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Bienvenido Míster Sánchez

Los partidos progresistas gobernarán, dicen las encuestas, las grandes ciudades que articulan el Estado, que es tanto como decir que se suman al cambio

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, durante el acto en Mérida

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, durante el acto en Mérida PSOE TWITTER

Las encuestas publicadas este pasado domingo anuncian una victoria en las grandes capitales de los partidos progresistas. En todo caso, suponen un freno a la irrupción prometida de las coaliciones  de las derechas con el auxilio de la extrema derecha a caballo. Edulcorada esta última para no dar más miedo (será que saben que lo dan). O, tal vez, transformada y convertida, lista para estar en la comodidad templada  de los salones capitulares y las moquetas del poder, donde no se ficha. Ni siquiera han asistido, cobardicas, a la cumbre europea convocada por Matteo Salvini, erigido en anfitrión del advenimiento de la extrema derecha en Europa. 

Antonio Domínguez Ortiz, el historiador andaluz, decía que Andalucía era un país de ciudades, Pasqual Maragall decía casi lo mismo pero, en su caso, referido al Estado español. En efecto, las grandes ciudades conforman uno de los esqueletos  importantes de la urdimbre estatal. Se decía hace una legislatura de los ayuntamientos del cambio, ahora, ninguno se puede sustraer. Lo son todos del cambio de ciclo o de su freno. 

Los partidos progresistas gobernarán, dicen las encuestas, las grandes ciudades que articulan el Estado, que es tanto como decir que se suman al cambio. Un gobierno progresista, unas ciudades progresistas, con un horizonte electoral que no se vislumbra hasta dentro de, al menos, tres años, salvo crisis sistémica. Un tiempo suficiente para iniciar una segunda transición. 

Es además, una vacuna. Los ciudadanos han dicho no a la crispación, no al enfrentamiento entre pueblos y ciudades, no a la vuelta al pasado de la mano de los tres jinetes de la derecha, ahora, cosméticamente adaptados porque la ciudadanía se  ha vuelto de espaldas.

Ni siquiera Madrid, con sus incertidumbres, podrá cambiar el sino, si es que, visto lo apretado del pronóstico, allí no cuaja la alternativa progresista. Madrid no lidera  casi nada políticamente hablando, en todo caso, es la anécdota insólita, la excepción, sobre todo en las izquierdas y sus patologías. Se manifiesta, se exhibe, y camina mucho pero ahí se queda. Puede que la extrema derecha vuelva a su nido matriz, al PP, pero ni siquiera eso frustrará el cambio ilusionante para consolidar avances en una España con futuro . 

Luego está Barcelona. Ni PP ni Ciudadanos, ni sus ocurrencias, la derecha crispada, tendrá posibilidades de poder. El caso Iceta podría catapultar a Ada Colau a liderar una Barcelona en trance de contribuir al entendimiento. La composición de la Mesa del Congreso, con sensibilidad próxima a la actual alcaldesa de Barcelona, podría ser una señal de entendimiento para construir  una mayoría de progreso.

Termina la campaña, o el "reality show". Hemos visto correr como Forrest Gump, nadar como David Meca, apagar fuegos, insultos intergeneracionales, promesas de visitas del Papa. Pero esto terminó, al menos, sin cabalgadas, faenas taurinas y otras excentricidades peores.

La política es tan "mobile" como la "piuma al vento". Quién nos lo iba a decir. De no me traigas a Sánchez que me salpica, a que venga que me llegan sus efectos. Los barones socialistas, hasta los golpistas, se apresuran, como José Isbert, a pregonar   bandos desde sus balcones, ante la visita o no del americano que trae votos a espuertas. Pero así es la vida y, de ella los resistentes siempre toman notas porque han leído a Maquiavelo o, al menos, al Cardenal Mazarino. 

Cuando el domingo sepamos los resultados, tendremos más datos para saber cómo van a ser las estructuras, los andamios del futuro. La calle pide cambios, aunque los "transitarios", los acomodados gurús y apóstoles de la Transición y los reductos del inmovilismo de la Corte se resistan . 

Tres años por delante, como mínimo. Tres años, como mínimo también, para los que hasta ayer eran jóvenes, que ya no lo serán cuando, otra vez, concurran a nuevos comicios. Ellos querrán seguir, otra cosa será que sus mandantes quieran cambiar de caballo. Son las consecuencias de ser solo comisionistas o vicarios de otros. 

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