgo su vida. El 45% de los abortos que se practican en el mundo -25 millones- son muy peligrosos.  Los abortos inseguros son la tercera causa de muerte materna en el mundo y dan lugar a cinco millones de discapacidades que se hubieran podido evitar con atención médica. La mayoría se producen en países en desarrollo, en África, Asia y América Latina, según la Organización Mundial de la Salud e Instituto Guttmacher.

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"Los que están en la cima no se enteran ni del clima"

Carteles contra el cambio climático en Londres © Amnesty International

Parece que la sensación de urgencia está  más presente en esta Semana por el Cambio Climático que culmina en una manifestación este viernes 27 de septiembre en ciudades de todo el mundo. Sin embargo, ya en 2014, casi una treintena de expertos y expertas en derechos humanos Naciones Unidas calificaron el cambio climático como uno de los mayores desafíos para los derechos humanos de nuestra época.

Y en julio de este año, fue el Relator Especial de Naciones Unidas sobre pobreza extrema y derechos humanos quien alertaba de que estamos ante una emergencia sin precedentes que requiere una respuesta urgente y extraordinaria, así como un pensamiento audaz y creativo por parte de la comunidad de derechos humanos.

 Manifestación en Londres por la justicia climática © Amnesty International

Manifestación en Londres por la justicia climática © Amnesty International

En estos momentos, no se puede negar que estamos ante una crisis climática. Unos días antes de la celebración de la Cumbre de acción climática de Naciones Unidas, el Grupo asesor de ciencias climáticas para esta cumbre presentó su informe en el que se detallaba cómo los últimos cinco años están en vías de ser los más cálidos de cualquier período equivalente jamás registrado; la pérdida de masa de glaciares en el período 2015-2019 es la más alta que en cualquier período de cinco años registrado; se ha producido un aumento general de 26% en la acidez del océano desde el comienzo de la era industrial y hemos llegado al récord de concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera. En 2017, el promedio mundial de las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono, de metano y de óxido nitroso representó, respectivamente, un aumento de 146%, 257% y 122% en comparación con los niveles preindustriales (anteriores a 1750).

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Andrey Rudomakha y el peligro de proteger el medio ambiente en Rusia

Registro de una ONG medioambientalista

"Mi trabajo para proteger el medio ambiente no es sólo un empleo, es mi vida. Es lo que me da energía y me permite realizarme como persona."

El que habla es Andrey Rudomakha, miembro de la ONG medioambiental Vigía del Cáucaso Norte, en Krasnodar (suroeste). Asegura que “en ninguna otra región de Rusia se han puesto en marcha en los últimos 20 años tantos proyectos que pueden poner en peligro el medio ambiente, (…)  lo más preocupante, la construcción de las infraestructuras que se utilizaron para los Juegos Olímpicos de 2014.”

Andrey Rudomakha © Alexandra Ponomareva /Amnesty International

Andrey Rudomakha © Alexandra Ponomareva /Amnesty International

En 2017 estaba investigando la construcción ilegal de una residencia privada en una zona protegida a orillas del Mar Negro. El proyecto, que estaría vinculado a altos cargos del gobierno según la ONG, suponía la incautación de grandes areas de bosque y la tala de numerosos árboles. El 28 de diciembre de 2017, al regresar de uno de sus viajes a ese punto, Andrey sus compañeros Victor Chirikov y Aleksander Savelyev, y la periodista Vera Kholodnaya fueron brutalmente golpeados por tres hombres enmascarados. Andrey recibió puñetazos, patadas, lo rociaron con gas pimienta y lo lanzaron contra el suelo donde continuaron dándole patadas en la cabeza hasta que perdió la conciencia. Los asaltantes se llevaron todo el material fotográfico y de vídeo utilizado para documentar la construcción ilegal.  

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El dolor no conoce fronteras

Mansoureh Behkish perdió a seis miembros de su familia durante la represión de la década de los 80 en Irán / Private

Seguro que recordamos casos en que la sociedad se ha movilizado y en los que los medios de comunicación han dedicado grandes espacios ante la desaparición de una persona, buscada por sus familiares ante la desesperación y el dolor de no poder saber dónde está, cómo se encuentra. No siempre hay un final feliz, incluso puede que detrás de la desaparición exista una actuación criminal, en cuyo caso la atención de la sociedad y de los medios, pidiendo “todo el peso de la ley”, ocupa nuestra mente durante meses.

