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PSOE andaluz y Ciudadanos: del matrimonio al divorcio de conveniencia

Los socios de Gobierno han escenificado esta semana una ruptura "táctica", según sus rivales, cuyo objeto es adelantar las elecciones a otoño y recomponer su alianza después de las urnas

Los comicios andaluces abren un largo ciclo electoral en España y servirán para medir las fuerzas de Sánchez como presidente, y la rivalidad entre Pablo Casado y Albert Rivera por la hegemonía de la derecha

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Susana Díaz investida presidenta de Andalucía con el apoyo de Ciudadanos

Susana Díaz investida presidenta de Andalucía con el apoyo de Ciudadanos EFE

A finales de febrero se publicó el último Estudio General de Opinión Pública de Andalucía (Egopa), la encuesta sobre intención de voto más reconocida en la política regional, que elabora la Universidad de Granada. El sondeo, con una muestra de 1.200 entrevistas, dibujó el siguiente vaticinio electoral: el PSOE de Susana Díaz se mantendría como primera fuerza, con un 34,1% de los votos, y 14 puntos por debajo se sentirá un terremoto político sin precedentes: la segunda fuerza más votada dejaría de ser el PP, líder de la oposición durante 36 años, que se vería sobrepasado por una formación con tres años de vida en Andalucía: Ciudadanos. 

El partido que ha sustentado al Gobierno de Susana Díaz los últimos tres años, garantizando la aprobación de tres presupuestos consecutivos, lograría el 19,8% de los votos (ahora tiene un 9,2%), a costa del PP más jibarizado de su historia (18,3% del escrutinio).  La guerra civil de las derechas en Andalucía va a ser una de las claves más interesantes de las próximas elecciones autonómicas, que muchos barruntan para este otoño. La fragmentación del voto conservador permitiría a Díaz esgrimir una victoria que no se sustenta en ganar más apoyos respecto a 2015, sino en el duelo de sus adversarios por el segundo puesto. El pulso PP-Cs puede otorgar al PSOE una ventaja de 14 puntos respecto a su inmediato competidor. 

Cuando se habla de elecciones en Andalucía se tiene muy en cuenta esta encuesta, que algunos han rebautizado como el CIS andaluz. Desde febrero se han realizado otros sondeos, públicos y privados, que confirman esta tendencia: un estancamiento del PSOE y de la coalición Podemos-IU; un crecimiento, más o menos optimista, de Ciudadanos; y un desplome, más o menos catastrófico, del PP.

Los socialistas tienen encuestas que les dan un escaño más de los que tienen ahora (47), aunque con menos votos; el cálculo más eufórico de la formación naranja le promete hasta el 25% del escrutinio; y los populares de Juanma Moreno aseguran que sus datos niegan el sorpasso en la derecha. Ninguna de estas encuestas -ni siquiera las del PP- pronostica un escenario en el que populares y Cs suman juntos una mayoría absoluta que impida al PSOE cumplir 40 años ininterrumpidos de Gobierno en Andalucía. 

El sorpasso al PP

Existen muchas posibilidades de que en los próximos comicios andaluces -los primeros de un largo ciclo electoral con Pedro Sánchez en la Moncloa- todo se mueva, pero casi nada cambie. Que los socialistas mantengan el poder gracias a unos socios -Ciudadanos- más fuertes y, por tanto, más exigentes que antes. Es lo que susurran sus encuestas, y es lo que ambos han tenido en cuenta estos últimos días, mientras escribían a cuatro manos el relato improbable de la ruptura de su acuerdo y la consecuencia del adelanto electoral. 

