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Amargo aniversario para las mujeres egipcias

Las calles están vacías, las cárceles llenas. En Egipto, el cuarto aniversario de la “Revolución del 25 de Enero” transcurre, sobre todo, en silencio, con muchos de los jóvenes activistas que la lideraron fuera de la circulación, entre rejas. Las mujeres fueron tan protagonistas como los hombres en el levantamiento de 2011. Sin embargo, desde entonces, vienen sufriendo cada vez más violencia y discriminación. Y no tienen dónde ponerse a salvo.

Pintada contra el acoso sexual a las mujeres en la calle Mohamed Mahmoud, El Cairo, en octubre de 2012 © Amnistía Internacional

Pintada contra el acoso sexual a las mujeres en la calle Mohamed Mahmoud, El Cairo, en octubre de 2012 © Amnistía Internacional

Para muchas mujeres egipcias, este domingo ha traído recuerdos especialmente amargos: los de unos instantes en los que pareció que, por fin, tenían un futuro mejor al alcance de las manos.

Los impactantes testimonios que ha sacado a la luz Amnistía Internacional nos hablan de mujeres que han soportado actos de violencia infligidos por sus parejas, por la población en general y por la policía. Las mujeres no están seguras en sus casas. Una mujer describió a Amnistía Internacional los abusos a los que la había sometido su esposo:

“Me ataba a la cama y me pegaba con un cinturón […] Una vez, cuando estaba embarazada, me pegó y me empujó escaleras abajo. Sufrí un aborto.”

En Egipto, la legislación sobre el divorcio impide a las mujeres abandonar el hogar, pues ello supone renunciar a sus derechos económicos o, de lo contrario, entablar largas y costosas batallas judiciales.

“Para las mujeres, es un proceso inhumano”, nos explica una periodista que presentó una demanda de divorcio contra su marido.

Tampoco en las calles están seguras las mujeres. Si la “Revolución del 25 de Enero” puso la plaza Tahrir de El Cairo en boca de todo el mundo, ésta se ha convertido ahora en un lugar de connotaciones infames, por las agresiones sexuales de la multitud a las manifestantes. Una mujer que sobrevivió a una de estas agresiones en la plaza, el 25 de enero de 2013, la describe así:

“Notaba manos que aparecían por todas partes y me movían, casi me transportaban al interior de un círculo, mientras que me decían ‘no te preocupes’. Pero mientras lo decían ya me estaban violando […].”

Una mujer egipcia sostiene una pancarta durante una protesta contra el acoso sexual en El Cairo, Egipto, en junio de 2014 © AP Photo / Amr Nabil

Una mujer egipcia sostiene una pancarta durante una protesta contra el acoso sexual en El Cairo, Egipto, en junio de 2014 © AP Photo / Amr Nabil



Las pocas mujeres que acuden a la policía o a la fiscalía para pedir ayuda, se encuentran con funcionarios desdeñosos o con escasa formación, según ponen de manifiesto las investigaciones de Amnistía Internacional. “A la policía no le importa”, asegura una sobreviviente de violencia intrafamiliar, “no piensan que sea un problema que un hombre pegue a su esposa.”

Y lejos de ayudar a las mujeres que sobreviven a la violencia, las fuerzas de seguridad pueden ser quienes den lugar a ella. Una joven que cumplió dos años de cárcel por adulterio relató a Amnistía Internacional que un agente de policía la había abofeteado y se había limitado a mirar mientras su esposo la golpeaba en la comisaría de policía. “Ninguna mujer decente abandonaría a su esposo y a sus hijos, eres una perdida”, le reprochó el agente. En ese momento, estaba embarazada de seis meses.

Las mujeres también han sufrido violencia sexual y de género en las cárceles y en las comisarías de policía. De hecho, algunas manifestantes detenidas por las fuerzas de seguridad explicaron a Amnistía Internacional que los agentes que las arrestaron las habían sometido a tocamientos y a acoso.

Una estudiante nos describió cómo un agente de la policía antidisturbios había amenazado con violarla cuando la detuvo en el campus universitario, en diciembre de 2013. “Te voy a enseñar cómo se trata a las mujeres”, le espetó.

Así, son las propias mujeres egipcias, y no las autoridades, las que han tomado medidas para frenar esta oleada de abusos.
Grafitis contra el acoso sexual en El Cairo © Melody Patry / Index on Censorship (mural by El Zeft and Mira Shihadeh)

Grafitis contra el acoso sexual en El Cairo © Melody Patry / Index on Censorship (mural by El Zeft and Mira Shihadeh)

Los grupos de mujeres han dado un paso al frente para ocupar el vacío que deja la pasividad de las instancias oficiales, y han documentado abusos y brindado a las supervivientes una ayuda que les ha permitido cambiar de vida. Estas activistas han lanzado campañas públicas de sensibilización y presionado al gobierno, pidiendo mejores leyes y protección policial.

Pero las autoridades se han movido en la dirección contraria, bloqueando fondos vitales para grupos de derechos humanos y denegando a las ONG autorización para abrir refugios para mujeres. La implacable represión ha obligado a muchos grupos a limitar su trabajo.

Las promesas del presidente Abdel Fattah al Sisi de dar la máxima prioridad a los derechos de las mujeres, tras las brutales agresiones que sufrieron éstas en la plaza de Tahrir con ocasión de su investidura, suenan ahora huecas. Hasta la fecha, las autoridades han eludido las grandes reformas, y no han tomado más que medidas fragmentarias y puramente testimoniales.

Y mientras las autoridades titubean, las mujeres siguen sufriendo. Así, la mayoría de los actos de violencia que sufren continúan sin denunciarse, investigarse y castigarse, mientras se prolongan disputas partidistas sobre quién es el culpable de los abusos.

Ha llegado el momento de dejar a un lado este juego de reparto de culpas. No más “síes” condicionales y no más “peros”. Lo que se necesita es una estrategia nacional para combatir la violencia contra las mujeres. Asimismo, las autoridades deben enmendar las leyes que dejan indefensas a las sobrevivientes de la violencia, y dotar a los derechos de las mujeres de un papel central en su programa político.

El presidente Al Sisi prometió en Davos que arreglaría la economía de Egipto. Pero para que eso ocurra, su gobierno debe reconocer primero que las mujeres egipcias son parte de la solución. Las mujeres necesitan un entorno seguro, que les permita participar sin peligro en el espacio económico, social y político, libres de discriminación y de violencia.

Sin embargo, hoy por hoy, las promesas de reforma real siguen pareciendo tan remotas como siempre. En palabras de una ex presa: “si tienes algún problema, quéjate a Dios”.

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