Pero, ¿qué ocurre si no se puede localizar a la persona culpable, porque sospechamos o incluso sabemos que la desaparición se llevó a cabo por agentes del Estado o por personas relacionadas? Hablamos entonces de desapariciones forzadas. En estos casos no habrá programaciones especiales en los medios, debates y discusiones invocando “todo el peso de la ley”… ni siquiera acciones judiciales para investigar dichas desapariciones. Pueden pasar años, décadas, hasta que se consigue, si se logra, justicia. Encontramos casos parecidos en países muy diferentes. Ocurrió en Irán en 1988, como ocurrió en España tras la Guerra Civil, y décadas después los casos siguen vigentes.

En Irán, en el contexto de una gran ola de represión en 1988 tras el final de la guerra con Iraq, se produjeron entre 4.000 y 5.000 desapariciones forzadas de personas defensoras de derechos humanos, periodistas, opositoras políticas... Detenciones masivas, incomunicaciones y, en muchos casos, ejecuciones y enterramientos en lugares no revelados, individualmente o en fosas comunes.

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¿Es la ocupación de los Territorios Palestinos por parte de Israel un negocio?

© Amnesty International

El pasado mes de junio se cumplieron 52 años desde que Israel comenzara a ocupar los Territorios Palestinos de, fundamentalmente, Cisjordania y Jerusalén Oriental. Desde 1967, la política del gobierno israelí ha sido promover la creación y expansión de asentamientos en estos territorios. A lo largo de todos estos años, más de 50,000 casas e infraestructuras palestinas, como granjas o fábricas, han sido demolidas. Al mismo tiempo, decenas de miles de personas han sido desalojadas por la fuerza de sus propiedades.

En su lugar, más de 600,000 colonos israelíes han construido numerosos asentamientos. Asentamientos que ocupan aproximadamente 2.000 km2 de tierra palestina. Asentamientos que actualmente superan los 250 emplazamientos, con poblaciones que van desde los 100 a los 37,000 habitantes. Asentamientos que están protegidos por una red de puestos de control militares israelíes y que cuentan con caminos que solo pueden utilizar los colonos. Asentamientos que son ilegales según el derecho internacional y que constituyen un crimen de guerra. La mayoría de los Estados y organismos internacionales han reconocido la ilegalidad de estos asentamientos, pero a pesar de ello, Israel sigue, no solo manteniendo, sino construyendo miles de nuevas unidades habitacionales.

¿Cuáles son las consecuencias de esta ocupación?

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Cincuenta años después de los disturbios de Stonewall: orgullo, protesta y ansias de igualdad

Hace 50 años nueve agentes arrestaron a todas las posibles personas homosexuales que había en el bar Stonewall, en Nueva York

En 1969, ser homosexual todavía era ilegal en muchas partes de Estados Unidos. Para muchas personas lesbianas, gays, bisexuales y transgénero, las noches en lugares como el Stonewall Inn eran las únicas ocasiones en que podían ser ellas mismas sin tapujos. El lugar era conocido por celebrar la inclusión, y además se había convertido en un refugio para trabajadoras y trabajadores sexuales y personas sin hogar.

La madrugada del 28 de junio de 1969, cuando la policía empezó a acosar a todas las personas que estaban en el bar y a llevarlas a rastras hasta los coches patrulla, la clientela del Stonewall no sólo protestaba por una redada policial en un bar: estaba defendiendo su hogar.

¿Cómo empezaron los disturbios de Stonewall?

Todavía existe cierta controversia en torno al momento exacto en que estallaron los disturbios. Sin embargo, personas que estuvieron allí aquella noche coinciden en que tres mujeres de color, Marsha P. Johnson, Sylvia Rivera y Stormé DeLarverie, influyeron de manera decisiva en que los demás clientes se atrevieran a plantar cara a la policía.