Concluye la reunión entre Sánchez e Iglesias, que ha durado dos horas

Concluye la reunión entre Sánchez e Iglesias, que ha durado dos horas EFE

La fórmula de un Gobierno de coalición PSOE-Cs en Andalucía sería el vaticinio más plausible para la próxima legislatura, si el relato político se escribiera exclusivamente desde Andalucía. Pero no es así. Las próximas elecciones andaluzas -y así lo ha reconocido Susana Díaz- volverán a ser el laboratorio de pruebas de la nueva política española, nueva desde hace apenas cuatro meses: la primera cita con las urnas para Pedro Sánchez como presidente del Gobierno; para Pablo Casado, como líder del PP; para Albert Rivera como rival ideológico de Casado; y para Pablo Iglesias, como aliado eventual de Sánchez.

La presidenta Díaz quiere que estos comicios tengan “acento andaluz”, pero en el debate público se estrenarán todos los líderes nuevos con sus nuevos roles. Incluso el problema catalán amenaza con mezclarse en la campaña andaluza de la mano de Rivera e Inés Arrimadas, comprometidos a pegar carteles y quitar lazos amarillos (si los hubiera) por “los pueblos del sur de España”. “Las elecciones andaluzas son las elecciones de España”, dijo el líder naranja el sábado en un acto público en Málaga.

Sánchez y Díaz, el factor sorpresa

El patio político está tan agitado que es difícil fiarse de la foto fija de un sondeo. “Los adelantos electorales los carga el diablo”, dice un veterano dirigente del PSOE regional. Desde las primarias que Díaz perdió contra Sánchez, ningún socialista andaluz “juega a la lotería”. De hecho, el factor sorpresa que aún no ha dado tiempo a medir en las encuestas para las elecciones andaluzas se llama Pedro Sánchez. El enemigo íntimo de Susana Díaz en la lucha por el control del PSOE, reconvertido ahora en uno de sus principales acicates electorales. ¿Cómo van a digerir los andaluces -y los socialistas- la imagen de Pedro y Susana juntos y en el mismo equipo durante la campaña? "Es una fotografía inquietante", bromea un miembro de la Junta.

Es cierto que el presidente Sánchez ha iniciado una serie de reformas sociales que han vigorizado la marca PSOE. ¿Puede Susana Díaz, su rival orgánica, beneficiarse de ese momento dulce? Su equipo piensa que sí, que es el momento ahora de convocar las autonómicas, antes de que el Gobierno socialista evidencie su fragilidad parlamentaria o incurra en algún tropiezo aparatoso. 

Todo este análisis, sin embargo, cojea por un amplio margen de incertidumbre, probablemente por eso la presidenta andaluza aún no se ha decidido a poner fecha a los comicios. En febrero de 2015 la incertidumbre era igual o mayor que ahora: los partidos emergentes, Podemos y Cs, aún no se habían estrenado en las urnas, pero los sondeos ya anticipaban una fractura irreparable del bipartidismo. ¿Cómo de fuerte sería el impacto para un PSOE y un PP en horas bajas?  

La diferencia es que Susana Díaz disfrutaba en 2015 de un aura de política de Estado que ya no tiene, porque la perdió en su pulso interno con Sánchez. Hace tres años, calculó que sus posibilidades aumentarían si precipitaba las elecciones antes de que el efecto Podemos siguiera creciendo, y acertó. Ahora debe calcular sus posibilidades en función de la aparente debilidad de sus adversarios, porque ninguna encuesta le concede más votos de los que logró hace tres años.

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Cronología del divorcio PSOE-Cs

El divorcio de conveniencia de PSOE y Cs de esta semana parece anticipar, finalmente, unas elecciones en Andalucía antes de Navidad. Tras tres años de vigencia de un "pacto de investidura" tranquilo para los socialistas y relativamente fructífero para sus socios, han vuelto de vacaciones escenificando una ruptura de su acuerdo sin aparente deterioro político. Las escenas más significativas de este matrimonio de tres años apenas evidencian señales de agotamiento que expliquen el abrupto desencuentro de los últimos cinco días. ¿De dónde sale este repentino enfado? 

