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Migraciones en un nuevo contexto político

"Lo más preocupante es que las soflamas extremistas que propugnan el odio al diferente se están adueñando de parte del discurso público, marcan la agenda política e inoculan el virus de la violencia en parte de la ciudadanía"

Interior desoyó la petición del Defensor de quitar la concertina de la valla

EFE

Pareciera que las fronteras están de par en par abiertas. Pareciera que no se detiene a las personas migrantes, que no se realizaran expulsiones inmediatas, deportaciones, ni identificaciones racistas. Pareciera que a cada migrante que llega lo recibiera una alfombra roja, en lugar de una espiral de concertinas.

Y lo duro es que el racismo institucional que vivimos, el de las miles de vidas ahogadas, el de las devoluciones sumarias, el de las cárceles para extranjeros que no han cometido delito alguno, compita aún con algo peor, si anticipamos lo que está por llegar.

La actual gestión de las migraciones en España se ha construido sobre la base de intentar a toda costa que no salgan de sus países, que si salen, no lleguen y que si llegan, sean expulsados a cualquier precio. Es el itinerario de la vergüenza, que niega la propia naturaleza humana, que rehúsa de sus identidades múltiples, de una “cultura occidental” que no es sino un crisol de muchas, diversas y variadas a todos los niveles, en religión, en cultura, en origen.

Los nuevos señores hablan en sus tribunas de “efectos llamada” irreales, a sabiendas de que los trayectos migratorios suelen comenzar en muchas ocasiones años antes de que las personas lleguen a nuestro país, por lo que ninguna decisión presente tiene un efecto inmediato en los países de origen. Más bien, constatamos la existencia de un “efecto salida”, provocado por el empobrecimiento que en numerosas ocasiones trae consigo la explotación de los recursos en los países del Sur por las grandes empresas “occidentales”.

Y se esfuerzan, faltando a la verdad y haciendo uso de múltiples argucias, en que las personas migrantes que llegan a este país sean representadas como una masa informe amenazante, despersonalizada, ligada a la delincuencia, al terrorismo, causa de todos los males que nos aquejan. ¿Acaso no nos duele cuando consideran así a la gente nacida en esta tierra que emigra a otras latitudes? ¿Acaso no es profundamente injusto?

Ciertamente, lo más preocupante es que las soflamas extremistas que propugnan el odio al diferente se están adueñando de parte del discurso público, marcan la agenda política e inoculan el virus de la violencia en parte de la ciudadanía, que hace suyos los mensajes del miedo.

Lo más terrible es que esta nueva corriente de trumpistas, y todos aquellos que lo eran de forma soterrada, que proliferan como setas por doquier en el planeta, legitiman y respaldan el racismo, ya presente en nuestras legislaciones y sistemas, le otorgan validez y provocan que encuentre acomodo en las calles, en el metro, en el mercado, en la puerta del colegio, en los grupos de whatsapp

Coloca a hombres y mujeres como un objeto de usar y tirar. No podemos vincular las migraciones exclusivamente al mercado laboral, y de hecho, si lo hiciéramos necesitaríamos a más de 5.5 millones de personas extranjeras en los próximos 30 años, según el Fondo Monetario Internacional. Antes que trabajadores, somos personas, con un proyecto vital propio, que necesita de vías legales y seguras para poder migrar sin ser expulsado, maltratado y sin morir en el intento.

Toca arremangarse contra la persuasión de lo irracional que apuesta por la separación entre el “ellos” y el “nosotros”, toca luchar contra el retroceso de los derechos sociales de migrantes, mujeres, colectivos LGTBIQ, disidentes de toda índole, toca no callar en el día a día, en el vecindario, ante argumentos inhumanos. Toca defender en la calle los derechos que conseguimos y los que restan por lograr, y exigir una sociedad más justa, de la que sentir el orgullo que tanto enarbolan los que pueblan de sombras nuestro futuro.

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