Las redadas policiales en el Stonewall Inn no eran excepcionales, ni mucho menos. De hecho, muchas personas LGBTI vivían con el miedo constante a ser detenidas por “delitos contra natura”, a sufrir agresiones o a perder su trabajo o sus medios de vida si eran descubiertas, sin importar el lugar donde estuvieran o la franqueza con que expresaran su condición. Ante un ejercicio tan descarado de represión y violencia, unas cuantas voces de resistencia encendieron aquella primera chispa.

Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, defensoras de los derechos humanos

Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, defensoras de los derechos humanos

Como tantas personas transgénero en aquella época, Marsha y Sylvia sufrían hostigamiento constante, sobre todo de la policía. Puesto que era ilegal vestir prendas del sexo opuesto al que la persona tuviera asignado desde el nacimiento, ellas y otras mujeres trans y drag queens que frecuentaban el Stonewall Inn eran obligadas a entrar en los servicios, sometidas a registros corporales sin ropa y detenidas cuando se descubría que habían nacido con rasgos masculinos.

Marsha y Sylvia se negaron a obedecer las órdenes y decidieron defenderse, agravando la tensión entre la policía y la clientela del bar. Sólo unos momentos después podía oírse a la gente coreando “Poder Gay” y “Lo superaremos” en la calle, y eso hizo que empezara a congregarse una multitud a las puertas del local.

Mientras, una lesbiana birracial de Luisiana llamada Stormé DeLarverie estaba siendo introducida a la fuerza en un coche patrulla después de recibir un golpe en la cabeza con un casco policial. Cuando gritó a quienes miraban: “¿Por qué no hacéis nada?”, la multitud reaccionó y salió en tromba a defender a quienes todavía estaban dentro del local.

La gente empezó a arrojar monedas y botellas a la policía, obligando a los agentes a refugiarse en el bar. Se lanzaron papeleras por la ventana mientras no paraba de llegar gente al lugar. Para muchas de aquellas personas, esa noche fue la primera vez que pudieron levantarse y declarar que nunca más tolerarían un trato discriminatorio de la policía ni de nadie.

Los agentes pidieron refuerzos para intentar controlar a los participantes en la protesta y llegaron a usar gas lacrimógeno para disolver los disturbios, pero la multitud siguió creciendo. Tuvieron que pasar cuatro días más hasta que lograron sofocar completamente los disturbios.

Defender los derechos humanos en los disturbios de Stonewall

Los disturbios del Stonewall Inn son la emblemática demostración de que una simple decisión, una reacción impulsiva ante una injusticia, puede encender la llama de un movimiento capaz de cambiar el curso de la historia.

Cuando Marsha y Sylvia decidieron salir esa noche, no podían ni imaginar que sus próximas acciones iban a convertirse en momentos decisivos de la lucha en favor de los derechos LGBTI en todo el mundo. Aunque ya eran activas defensoras de los derechos de las personas trans y las trabajadoras y trabajadores sexuales, su participación en los disturbios de Stonewall las llevó a fundar STAR (Street Transvestite Action Revolutionaries, o activistas revolucionarias travestis*

Stormé DeLarverie

Stormé DeLarverie

de la calle), y a ser importantes dirigentes del Frente de Liberación Gay.

Stormé DeLarverie, por su parte, también fue una figura destacada de la comunidad LGBTI en la calle Christopher, y trabajaba habitualmente en algunos locales de la zona como drag king y maestra de ceremonias. A partir de Stonewall fue conocida como “la protectora de las lesbianas” y trabajó de portera en algunos locales de lesbianas del West Village. Falleció en 2014, y vivió para ver la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en Nueva York en 2011.

"Soy un ser humano que sobrevivió. Ayudé a otras personas a sobrevivir", Stormé DeLarverie

Ellas demostraron que a veces sólo hace falta un instante de valentía para que las personas vean cómo podría ser el mundo si se suman a la infinidad de voces que reclaman igualdad y liberación.

El legado de Stonewall

Un año después, el 28 de junio de 1970, la gente volvió al Stonewall Inn para conmemorar el primer aniversario de aquellos hechos como el Día de la Liberación de la Calle Christopher. Aquella marcha fue conocida como la primera fiesta del Orgullo LGBTI, y sirvió como catalizador de otros movimientos y acontecimientos en todo el planeta.

