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Callad, los generales no quieren que se sepa

No hay acontecimiento del Egipto reciente que Mahmoud Abu Zeid, conocido como Shawkan, no haya fotografiado. Ha presenciado las revueltas contra Hosni Mubarak y la celebración de su caída, las manifestaciones contra Mohamed Morsi, la subida al poder del general Abdel Fattah al-Sisi y la mayor masacre de la historia de Egipto. Mañana, seis de febrero, se celebra el juicio por su detención, en agosto de 2013, mientras fotografiaba los acontecimientos de la matanza en Rabaa Al Adawiya.

Ismail Alexandrani en Sinai © Al Safir Al Arabi

Ismail Alexandrani en Sinai © Al Safir Al Arabi

El 14 de agosto de 2013, la policía y el ejército asaltan la plaza de Rabaa Al Adawiya donde miles de simpatizantes de los Hermanos Musulmanes se manifiestan contra el derrocamiento del presidente Morsi. Más de novecientos manifestantes mueren en unas horas. Detienen a Shawkan mientras fotografía la matanza.

El fotoperiodista, Mahmoud Abou Zeid, conocido como Shawkan, fue arrestado el 14 de agosto de 2013 © Particular

El fotoperiodista, Mahmoud Abou Zeid, conocido como Shawkan, fue arrestado el 14 de agosto de 2013 © Particular

“Sólo por hacer mi trabajo de fotógrafo estoy en la cárcel”. Según la legislación egipcia, hace seis meses que debieron ponerle en libertad. Lleva dos años y medio en prisión preventiva.

“Mahmoud Abu Zeid, fotógrafo”, reza el acta de acusación. El 6 de febrero le juzgarán por manifestación ilegal, uso de la fuerza, posesión de armas, vandalismo y asesinato premeditado. Podrían condenarle a cadena perpetua. “En los próximos días conoceré mi destino. No espero que se haga justicia conmigo. En mi país, hemos perdido el significado de esa palabra”, escribía a Amnistía Internacional. Seguirá la vista en una jaula acristalada, junto a otros 738 acusados, sin posibilidad de defenderse. En Egipto, se encarcela a periodistas como Shawkan por estar donde no se quería que estuvieran y contar lo que nadie debe saber.

“Egipto goza de una libertad de expresión sin precedentes. Nadie puede impedir que un periodista exprese libremente su opinión”, declaró el presidente Abdel Fattah al-Sisi a la CNN. Y sin embargo se acosa al periodismo independiente. Mujeres y hombres valerosos pierden sus columnas de prensa y sus programas de televisión por denunciar la corrupción, el recorte de libertades y los abusos del ejército. Es lo mejor que puede pasarles. El sindicato de periodistas de Egipto denuncia detenciones intimidatorias, desapariciones y largas condenas con cargos ficticios. Treinta y dos periodistas estaban en prisión el pasado diciembre, según aseguraba. Es difícil saber cuántos lo están actualmente. Según Reporteros Sin Fronteras, serían veinticuatro los periodistas egipcios encarcelados por ejercer su profesión. Muchos temen que les llegue el turno.  

Las acusaciones se repiten. Han “difundido a sabiendas noticias falsas que dañan la seguridad nacional” y “son miembros de un grupo terrorista”. Si les detienen fotografiando una manifestación, les acusan de “manifestarse sin autorización”. En la clasificación mundial de la libertad de prensa en 2015, Reporteros sin Fronteras situaba a Egipto en el puesto 159 entre 180 países.

Ni se publica sobre el ejército, ni sobre las industrias que controla, ni sobre la corrupción de los altos mandos, ni sobre las operaciones militares en la península del Sinaí y en el Yemen. La lista de temas vetados no es explícita. Quienes ejercen el periodismo intuyen qué frontera no deben traspasar.

El periodista de investigación, Hossam Bahgat, fundador de la Egyptian Initiative of Personal Rights (EIPR) © Mada Masr

El periodista de investigación, Hossam Bahgat, fundador de la Egyptian Initiative of Personal Rights (EIPR) © Mada Masr

El ejército es intocable. Hossam Bahgat lo sabe bien. El 7 de noviembre de 2015, la fiscalía militar ordena su detención. Ha publicado un artículo sobre un juicio militar contra veintiséis oficiales del ejército acusados de golpe de estado. “¿Por qué escribiste sobre el ejército?”, le preguntan repetidamente. “No se permite escribir que ese juicio tuvo lugar”, explicará Bahgat. Es un periodista prestigioso premiado internacionalmente por su labor en derechos humanos. Por la presión internacional queda en libertad días después. Su caso es una advertencia: nadie está a salvo. ¡Cuidado con lo que investigáis!

La ley antiterrorista castiga la publicación de informaciones sobre operaciones militares que contradigan la versión oficial. En el norte del Sinaí, el ejército y grupos armados islamistas se enfrentan en una guerra no declarada. Los periodistas no gustan a ninguno de los bandos. Tampoco les importan los civiles. Quienes informan sobre el norte de Sinaí adquieren un boleto con premio seguro. Aunque los artículos se basen en pruebas irrefutables, un tribunal militar puede condenarles a largas penas de prisión.

La censura en el norte del Sinaí es total. El gobierno ha decretado el estado de excepción. Por la noche, se aplica un toque de queda estricto. Ismail Alexandrani es un testigo molesto, pues sus artículos están meticulosamente documentados. Ya no vive en Egipto. En una visita, el 29 de noviembre de 2015, le detienen en el aeropuerto de Hurgada. Lleva años denunciando los abusos cometidos en el norte del Sinaí. Los ataques contra el ejército no cesan. En respuesta a las muertes de militares, el ejército castiga a la población civil. Destruye viviendas, cultivos y escuelas. Arranca olivos. Bombardea. Desarraiga a la población. Detiene a cientos de personas al azar. Los abusos de oficiales y soldados contra la población civil quedan impunes. Las represalias indiscriminadas alimentan a los grupos armados, advierte Alexandrani. Sigue en prisión sin cargos.

Hay dos Egiptos: el que vive la gente y el de los medios de comunicación oficiales. Si no fuera por el periodismo independiente muchos no sabrían que cientos de estudiantes han sido condenados por tribunales militares o que en el norte del Sinaí han muerto civiles en operaciones del ejército. ¡Callad!, el ejército no quiere que se sepa. Por buscar la verdad se paga un alto precio.

“El periodismo no es delito”, escribe Shawkan desde la cárcel. En Egipto, el periodismo independiente sí lo es.

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