Hace cuatro meses, antes de que la moción de censura lo cambiara todo, el líder de Cs en Andalucía, Juan Marín, declaraba estar “moderadamente satisfecho” con el grado de cumplimiento de su acuerdo con el PSOE, que cifraba en casi un 70%. Ahora sostiene que rompe relaciones por las medidas que quedan por cumplir: la supresión de los aforamientos, la reforma de la ley electoral, la creación de la oficina antifraude, la ley de subvenciones… propuestas todas que, en efecto, vienen recogidas en el acuerdo que firmaron en 2015, pero que difícilmente podrían encabezar un programa electoral de impacto social.

Ciudadanos votó la investidura de Susana Díaz, desbloqueando así 80 días de legislatura sin gobierno. Rivera prefirió que su grupo condicionase desde fuera, prohibió la entrada en un Gobierno de coalición, e impuso como condición preferente la dimisión forzosa de los ex presidentes andaluces, Manuel Chaves y José Antonio Griñán, imputados por prevaricación y malversación en el caso ERE. A partir de ahí, PSOE y Cs han disfrutado de un mandato sin sobresaltos, con tres presupuestos consecutivos aprobados. Todos ellos fueron definidos por la entonces consejera y hoy ministra de Hacienda, María Jesús Montero, como “presupuestos de izquierdas”. Aunque Cs logró incluir en ellos varias medidas fiscales de corte conservador, como las rebajas del impuesto de sucesiones y donaciones -un reivindicación histórica del PP- o el aumento del gasto para la escuela concertada. 

La reconciliación a la vista

En este mandato, el partido naranja ha competido más contra el resto de la oposición -sobre todo con el PP- que con el Gobierno de Díaz, de ahí que se ganara las críticas de “muleta del PSOE”. Los populares han mantenido una relación dispar con ellos. Su presidente, Juanma Moreno, a ratos le tendía la mano a Ciudadanos, albergando esperanzas de sumar fuerzas, y a ratos arremetía contra ellos, asustado por la pérdida progresiva de su espacio político.

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De este pulso de la derecha en Andalucía nace la rebaja paulatina del impuesto de sucesiones -que en esta región afecta a un 7% de la población con las rentas más altas- y otras iniciativas relacionadas con la regeneración democrática, como la creación de la comisión de investigación del supuesto fraude en los cursos de formación. Este asunto se desinfló en el Parlamento a medida que los juzgados le daban carpetazo, pero sirvió para visualizar el forcejeo fratricida de PP y Cs.

La larga crisis interna del PSOE, que desembocó en las primarias de Susana Díaz contra Pedro Sánchez, también puso a prueba la estabilidad del Gobierno andaluz. La presidenta recibía a diario críticas por estar más centrada en su ambición orgánica que en los problemas de Andalucía, unas acusaciones que salpicaban a sus socios de Ciudadanos. En esos días Marín amagó varias veces con perder la paciencia, incluso reclamó a Díaz que convocase elecciones si su verdadero interés era marcharse a Madrid. Al final no llegó la sangre al río. 

Tras las primarias, el mayor roce del PSOE y Ciudadanos llegó con el pacto andaluz sobre la financiación autonómica, un acuerdo de amplio espectro que impulsó la presidenta de la Junta, y en el que logró involucrar a todas las fuerzas oponentes, incluso al PP. La formación naranja se quedó fuera, más preocupada por cuadrar su discurso andaluz con el que defendía esos días para Cataluña. El suelo se tambaleó entonces mucho más de lo que se ha movido esta semana. 

Para muchos, aquel cisma sí barruntaba un relato sobre la ruptura de sus relaciones, pero primó la concordia y aquella crisis pasó de largo. La escena del divorcio de esta semana, en el cuarto año y último semestre de la legislatura, rompe también con el orden coherente de lo que hasta ahora ha sido la alianza política más bienavenida que ha disfrutado el PSOE andaluz en 36 años en el poder. Más que el Gobierno que formó con el Partido Andalucista hace 20 años, y mucho más que el que formó con IU la legislatura pasada. Una relación situada en el centro-derecha del eje político andaluz, levemente alejada del centro-izquierda, donde dicen situarse políticamente la mayoría de los andaluces.

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