A pesar de que en muchas culturas del mundo ya existía una arraigada aceptación de la comunidad LGBTI, los siglos que precedieron al que terminaría llamándose Movimiento de Liberación Gay estuvieron dominados por un discurso predominantemente occidental sobre el género y la sexualidad que obligaba a muchas personas a reprimir su verdadero yo para adaptarse a las expectativas de la sociedad.

Los disturbios de Stonewall fueron los primeros de una serie de acontecimientos a finales del siglo XX que prepararían el terreno para un gran cambio jurídico y social que iba a mejorar la vida de las personas LGBTI. Quienes organizaron las protestas aquella noche dieron ejemplo a personas LGBTI de todo el mundo para atreverse a plantar cara a la intolerancia y abrazar la diversidad.

Décadas después de los disturbios ya se celebran centenares de fiestas del Orgullo en todo el mundo, con miles de participantes cada año. Aunque siga siendo muy peligroso participar en el activismo LGBTI en algunas partes del mundo, el Orgullo es, para la mayoría de quienes asisten a estos eventos, un momento de celebración para la comunidad LGBTI+, y de homenaje de sus comunidades, una señal de progreso digna de mención teniendo en cuenta cómo fueron atacadas Marsha, Sylvia y Stormé hace 50 años. Pero su legado perdura para recordarnos que el Orgullo se basó en la tradición de la protesta, la indignación y las ansias de igualdad, y que eso nunca cambiará.

*Aunque era un término muy común cuando se fundó STAR, muchas personas transgénero y de género fluido lo consideran inexacto y ofensivo en la actualidad.

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Cuando una victoria te puede llevar a prisión

Loujain al-Hathloul, defensora de derechos humanos de las mujeres © Marieke Wijntjes

Pero muchas de las que lucharon por esa victoria no sabían el precio que tendrían que pagar por ello. Loujain al-Hathloul, Iman al-Nafjan, Aziza al-Yousef, Samar Badawi y Nassima al-Sada, entre otras, fueron detenidas el 15 de mayo de 2018, y desde marzo de 2019 están siendo juzgadas por su trabajo relacionado con la defensa de los derechos humanos.

Todas ellas fueron detenidas arbitrariamente y encarceladas en régimen de incomunicación, sin acceso a sus familias o representación legal. Más tarde se informó que sufrieron abusos sexuales, tortura y otras formas de malos tratos durante los interrogatorios. Cuando finalmente tuvieron acceso a sus familias, éstas denunciaron cómo sus seres queridos habían sido objeto de descargas eléctricas, flagelación y abuso sexual.

Samar Badawi, mujer del abogado y defensor, Waleed Abu al-Khair, con su hija, Joud Waleed Abu al-Khair/ Private

Samar Badawi, mujer del abogado y defensor, Waleed Abu al-Khair, con su hija, Joud Waleed Abu al-Khair/ Private

Sus relatos son escalofriantes: a una activista, uno de los interrogadores le mintió y le dijo que unos familiares suyos habían muerto. Le hicieron creer esa mentira durante un mes entero; un mes pensando que las personas queridas había muerto... Dos de ellas tuvieron que besarse mutuamente mientras los interrogadores miraban... Otra activista denunció que los interrogadores le habían llenado la boca de agua cuando gritaba mientras la torturaban...

Iman al Nafjan y Aziza al Yousef fueron puestas en libertad en marzo. Pudieron regresar a sus hogares con sus seres queridos. Atrás quedaban 10 meses atormentadas por la detención arbitraria y la tortura. Otras, como Loujain, Nassima o Samar,  no han tenido la misma suerte; siguen encarceladas y se enfrentan a hasta 20 años de prisión.

El pasado 13 de marzo comenzó el juicio. ¿El delito del que se las acusa? Ponerse en contacto con organizaciones internacionales, medios de comunicación extranjeros y activistas. Algunas de ellas también han sido acusadas de promover los derechos de las mujeres y pedir el fin del sistema de tutela masculina

Prisión de Al Hair

Prisión de Al Hair

. Un sistema que les prohíbe viajar, tener trabajos remunerados, cursar estudios superiores ni casarse sin el permiso de un tutor varón. Además, las mujeres saudíes casadas con extranjeros no pueden transmitir la nacionalidad a sus hijos, a diferencia de los varones saudíes en una situación similar.

