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Juegos de infancia 2: Creatividad, humillación y más mala leche que un gato pisado

El juego de la goma elástica

El juego de la goma elástica

1X2: La eficiencia de los recursos

Ese compañero miserable que te marcaba con el dedo en el bocadillo hasta donde podías dar un bocado era lo único que necesitabas para jugar a 1X2.

Si piensas que estamos hablando de una quiniela, estás equivocado. Es, probablemente, el juego más eficiente que existe. Todo lo que se necesita es una pelota de papel de plata de bocata. 

Se trataba de que uno la lanzara al aire gritando "¡Uno!", otro la volviera a palmear con un "¡Equiiiiiis!" y otro, con todo el grupo en desbandada, diera otra palmada para intentar impactar en alguno. 

Seamos honestos, el motivo del juego, como de casi todos, era dar coartada a la violencia. Si la pelota impactaba en el golpeo del dos sobre alguien, todos le dabais collejas, pero si el que sea la cogía en el aire, las collejas te las daban a ti.

Elástico: El misterioso baile del cruzado (el ligamento)

Pocas triadas ha tenido nuestra generación para el uso que se hacía del elástico. Con un ritmo endiablado, sobre todos las niñas, saltaban pasando de un lado a otro del elástico mientras hacían virguerías y las otras cantaban. Yo lo intenté una vez y se me quedó la rodilla durante una semana como a Lina Morgan. Y lo curioso de esto es que es imposible adivinar de dónde viene este juego. Si lo miramos sin estar acostumbrados, uno se pregunta "Pero esto… ¿Qué carajo es?" No gana nadie, no tiene reglas, no se parece a ningún deporte, se basa en un elástico que no es el objeto más habitual de nuestras vidas… Apareció, se instaló, y supongo que el lobby de las mercerías quedó tan contento.

Ponerte de portero y humillaciones peores

Entramos en la humillación. 

Por supuesto, el fútbol era el rey de los juegos. Y para mí, era el jerarquizador social del patio. Si bien, poco después, el complemento "Tiene moto" era el rasgo que hacía que fueras guay (plutocracia), en los primeros años de colegio, el grupo se organizaba socialmente como una meritocracia futbolera según la
cual, mientras mejor jugabas, antes te cogían a la hora de hacer los equipos, más tarde te ponías de portero y más popular eras.  Los poco hábiles con el balón teníamos una pesadilla, que era ser el último escogido y, por tanto, el primero en ponerte de portero.

Pero esa humillación podía ir a peor si te pasaba como en mi caso, que era mucho más malo todavía de portero que de jugador. Explico por qué. El turno de portero lo solía marcar los goles en contra: te marcaban, pues le tocaba al siguiente. El problema era cuando eras tan malo que el bueno de tu equipo, después de que encajaras un gol, te apuñalaba con un "eso no vale, se lo ha dejado, ahora te pones otro". Combate de popularidad, date por jodido. En ocasiones, yo directamente decía "me pongo otro, que me duele una rodilla" y me evitaba el escarnio, pero por dentro pensaba "Te va a dejar copiar en sociales un guardia, monstruo". 

Tablero 

Requería un poco más de equipamiento: una pelota de tenis y una canasta. El juego consistía en tirar la pelota contra el tablero e intentar que rebotara y diera dos veces en el suelo antes de que el otro la cogiera. Si no dabas en el tablero, era punto para el otro. Era un juego pacífico, supongo que heredado de algún colegio de pago, por lo que no solía mantener nuestra atención mucho, sobre todo si mientras jugabas se oían cuatro palabras aterradoras ·¡Fliper on the ride!".

Fliper on the ride: El juego prohibido

Tenía ganas de escribir sobre esto por varias razones:
 
1. No sé si se hacía solo en mi colegio.
 
2. No sé si se hacía en otras generaciones de mi colegio.
 
3. No sé si se hacía en otras partes, pero con otro nombre
 
Os cuento.
 
Existía la leyenda de un niño que jugando a “Fliper on the ride” se había caído y se había desnucado. Esto, con 12 ó 13 años, es una invitación irrechazable a querer probarlo, claro. 

El juego consistía en coger una portería que no estuviera anclada, volcarla hacia delante entre unos cuantos, de manera que el larguero se acercara al suelo, colgarse del larguero y que todos los demás saltaran en la base de la portería para que cayera hacia su posición original y tú, que estabas agarrado al larguero, hicieras un Nadia Comaneci. El riesgo de que se te resbalara el larguero con el impulso era tal, que los golpes eran constantes. Cortes en manos, caídas, veces que ponían tanto peso que la portería daba la vuelta e incluso una variable aún más extrema con canastas, eran las consecuencias de aquello.

 Con los años, uno reconoce, que, paradójicamente, el riesgo a desnucarte te hace sentirte vivo. 

Yuyu: El paso más

La Santa Inquisición habría aprendido mucho en un recreo. El yuyu era una brusca manera de socializar y, en muchos casos, casi un método de control de natalidad. El juego era coger entre dos grupos, cada unos por una pierna, a alguien que se lo mereciera (porque hubiera hecho algo o por, simplemente, sacar mejores notas) y chocarlo y refregarlo con violencia contra el poste de una portería, mientras se gritaba “¡Yuyu! ¡Yuyu!” 

Cerbatanas: el terror de la epidermis 

Algo se rompió en nuestro corazón cuando nos dimos cuenta de que un perdigón de papel mojado en saliva y disparado por el tubo de un boli Bic no era suficientemente divertido. Alguien, que seguramente hoy esté en la cárcel por cosas horribles, dio con la tecla: cogiendo el taponcito de atrás del Boli, masticándolo un poco y atravesándolo con un alfiler, se conseguía un proyectil perfecto, que cabía en el bolígrafo, pesaba poco para impulsarlo de un soplido y, lo más importante, podía atravesar la piel.  Los indios que perseguían a Indiana Jones no tenían tanta mala leche, ni sufrieron tantos daños.
 
Por todas estas experiencias, cuando estoy nervioso y alguien me dice, "Anda, si esto es un juego” yo suelo ponerme aún más nervioso. Me acuerdo de aquel chiste de “Compadre, que tu niño le ha sacado la lengua al mío”. Y el otro dice “Hombre pero eso son juegos de chavales”. A lo que el primero responde “Ya, pero es que no se le corta la hemorragia”.  

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