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Los Trumpson... o el populismo del rubio-platino

Los Trumpson (Trump y Boris Johnson) ocultan que, bajo su apelación al pueblo, están liderando naciones con un pueblo más dividido que nunca, y que sus políticas no hacen más que exacerbar esa división de forma que, en realidad, resulte cada vez más difícil hablar de "un pueblo"

Johnson detallará pronto su plan del "brexit" que entregará a la UE

Johnson EFE

Pensándolo bien, Donald Trump, Boris Johnson y Homer Simpson, el personaje principal de la simpática serie televisiva americana, comparten lo que inspira la cabellera de los dos primeros: esa combinación de esperpento y surrealismo y la tensión permanente entre la ficción y la realidad. Aquí acaba el símil. Pues si Homer no deja de ser un cómico padre de familia en el mundo de la ficción cuyas ideas peregrinas son siempre mitigadas por su sensata esposa, Marge, símbolo de cordura donde los haya, los dos gobernantes lideran en la realidad dos de las potencias mundiales sin que ni las mujeres que los rodean ni las instituciones democráticas que debieran constreñir sus acciones hayan demostrado hasta el momento la capacidad de poner freno definitivo a sus despropósitos.

En realidad, ambos dirigentes, lejos de optar por relacionarse con las mujeres desde el respeto que se otorga a quien se sabe complemento indispensable de las carencias propias, despliegan sin pudor su misoginia de macho alfa y se ven con frecuencia involucrados en escándalos de acoso y abuso, lo cual pareciera indicar que, a pesar de sus constantes referencias al pueblo como fuente directa de la legitimidad de sus actos, están lejos de considerar a las mujeres, más de la mitad de ese pueblo, ciudadanas de pleno derecho.

Lo que no quiere decir que al final del camino no se topen con alguna que otra mujer que efectivamente sepa frenarlos. Es tal vez el caso de Nancy Pelosi, Presidenta de la Cámara de Representantes en EEUU, que ha iniciado el procedimiento de destitución ("impeachment") del presidente Trump por uso desviado del poder en sus relaciones con el Presidente de Ucrania para conseguir, a cambio de ayuda militar, trapos sucios con los que derrotar a su contendiente político: Joe Biden. Y también el de Baroness Brenda Hale, presidenta de la Corte Suprema del Reino Unido que declaró inválida la interrupción de las sesión parlamentaria decidida por la Reina de Inglaterra indebidamente aconsejada por un Primer Ministro que buscaba sólo saltarse las reglas del control parlamentario justo en el momento en el que la falta de acuerdo sobe el Brexit y sus términos lo hace más necesario.

¿La verdadera voluntad de los ciudadanos?

Además de sus desaforadas cabelleras de rubio platino y de su palpable misoginia, los dos dirigentes comparten estilos de gobierno. Ambos se arrogan la capacidad de ser intérpretes de la verdadera voluntad del pueblo, a quien dicen proteger de los intereses de la clase política, de los medios de comunicación y hasta de los intelectuales y activistas cosmopolitas, todos ellos sospechosos izquierdistas. Johnson dice querer proteger la voluntad del pueblo británico, expresada en referéndum, avanzando hacia un Brexit, sin acuerdo si hace falta, no sólo cuando sabe que esa voluntad está ahora más dividida que nunca sino siendo perfectamente consciente de que los precisos términos en los que, de producirse, se daría la salida de la Unión Europea no estaban contemplados en el referéndum de origen y ahora deben, por mandato legal, contar con la aprobación del parlamento. Trump recurre una y otra vez a la idea de que al atacarlo sus contrincantes, atacan la voluntad del pueblo americano, ese al que prometió to be great again, siendo la retórica de la caza de brujas o las teorías de la conspiración las técnicas más frecuentes para granjearse la lealtad de unas bases a las que no trata de convencer con hechos (declarados ideología en el mundo de la postverdad), ni mucho menos con argumentos, sino apelando a los más bajos y viscerales instintos humanos.

Poco importa que sus adversarios sean en realidad el ordenamiento jurídico o las instituciones democráticas pues en la lógica de los Trumpson el fin justifica los medios, de manera que cuando creen que el derecho y las instituciones pueden beneficiarles no dudan en recurrir a ellos, de la misma forma que no dudan en cuestionar su legitimidad cuando se da el caso contrario. Trump non duda ahora en amenazar con llevar los asuntos controvertidos ante la Corte Suprema, una corte en la que sabe que, con el añadido de dos jueces bajo su mandato, las fuerzas conservadoras son ahora mayoritarias. Johnson ha criticado como errónea la sentencia de la Corte Suprema que ha puesto límite a su fraudulento uso del mecanismo de la suspensión parlamentaria y está en estos momentos explorando nuevas fórmulas para volverlo a hacer.

Pueblo o índice de popularidad

Resulta curioso que el amor que ambos líderes dicen profesar al pueblo de sus naciones no se traduzca nunca en referencias concretas a los beneficios o perjuicios que sus acciones u omisiones tienen sobre la vida de las personas de carne y hueso que constituyen eso que llaman pueblo. Los daños reales que la anticipación o la incertidumbre en torno al Brexit está produciendo ya al pueblo británico en términos de intereses económicos y de cohesión política interna poco interesan y no figuran en las reflexiones de Johnson. Igual de poco han preocupado al magnate americano los efectos de sus políticas migratorias, reproductivas o ambientales en gran parte de la población americana. Las familias rotas y las mujeres sin posibilidad práctica de abortar no son en su mente pueblo americano, como tampoco lo son los niños asesinados en las escuelas por la tenencia de armas (¡esa sí, amparada por la Constitución!, ¡bendito sea el derecho!) o los daños provocados por los estragos naturales asociados al cambio climático.

Porque al final, lo que los Trumpson ocultan es que, bajo su apelación al pueblo, están liderando naciones con un pueblo más dividido que nunca, y que sus políticas no hacen más que exacerbar esa división de forma que, en realidad, resulte cada vez más difícil hablar de "un pueblo". En realidad, lo único que del pueblo parece interesarles son los índices de su propia popularidad, pues de ellos depende la posibilidad de asegurar su poder o incluso su inmunidad. Johnson mide frenéticamente los suyos cuando reclama con urgencia una disolución del Parlamento que no tiene fuerzas para provocar en solitario y la convocatoria de elecciones. Trump va a jugar con los suyos en este proceso de "impeachment" que sus defensores están ya tildando de manía persecutoria no sólo para frustrar su éxito sino para salir del mismo con réditos electorales.

 

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