Es posible que ninguna de ellas se imaginara que a día de hoy podrían conducir libremente, pero lo que seguro no pasaba por su cabeza es que no podrían hacerlo, no por la prohibición, sino porque serían encarceladas por lograr esa victoria. Una amarga victoria.

Todas ellas renunciaron a su propia libertad por defender la igualdad, todas ellas son valientes que se atrevieron a desafiar un sistema bajo el que mujeres y niñas en Arabia Saudí sufren discriminación sistemática en la legislación y en la práctica.

Por eso, debemos actuar ahora y apoyarlas. Todas ellas deben ser puestas en libertad de forma inmediata y sin condiciones.

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Lecciones de hospitalidad: el patrocinio comunitario de personas refugiadas

John Barker, de 71 años, con Rahaf, de 25, y su hija Aseel, ambas de Siria, en su casa en Londres © Amnesty International (Photo: Richard Burton)

Al trabajar sobre los derechos de las personas refugiadas, he tenido el privilegio de conocer a solicitantes de asilo en muchos países del mundo. Una y otra vez me han impactado la generosidad y la hospitalidad que, invariablemente, muestran unas personas que han tenido que renunciar a todo lo que conocen en busca de una vida más segura.

En muchas ocasiones me han ofrecido comida y bebida cuando a duras penas podían permitirse compartirla. En Turquía, una familia preparó pan plano relleno de perejil y espolvoreado de sal para mí y mi colega. En Melbourne me uní a un multitudinario banquete para celebrar que un hombre se había reunido por fin con su familia. Personas que vivían en tiendas en Turquía siempre se aseguraban de darme un vaso de zumo o de agua. Y los sirios y sirias —cuya insensibilización a la cafeína es fuente inagotable de fascinación para mí— me han hecho innumerables tazas de fragante café de cardamomo.

Terry Dellaportas y Elizabeth Bromstein en Alexandra Park, Toronto// Stephanie Foden/Amnesty International

Terry Dellaportas y Elizabeth Bromstein en Alexandra Park, Toronto// Stephanie Foden/Amnesty International

Este compromiso de ofrecer hospitalidad a quienes llegan va más allá de la comida. Un grupo de hombres sirios que vivía bajo unas mantas junto a la carretera en el sur de Turquía insistió en hacer un sitio para que me sentara sobre el fino y polvoriento colchón, su único mobiliario. En Indonesia, rohingyas de Myanmar nos recibieron en sus refugios y estuvieron horas contándonos sus historias de trauma y esperanza. Cuando fui a Fráncfort a conocer a un solicitante de asilo cuyo viaje desde Siria había seguido, fui recibida con la palabra “danke” —gracias en alemán— hecha con flores y chocolates.

Qué exasperante resulta, después, oír a políticos de países ricos alardear de su “generosidad” por acoger a unos cuantos miles de personas o, peor aún, oírles alimentar el miedo para tratar de impedir que entren.

Por suerte, no soy la única a quien indignan esta hipocresía y esta crueldad y que quiere hacer algo para que mi país sea más hospitalario. Muchas personas —incluso en países que parecen irremediablemente hostiles hacia quienes buscan seguridad— creen que sus gobiernos están haciendo demasiado poco para acoger a quienes buscan refugio.

Pero ahora existe un modo de que la gente escandalizada por esta injusticia desempeñe un papel activo en repararla. Mediante el “patrocinio comunitario”, ciudadanos y ciudadanas corrientes pueden ayudar de forma directa a que las personas refugiadas lleguen a un nuevo país y se establezcan en él. Aunque los programas de patrocinio varían en cada país, por lo general la gente que patrocina tiene que recaudar fondos, suscribir un acuerdo con su gobierno y conseguir un alojamiento antes de que lleguen las personas refugiadas. Quienes patrocinan son también responsables de cosas como matricular a los niños y niñas en la escuela y ayudar a las personas recién llegadas a acceder a la atención médica.

