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Madrid, novena provincia de Andalucía

Casi cuatro de cada diez adolescentes ha amenazado alguna vez a un compañero

“¿En qué ciudad andaluza se encuentra el museo Pablo Picasso?”. “No sé”, “Ni idea”, “Sevilla”, “Almería”, “Málaga”... “Madrid”.

Recabo estas respuestas en clases de 2º de ESO -14 años- de un instituto de la provincia de Sevilla. Y aunque no es estadísticamente significativo, salta como señal de alarma. Cuanto más, ya que se enmarca en un cuestionario de otras quince preguntas de actualidad/cultura general que en su mayoría queda sin respuesta.

El cuestionario es sólo punto de partida de una actividad más compleja, La prensa en las escuelas, de la Asociación de la Prensa de Sevilla -financiado por la Junta de Andalucía y La Caixa- que pretende promover entre los jóvenes la lectura de prensa y el uso de los medios de comunicación como herramienta para construir una sociedad más informada y crítica.

    Pregunta:¿Cómo se llama la presidenta de la Junta de Andalucía?
    Respuesta:Ni idea”; 
    Pregunta:Indica tus tres medios de comunicación preferidos
    Respuesta:¿Qué es un medio de comunicación?”; 
    Pregunta: “¿Para qué Cataluña quiere celebrar un referéndum?
    Respuesta:¿Qué significa referéndum?”;
    Pregunta:¿Quién fue Nelson Mandela?
    Respuestas: No sé”, “El negro que sale en la tele”, “El primer presidente negro de...  ¡Estados Unidos!


    Junto al grado de ignorancia, llama la atención la falta de comprensión lectora que lleva a muchos a caer en contradicciones cuando se les formula, de forma sucesiva, la misma pregunta con redacciones distintas. Lo que me lleva a pensar que cuando el informe PISA señala que nuestros estudiantes no saben manejar aparatos electrónicos o informáticos, quizá lo que suceda sea que no entiendan qué les están preguntando.

    “Mi problema es que no sé explicar mi respuesta”, me contestó uno de los alumnos (muy listo, muy rápido, muy crítico como demostró en la práctica que hicimos, muy hábil con las nuevas tecnologías como tuve oportunidad de comprobar) cuando me paré a comentar con ellos sus respuestas al cuestionario. Ellos mismos se quedaron asombrados ante el reflejo que les devolvía el espejo y es de justicia destacar que reaccionaron magníficamente ante la crítica y parecieron ser conscientes del problema.

    Los profesores de ese centro y otros con los que he compartido mi estupor ante esta experiencia puntual que ellos viven a diario se declaran poco esperanzados porque, según dicen -y buena parte de los chavales reconocen-, están muy infantilizados y dedican la mayor parte de su atención y energía a las redes sociales, en exclusiva. 

    Entre los tres principales problemas de los adolescentes, alguno de los alumnos indicó “el pavo”. Una manera suave -pero certera- de designarlo. Éste ha sido siempre característica esencial de la adolescencia. Sucede hoy, sin embargo, que se ha convertido en clave de nuestra sociedad, vacua e insustancial. En el mundo adulto -no confundir con “real” porque la vida de estos jóvenes es por supuesto también “realidad”- se aplaude con hipócrita solemnidad el premio Cervantes de Poniatowska, se llora con igualmente protocolario (y estéril) llanto la muerte de García Márquez pero lo cierto es que son pocos los padres de estos chicos que leen en sus casas, ante ellos, libros de estos u otros autores. Incluso pocos los que lo hacen, entre sus profesores -¡huelga hablar de los mandatarios!

    Existe, además, una indudable brecha generacional. En estos días se ha publicado un informe de las tendencias del mercado editorial español que revela que la media de edad de los escritores que logran publicar es de 55 años. Vargas Llosa publicó su primera novela, La ciudad y los perros, con 26 años; el citado García Márquez La hojarasca con 28. Son sólo dos ejemplos de autores hoy incuestionables que empezaron conectando con lectores que eran sus contemporáneos y no sus nietos. 

    ¿La culpa de la ignorancia juvenil es de los estudiantes, de sus padres, de los maestros, de los intelectuales, del mundo editorial, del sistema que -en palabras del lúcido Aaron Sorking en la secuencia inicial de la serie The Newsroom- “no aspira a la inteligencia sino que la desprecia” (07’19’’)? Dejemos la culpa a un lado, por ser el sentimiento irracional con que las religiones nos han domesticado desde tiempo inmemorial. Pero afrontemos, eso sí, la responsabilidad.



    Todos somos responsables, cada uno con su cuota:

      Los chavales -aunque aún chicos y con toda la vida por delante para aprender y mejorar- por dejarse engañar y conformarse con esa pseudo-vida (zumo de naranja de bote vs recién exprimido) en que no tienen ni grupo, ni película, ni cómic -no digamos ya libro- preferido. Todo es “redes sociales” en las que charlan en una conversación infinita de aéreo contenido. Si ellos no asumen su parte, si siguen necesitando que cada explicación esté cuajada de vídeos y power points porque son incapaces de captar un relato concentrados en leerlo o escucharlo, precisando que los dejen salir a cada tanto con el pretexto de ir al baño... jamás se liberarán de su actual pobreza intelectual.

      Sus padres y profesores que no dan un bote en la silla cuando sus hijos y alumnos aseguran que Madrid es ciudad-provincia de Andalucía, y paran máquinas y dejan lo que estén haciendo -tareas domésticas, de ocio, la lección de Matemáticas, Lengua o lo que dicte el horario- para aclarar ese error fundamental. 

      La Administración que mientras se entrega a la retórica de “la calidad de la enseñanza” cambia la ley educativa cada vez que varía el color del Gobierno central, y ahora mismo recorta el presupuesto y por tanto aumenta el número de alumnos por docente, rebaja a éstos los sueldos, los desmoraliza y resta fuerza para su ingente tarea.

      La sociedad/el sistema que hoy día empuja a emigrar a nuestros universitarios más preparados predicando con el ejemplo que el estudio esforzado para lo que vale es para ser mano de obra barata allende nuestras fronteras. 

      Nada es casual. Hay una clase social que lee la crisis en términos de estricta competencia, o sea, que entiende que sus hijos que estaban llamados a ser los altos cuadros hoy están en paro u ocupan empleos precarios y mal pagados porque la educación superior se ha universalizado y eso se arreglará cuando todo vuelva a su orden natural y la casta superior por cuna sea preeminente mientras que la media, media-baja, baja ocupa el lugar subalterno que genéticamente les está predestinado.

      Como hacerse preguntas es sano no sólo para “los otros”, como el espíritu crítico debe empezar por uno mismo, al salir de las clases, dejar atrás el instituto, subir al transporte público que me ha devuelto a la ciudad me he estado preguntando ¿qué cuota de responsabilidad recae en nosotros, los medios de comunicación y los periodistas que en ellos trabajamos? ¿En qué medida nuestro desempeño es responsable de que la pregunta del cuestionario cuya respuesta es siempre correcta sea “¿Cómo se llama el tenista español que ha ganado más torneos?”; si cumplimos nuestro rol social, si somos útiles como instrumento cuando en las informaciones -imprescindibles- sobre los ERES, los Gürtel, las pugnas entre partidos, las corrupciones... escribimos dando tanto por supuesto, con una jerga abstrusa -que más que atraer lectores, los expulsa y no me refiero, obviamente, sólo a los adolescentes- informando u opinando más que para los ciudadanos, a quienes nos debemos, para políticos, jueces, colegas periodistas y jefes... si es que no atendemos sólo a nuestro ego.

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