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Carlos Cano, recién salido de prisión: “Entré con el propósito de que la cárcel no me venciese”

Conversamos con el manifestante condenado a tres años de prisión, justo después de que la Audiencia Provincial decretara la suspensión de la condena mientras se tramita su petición de indulto

“La verdadera libertad está en tu cabeza”, aseguraba a eldiario.es/Andalucía horas después de abandonar el centro penitenciario de Albolote.

Carlos, en los jardines del Triunfo, al reencontrarse con sus padres /FOTO: M.A. Ortega Lucas

Carlos, en los jardines del Triunfo, al reencontrarse con sus padres /FOTO: M.A. Ortega Lucas

Mantener “la cabeza fría” ha sido su mantra durante los últimos tiempos; sobre todo, durante la última semana. Pero cuando Carlos Cano (condenado a tres años de cárcel por su implicación en el incidente vivido en un bar de Granada durante la huelga general del 29M) salió ayer excarcelado, tras la decisión de la Audiencia Provincial de suspender la condena hasta que se resuelva su petición de indulto al Gobierno, no pudo, ni quiso, ahorrarse un gramo de alegría. Conversamos con él en los jardines del Triunfo, en el centro de Granada, escoltado por varios de sus amigos, y tras varias horas atendiendo a medios de comunicación de todo el país. Justo al acabar esta charla llegarían sus padres, para darle el primer abrazo después de pisar la calle.

¿Contaba con esto, con poder verse tan pronto en la calle otra vez?

Bueno, en la cárcel sabes cuándo entras, pero no cuándo sales. Lo que pasa es que teníamos el respaldo de mucha gente; había ya una presión mediática muy fuerte. Eso también es una garantía, que la gente no se olvide e ti. Significa que si el sistema judicial va rápido para quien interesa y para quien no, no, existía la posibilidad de que fuera mejor por ese apoyo, aunque no fuera la solución por sí sola. También, al tratarse de una causa con preso, al estar en la cárcel, los procedimientos en curso [la petición de indulto, el recurso de amparo] se aceleran. Yo entré pensando que podía quedarme, que podía estar allí año y medio, yo qué sé, hasta que me dieran el tercer grado… Cuando entré lo hice con la cabeza muy fría. Y dentro igual. Lo más duro de ahí dentro es no saber cuándo vas a salir… pero sobre todo tener la esperanza de que vas a salir. Porque cuando sabes que no vas a salir, dices pues éste es tu mundo ahora, adáptate; pero cuando crees que puedes salir, esa incertidumbre es lo que más te corroe... Y yo he hecho todo lo posible para hacerme a la idea de que me iba a quedar: no he dejado de echar instancias para irme a módulos en los que estuviera más a gusto, para cursillos dentro de la cárcel…

¿Por qué entró voluntariamente?

Era ya también una especie de obligación moral, en gran parte por la repercusión pública. Por la sensación, llegado cierto punto, de que tenía un compromiso también con quienes estaban dando la cara por mí (los que se preguntarían “dónde está este chaval por el que estamos luchando”). También existía esta posibilidad de la suspensión de condena… Y ya había atado los cabos que tenía pendientes, en lo personal y demás, mientras estaba en busca y captura…

…Que muchos se preguntaban en qué consistía exactamente, esa busca y captura…

No es que te esté buscando constantemente la policía; es que van a tu vivienda, y si te encuentran, pues…

Pero en su caso no fue así.

Sí fue.

Pero no le encontraron.

Porque no estaba allí. Y no es delito, tampoco, no presentarse voluntariamente.

En las fotografías del día en que ingresó aparentaba mucha tranquilidad, mucho aplomo: ¿realmente tenía la cabeza tan “fría”, o esa procesión iba por dentro?

La cárcel no deja indiferente a nadie. Pero mi filosofía es que hay que vivir el presente. Cuando vives el presente, tienes en tu mano la posibilidad de ver cada situación como un problema o como una oportunidad. Para mí ha sido una experiencia, no diré que agradable, pero sí para conocerme más a mí mismo… Y sí que tenía ese aplomo. Lo que tenía en mente era que no iba a tener miedo.

¿No lo tenía?

No. No. No me sentía así. También mis circunstancias han sido particulares; la gente también me ha dado mucho apoyo dentro.

¿Qué gente se has encontrado en la cárcel?

¿Sabes qué pasa? Que la prisión es una institución muy opaca, y existe un prejuicio brutal en torno a lo que hay dentro, no hay información hacia afuera. Sólo se sabe cuando estás allí. Y te das cuenta de que hay gente normal. Gente que ha tenido mala suerte; gente que ha cometido un error; gente que sin comerlo ni beberlo se ve allí… Esas cosas se viven continuamente. Pero desde luego a nadie deja indiferente la cárcel. Por muy concienciado que estés, es una jaula para humanos… Eso de que es un hotel es mentira… Y además, no sirve. Hay más de un 70% de reingresos; o sea, si entras, es más que probable que vuelvas a entrar.

¿En qué clase de módulo estaba?

Yo estaba en un módulo de respeto [de menor riesgo para los internos]. Con un régimen militarizado en que te pasan revista cada día, con unos horarios fijos para todo; a qué hora te levantas, a qué hora desayunas… Un régimen que te infantiliza porque no tienes que tomar decisiones, entonces te convierten en alguien que sólo va de un sitio a otro y cumple las normas.

Su rutina, ¿cómo era?

Me levantaba a las siete, hacía la habitación (barría, ordenaba…). Todos los días igual. Vienen, te pasan revista. Bajas al patio, pitan para el comedor, desayunas, descanso, taller, descanso, taller, cenas… Y a las ocho y media a la celda, hasta el día siguiente. (…Yo me he acordado mucho de Foucault, que decía que el colegio se parece a la fábrica, la fábrica a la prisión, la prisión… Era como estar en el hospital, pero sin una enfermedad, sino con una condena).

¿Y cómo se ha sentido anímicamente?

Me he encontrado bastante fuerte. He leído muchísimo… ¿El qué? Siddharta, de Hermann Hesse. Muy buena lectura para las circunstancias, porque sí, todo me tenía que enseñar algo. Yo ya conocía algo la cárcel porque trabajé un año con un grupo de derechos humanos. Pero ahora he constatado personalmente que es cierto lo que creía… Yo entré con un propósito personal: que la cárcel no me venciese. Creo que también ha sido determinante. Cuando me he visto más triste, cuando me sentía flaquear, mi pensamiento ha sido recordar que la ley me puede encarcelar, pero no va a amargarme la vida.

Tras una de las manifestaciones de apoyo, le preguntábamos qué había aprendido en ese tiempo. ¿Y ahora, qué ha aprendido después de estos días?

Pues he aprendido –y realmente la vida te lo demuestra– que sólo de ti depende ver las cosas como problemas o como oportunidades, y que la verdadera libertad está aquí dentro, en la cabeza. Y tú siempre eres dueño de cómo te tomas las cosas, si te enfadas o no, si te frustras o no…

Cosa muy jodida de aprender…

Cuesta toda la vida. Pero verme en situaciones así, y ver que es cierto…

Y ahora, ¿qué?

Pues ahora a disfrutar mucho y estar con mi gente. Y esperar.


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