A finales de la década de 1970, Canadá creó el primer sistema de patrocinio comunitario del mundo en respuesta a la crisis de desplazamiento que siguió a la guerra estadounidense en Vietnam. Desde entonces, se han implementado programas en varios países más, como Argentina, Australia, España, Estados Unidos, Irlanda, Nueva Zelanda y Reino Unido.

Conocí hace poco en Londres a una joven familia de Siria que había llegado gracias al patrocinio comunitario. Rahaf y Monther, su hija Aseel y su hijo Mohammad llegaron a Reino Unido a finales del año pasado. Mis colegas y yo nos reunimos con ellos y con dos de sus patrocinadores, John y Lily, entusiastas defensores del patrocinio comunitario, que explicaron lo significativo y gratificante que había sido para ellos la experiencia.

© Amnesty International (Photo: Richard Burton)

© Amnesty International (Photo: Richard Burton)

“Está claro que recibes del programa mucho más que lo que das”, nos dijo John. Aseel y Mohammad parecían crecer bien, cantaban canciones en inglés y nos enseñaron alegres sus juguetes. Monther y Rahaf resplandecían al elogiar el programa: dijeron que cuando llegaron, “hicieron que nos sintiéramos bienvenidos, como si fuéramos parte de la familia; no nos trataron como a personas refugiadas, sino como personas”.

La conversación me recordó a unas personas a las que había conocido hacía unos años en Toronto: grupos de patrocinadores y familias recién llegadas, entre las que estaba Maram, una niña brillante que, al poco de llegar al país, ya hablaba inglés con soltura. Cuando di las gracias a su madre por la comida que nos había servido, Maram dijo de repente con descaro: “¿Por qué la única palabra en árabe que conocen las personas canadienses es ‘shukran’?”. En aquel momento me reí, pero al reflexionar sobre ello, está claro por qué: las personas que patrocinan están todo el tiempo recibiendo la hospitalidad de las recién llegadas y “gracias” es la palabra en árabe más importante que aprenden.

He descubierto muchas cosas sobre la verdadera hospitalidad gracias a las personas refugiadas en el mundo. Es alentador que haya tanta gente aprendiendo esas mismas lecciones de quienes acaban de llegar a su comunidad.

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No nos quiere nadie: el drama de las familias desplazadas encabezadas por mujeres en Irak

Una madre y su hijo en una tienda en el campo de personas desplazadas en Hamam al Alil // Amnesty International

Khaled*, de 13 años, está sentado y reclinado en el hombro de su abuela jugando con un trozo de alambre. La abuela lo rodea con el brazo y lo besa en la cabeza mientras dice: “No queremos que se lo lleven. Es el único hijo que nos queda ya”.

Alrededor de ellos, en semicírculo, están sentadas su madre, varias de sus tías y otros miembros femeninos de la familia. Esta familia extensa llegó al campo de Ninewa, en la ribera oriental del río Tigris, en agosto de 2017, inmediatamente después de su apertura. Desde entonces viven allí. La decisión de si pueden o no regresar a su hogar depende de hombres de sus pueblos.

La madre de Khaled, Nawal*, explicó: “En nuestro pueblo hubo una reunión. Dijeron que nuestra familia no podrá regresar jamás. A otras familias que tenían un miembro del Estado Islámico se les ha permitido regresar. Tenían a alguien que las apoyó. Nosotros no tenemos a nadie. Todos nuestros hombres están muertos, desaparecidos o en prisión”.

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Acoso escolar: La administración se pasa la pelota en el patio mientras el alumnado se queda castigado sin derechos

El acoso escolar es un problema de derechos humanos, según Amnistía Internacional / F. Ruano

El acoso escolar entre iguales, entre compañeros y compañeras de escuela, se define como una forma de agresión o de hostigamiento de carácter físico, verbal o relacional, que es deliberada, se repite en el tiempo y se basa en un desequilibrio de poder.

El acoso escolar pone en riesgo el disfrute de los derechos de niños y niñas, como el derecho a no sufrir violencia, el derecho a la no discriminación, a la educación o a la salud, todos ellos reconocidos en el derecho internacional. Independientemente de que un niño o niña vaya a un centro público, concertado o enteramente privado, los poderes públicos tienen la obligación de protegerles.

