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No es Borgen, somos nosotros

borgen

Ángela Cañal

Cada vez que nos enteramos de que un político de Dinamarca, de Alemania, de Suecia, de algún país tan moderno como esos, es forzado a dimitir por no pagar una multa, pagar chicles con dinero público o exagerar en su currículum, nos entra un ataque de coraje. “Igualito que en España”, le gritamos al televisor. “¡Aquí no dimite nadie!”, compartimos con nuestro vecino de mesa en el trabajo. Eso sí que son políticos, opinamos de los daneses, recordando lo honrados que son, y lo austeros que son, y lo flexibles que son para pactar y lo buena que es la serie Borgen. Allí gobierna el tercer partido más votado, ¡el tercero! nos asombramos en voz alta frente al espejo del baño. Qué envidia. Qué suerte tienen.

Pero, ¿y si por arte de magia fuéramos capaces de atravesar el espejo, y convertirnos de repente como ese simpático señor danés que se afeita antes de ir a trabajar mientras escucha contar en la radio, al Iñaki Gabilondo de allí, que en España el partido de la Gürtel, de la Púnica, de Bárcenas, de los sobres, de los ordenadores reventados a martillazos, del Luis sé fuerte, ha vuelto a ser el partido más votado en las elecciones generales?

¿Y si encima le dijeran que un mes y pico después de los comicios, con el presidente viendo pasar las horas muertas, Valencia ardiendo más que en fallas, su ex alcaldesa tras el visillo blindado del Senado, la de Jerez camino del Supremo, el “te quiero coño, Alfonso, coño”, … y si le dijeran que todas las encuestas vuelven a apuntar a que si volviéramos a las urnas el PP sería de nuevo el primero? La última, la de este diario esta misma semana, que sitúa a Rajoy apenas cuatro décimas por debajo del resultado del 20D. Como no sé danés, y sospecho que usted lector probablemente tampoco, déjeme traducirle al español lo que creo que pensaría nuestro protagonista, terminando de repasarse la patilla: “¡Igualito que en Dinamarca. Anda que aquí íbamos a votar otra vez a esos!”.

Esta semana, mientras Manuela Carmena volvía a pedir perdón con cara de cordero por el desafortunado asunto de los titiriteros, con toda la jauría del PP exigiendo juicios sumarísimos y dimisiones en cadena, conocíamos la decisión de Génova de atrincherar a Rita Barberá en el Senado y escuchábamos a Moreno Bonilla disculpar con desparpajo a la ex alcaldesa de Jerez, sospechosa de amañar concursos para la trama Gürtel. Para el líder del PP andaluz todo es un mero asuntillo “pseudo-administrativo”, y además, ¿qué son casi medio millón de euros? Calderilla, le ha faltado decir. Cinco minutos más y habría soltado “¿Dimitir? ¡Dimite tú!”, cual Sandokán cordobés.

En estas fechas inciertas y crispadas le exigimos a los partidos, legítimamente sí, que se busquen la vida para resolver el sudoku que les hemos dejado. Que nos traigan un Gobierno que cambie las cosas, que acabe con la corrupción, que nos devuelva lo perdido. Que negocien, que hagan números, que cedan, que se lo curren y que lleguen un pacto. Pero no nos hagamos trampas al solitario. Es verdad, Pablo no se habla con Albert (y viceversa) y Pedro no está dispuesto a tratar con independentistas. Pero la cuestión fundamental, la que empezó por hacer tan difícil un gobierno de cambio, es más simple: más de 7 millones de votantes, más de 7 millones de nosotros, decidimos que pese a todo lo llovido queríamos volver a poner por delante de nuevo a los mismos. Y que lo volveríamos a hacer. Así que mirémonos al espejo y reconozcámoslo: no son los daneses. Somos nosotros.

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