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Diásporas: mucho que aprender

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Balsa de Medusa, de Delacroix.

Balsa de Medusa, de Delacroix.

Día (a través de) y spora (semilla) conforman la palabra, de origen griego, diáspora. Literalmente significa “dispersión y diseminación de semillas”. Un hermoso y sugerente significado que se contradice con la realidad e historia de las diásporas.

Históricamente se atribuye la primera diáspora a la conquista del reino de Judá por Nabucodonosor en el año 586 a.E.C. Esta conquista provocó el exilio forzoso del pueblo judío hacía Babilonia. Antes y después de esta fecha han sucedido múltiples y diversas diásporas. En paralelo, se ha producido una evolución de la palabra que define los movimientos (forzados y forzosos) de grupos humanos: desplazamiento, exilio, destierro, éxodo y migraciones son términos que comparten origen y destino con las diásporas.

Vivimos un tiempo (acelerado) que muestra una aparente impotencia humana para gestionar (de forma ética y eficaz) los desplazamientos de grupos humanos que se ven forzados a abandonar su lugar de origen. El diccionario nos vuelve a facilitar la tarea de definirlos: desplazados ambientales, perseguidos, refugiados, asilados, migrantes…, son algunas de las categorías que nos permiten reconocerlos (y discriminarlos). 

Estas experiencias (ciertamente históricas) adquieren en este siglo XXI una dimensión que está siendo elevada a la categoría de “catástrofe”. Hablamos de las diásporas como si estuviésemos hablando de Seveso, Bhopal, Chernobyl o Fukushima. Una verdadera irresponsabilidad (¿o se realizan estas similitudes con intención?). La visualización como espectáculo de las modernas diásporas provoca que nuestras élites políticas gobernantes respondan de forma infame (e incompetente) ante ellas. En vez de apropiarse del conocimiento histórico, en vez de recuperar la memoria y la experiencia de tiempos pasados, en vez de conocer errores y aciertos en su gestión, se han decantado por una política del miedo y la emergencia. Tendrían que recordar al presidente Roosevelt cuando planteaba que la política debería de generar una política de “guerra contra los miedos”. Esa sería la función de la memoria, aunque, ya se sabe, la memoria no cotiza.

La experiencia nos muestras que las diásporas siempre tienen una génesis de persecución previa. La expulsión de nuestros judíos en 1492 no se debió a una súbita decisión. Cien años antes, en el verano de 1391, se fraguó todo: las juderías de Sevilla, Carmona, Écija, Montoro, Córdoba, Andújar, Baeza, Úbeda, Ciudad Real, Toledo, Cuenca, Madrid, Burgos, Xátiva, Valencia y Barcelona fueron asaltadas y destruidas. Se fuerzan las conversiones masivas y los supervivientes asumen un destino inmediato de señalamiento y sospecha, que los llevará a buscar refugio en Portugal y el Norte de África. La gran diáspora no tardaría en llegar. Mucho que aprender.

El continente africano vivió, entre los siglos XVI y XIX, una experiencia única de diáspora forzada. Del Golfo de Guinea salieron millones de negros, como esclavos, hacia las grandes plantaciones del continente americano. En Estados Unidos, las plantaciones de algodón; en el Caribe, las de caña de azúcar y en Sudamérica, las de café. El tráfico de esclavos alcanzó su cénit en pleno siglo XVIII. Mucho que aprender.

El escritor persa Ferdousí relata de forma poética la presencia en su país, en el año 1000, de un grupo de nómadas, músicos y danzantes. Vienen de la India. Poco duró la poesía para los gitanos. La gran diáspora gitana se mide por el número de sus persecuciones: en 1380 se decreta su esclavitud en Rumanía y Bulgaria; en 1499 los Reinos de Castilla y Aragón aprueban una pragmática que les prohíbe viajar en grupo; en 1546 se les expulsa de Gran Bretaña hacia el continente europeo; el 1 de marzo de 1943 el régimen alemán nazi ordena su obligatoria deportación a los campos de exterminio. Mucho que aprender. 

Aunque parezca mentira las grandes diásporas y migraciones en la historia reciente de la Humanidad las hemos protagonizado “nosotros”. Entre 1850 y 1914 más de cincuenta millones de europeos se desplazaron (la gran mayoría de manera forzosa) hacia el continente americano y, en menor medida, hacia África, Asia y Australia. En este período de tiempo nuestra diáspora propia generó que cinco millones de irlandeses, cuatro millones de españoles, dos millones de rusos, dos millones de escandinavos, cinco millones de alemanes, dos millones de portugueses, doce millones de británicos, seis millones de austríacos, húngaros, checos, serbios, rumanos…, salieran de su lugar de origen obligados o acuciados por la necesidad. Mucho que aprender.

Pasolini anunciaba la próxima desaparición de las luciérnagas. Ese tiempo ya ha llegado. ¡Ay!

Sebastián de la Obra, historiador y director de la Casa Sefarad

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