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Para Esparnia no es posible un estado común, plural, en todos los sentidos, rico en diversidad, humores y cosmovisiones; las lenguas son un tesoro- España tiene muchos- que un esparniés ni entiende ni paladea

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El Museo del Ejército albergará en 2018 una exposición para conmemorar el 175 aniversario de la bandera española

El Gobierno ve amenazada su reelección, ya se constituyó de manera complicada y aún lo recuerdan. Su gran baza económica no acaba de cuajar, sus propagandistas abundan en la idea de que hemos salido de la crisis pero no convencen. Sus expertos en manoseo estadístico y demoscópico no son capaces  de maquillar la evidencia  de la desigualdad, las brechas salariales, la precariedad y poca calidad laboral. Las  macroestadísticas son buenas, la realidad de la calle es otra cosa. Pero el PP tiene su pócima secreta para defenderse de la inclemencia electoral y de su rival y sustituto por la derecha, Ciudadanos.

En los mentideros populares, los chamanes han dado con la tecla o, al menos, de eso parecen estar convencidos. Otras veces han acertado. Si de algo presumen no es de pericia académica sino de conocer a la gente, a los que los votan. Sus mágicos ocho millones. Los demás, ya hace tiempo que fueron dejados en sus cunetas por imposibles e irredentos. Ellos saben cómo es la gente: "La política es el arte de buscar  problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar luego remedios equivocados", sostienen. A ello se aplican, su fuente de inspiración es Groucho Marx que reiría a carcajadas viendo el éxito de sus principios.

Su principio práctico consiste, en resumen, en algo que me contó hace años uno de sus gurús. Si quieres un elector dócil, me los conozco bien, decía, dale una bandera y un pito. Es la anona de la nueva Esparnia que en Roma ya triunfó con la versión original de pan y circo. El cóctel lo forman el populismo asambleario punitivo, el populismo patriótico y el temor, el miedo. Y si el brebaje se te agria con la corrupción, agitación, es decir, mareo, para que nadie sepa por dónde vamos y permanezcan atascados en el género de variedades en el que se ha convertido la señal periodística de los casos.

En dura competencia con su rivales de la derecha, el PP interpreta la sed de justicia con un populismo callejero, de mesa de camilla televisiva. Cadena perpetua para saciar la ira popular, prisión permanente, o lo que sea. Autoridad, mucha autoridad, rebelión, sedición, todas palabras de grueso calibre del código penal, mientras que la corrupción, la suya principalmente, no pasa de los escarnios televisivos. En esta irresponsable e incendiaria tarea, la reflexión no importa, ni las instituciones, ni la experiencia, son solo unos votos urgentes.

Con similar tensión competitiva, en dura lid con sus rivales de derecha a ver quién tiene más largo el mástil, el PP saca las banderas, la patria, la estigmatización del discrepante. En este empeño no hace ascos una parte de la izquierda perdida y mendicante; el 155, no como precepto constitucional defensivo sino como artículo punitivo y habilitante de agresiones a la propia Constitución. Da igual que el Tribunal constitucional sostenga que la democracia española no exige militancia. La libertad ideológica en Esparnia está en prisión provisional. Lo sostenido de manera constante por el máximo órgano no llega a sus oídos ni a los de los intérpretes de la ley.

Ahora, otro problema, querido Groucho: la lengua. Volvemos a Cisneros, una lengua, una religión ... La inmersión lingüística da para todo, se repite la historia una y otra vez. Para Esparnia no es posible un estado común, plural, en todos los sentidos, rico en diversidad, humores y cosmovisiones; las lenguas son un tesoro- España tiene muchos- que un esparniés ni entiende ni paladea. El catalán como problema de estado, como obstáculo para su proyecto; al paso que vamos, un día de estos, los patriotas esparnieses y mucho esparnieses de la Academia  de la Lengua, que los hay, eliminarán todo resto de catalanismos en el Diccionario. Es suicida pero no importa, son unos votos urgentes.

Pero qué serían estos dos populismos sin el miedo. Les toca a los pensionistas, a los de ahora, a los que consideran domesticados y a los del futuro a los que consideran domesticables. "No nos dominan por la fuerza, sino por el engaño", escribió Bolívar. Este es el principio que aplican, el engaño. Empezando por pretender que la pensión no es un derecho adquirido a lo largo de una vida de trabajo. La presión indecente sobre los pensionistas pretende convertirlos en mercancía electoral y en pasto de la depredación bancaria. Estamos muy bien, te dicen, pero al mismo tiempo, con pobreza salarial, que ahorres, que de viejo vas a ser más pobre aún y además, que dures poco. Nueve años; si no te mueres, el sistema no será sostenible. No hay más depravación moral que la que se está observando con las pensiones. No importa, piensan que son votos cautivos.

Y la corrupción es lo de menos, hemos pasado de los casos aislados a un descuido generalizado. Eso nos dicen los descuideros de la Transición. Para Esparnia, la corrupción no es grave, atentar contra la separación de poderes, tampoco, esquivar la Constitución y sus instituciones, un poner, el Consejo de Estado, no importa. Los desatinos del Tribunal Constitucional son hilillos; podemos, además, funcionar sin presupuesto. Y hasta sin oposición y sin prensa libre, la poca que hay languidece ante el fulgor de la prensa sinfónica. Todo bien afinando, por supuesto. Lo de los funcionarios, faltaban, lo arreglamos vía decreto. Pero Esparnia es viable, con una bandera y un pito.

"Entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente hay una cierta complicidad y vergüenza", decía Víctor Hugo. Esa complicidad, vergüenza tiene remedio, a menos que los chamanes y gurús del poder tengan razón, conozcan muy bien a los españoles, o los hayan cogido descuidados y piensen que están domesticados y sean ya esparnieses y mucho esparnieses.

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