A lo largo de año y medio, Amnistía Internacional ha hablado con 125 personas entre adolescentes, madres y padres, profesores/as, directoras/as de centros, orientadores/as, inspectores/as educativos, asociaciones de padres y madres, y representantes sindicales, entre otros. Este informe ve la luz principalmente gracias a estas personas.

Maricón. Marimacho. Bujarra. Bollera. Gafotas. Chino. Negro. Negrata. Puta”, nos leía una adolescente en Badajoz. “Zorra. Puta. ¿Por qué te comportas así? ¿Por qué eres tan seria? ¿Por qué hablas?”, añadía una compañera suya recordando una anécdota.

La campaña #PupitresLibres de Amnistía Internacional pide un sistema de denuncias eficaz / F. Ruano

La campaña #PupitresLibres de Amnistía Internacional pide un sistema de denuncias eficaz / F. Ruano

El acoso escolar no es cosa de niños. Se produce por un rechazo a la diversidad y a la igualdad, valores esenciales de todo país libre y garantista de derechos. El sexismo existente en la sociedad se refleja también en las aulas, y muchas veces son las chicas las que lo sufren especialmente.

Hay quien señala que el acoso escolar no es algo nuevo y que lo que hay ahora es sobreprotección de los menores. Javier Rouco, maestro de primaria en A Coruña, lo contesta mejor que yo:

“¿Deberían los niños y niñas tener la piel más gruesa? Quizá. Pero eso no es algo que haya que planificar. Ocurrirá de forma natural. Como maestro, preferiría que me acusaran de preocuparme demasiado y no de ignorar el sufrimiento de uno de mis alumnos”.

Uno de los principales escollos con el que nos encontramos es que no sabemos exactamente cuántos niños y niñas están sufriendo acoso escolar. Según los datos recopilados por las inspecciones educativas de las comunidades autónomas, se trataría de un problema serio pero aislado. Alrededor del 0,03% de los alumnos se vería afectado. Sin embargo, si uno lee los informes elaborados a partir de decenas de miles de entrevistas a niños y niñas de todo España por parte del Defensor del Pueblo, del Observatorio Estatal de Convivencia Escolar o de la Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, entre el 5 y el 10% de los niños declaran haber sufrido alguna forma de acoso en los últimos meses.

¿Quién tiene razón? Lamento reconocerlo, pero no tengo la respuesta a esa pregunta, pero la diferencia es demasiado grande como para no prestarle atención.

F. Ruano

F. Ruano

En Amnistía Internacional hemos descubierto que la mayoría de los posibles casos de acoso identificados por el servicio de atención telefónica del Ministerio de Educación (900 018 018) no son comunicados a las inspecciones educativas. Testimonios de padres, madres, chicos y chicas dan cuenta de que formas no físicas de acoso, como los insultos, el hostigamiento y la exclusión, suelen pasar desapercibidas. Las estimaciones oficiales de las comunidades autónomas, cuando existen, no captan el acoso escolar en toda su extensión y no ofrecen datos desglosados por orientación sexual, identidad de género, etnia, posición socioeconómica u otros motivos potenciales de discriminación. Aunque se ofrecen al profesorado, estos cursos sobre acoso escolar no son obligatorios y los y las docentes no siempre los encuentran útiles para identificar posibles casos de acoso en el aula.

Amnistía Internacional ha conocido a profes fantásticos, inspiradores y con una clara conciencia del problema. Pero la libertad y la seguridad personal de los niños y niñas no debe depender de la bondad de las personas adultas. Es un asunto de derechos humanos y los poderes públicos tienen la responsabilidad de protegerlos.

Uno de los mensajes que escuchamos con mayor frecuencia de madres y padres de víctimas de acoso escolar es la sensación de soledad y abandono. “Habría agradecido que alguno de los otros padres hubiera llamado por teléfono para interesarse y expresar su apoyo; pero nadie lo hizo”, nos contó Carmen en A Coruña. Todos los niños y niñas pueden ser víctimas de acoso escolar, del mismo modo que todos pueden ser agresores. Qué no podría conseguir la sociedad del futuro si ningún niño o niña hoy tuviera miedo de ir a clase.

Este post está dedicado a las chicas, chicos, madres y padres que sufren o han sufrido el acoso escolar en primera persona. No estáis solos.

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