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El río es de todos y todos tenemos que decidir lo que queremos ser

Cuando observamos el número de las embarcaciones turísticas, por cierto, altamente contaminantes, sin normas que impidan que arrollen a deportistas, nos preguntamos cuáles son las prioridades que, a través de estos hechos, manifiestan los gestores del espacio público

Adelante pide reparar el catamarán de limpieza del Guadalquivir o comprar uno nuevo

El río Guadalquivir

Hace justo un mes que José María de Marco volvió a nacer. Lo hizo tras lograr zafarse de las pedalinas de su embarcación skiff buscando refugio en los bajos de un catamarán turístico para esquivar su hélice, segundos después de ser arrollado por el mismo mientras entrenaba en el río. Remero olímpico español en los Juegos de Barcelona 92 y Atlanta 96, y campeón del mundo en 1983 y 1984, de Marco se valió de sus 56 años de vida y experiencia, así como de su gran pericia, para lograr la proeza. Imagino que en lo primero que pensaría al constatar que logró salvar el pellejo, a pesar de que su embarcación quedara cortada en dos, es que su hija adolescente, que se inicia ahora en el deporte, no hubiera tenido la misma suerte.

Sin ser experta en seguridad vial, se me antoja que son muchas las medidas que se pueden tomar para garantizar el uso plural del río, como se garantiza el del resto de los espacios públicos, incluyendo por supuesto el turístico y deportivo. Semáforos, límites de velocidad controlados por una guardia fluvial, tamaño máximo de embarcaciones o zonas preferentes de uso, entre otras muchas soluciones que seguro que han sido probadas en otras ciudades del mundo y pueden servir como ejemplo.

Posibilidad cierta de perder la vida

Siendo experta en derecho lo que sí me queda claro es que si, en general, los poderes públicos tienen la obligación de velar por nuestra seguridad, esa obligación se ve reforzada cuando la amenaza a la seguridad de la vida se concreta de forma cierta e inminente. La posibilidad cierta de que el remero sevillano perdiera la vida aumenta pues la premura en la toma de medidas para evitar la repetición de los hechos con consecuencias potencialmente letales. Los reclamos en este sentido por parte de los colectivos de deportistas afectados que a los pocos días se concentraban en el río reclamando que “¡el río es de todos!” y el resto de acciones de reivindicación que desde entonces se hayan podido emprender constituyen la advertencia necesaria que agrava esa responsabilidad de las autoridades públicas competentes. De todas y cada una de ellas.

Tratándose del uso de un espacio público no se trata sin embargo únicamente de compatibilizar y optimizar preferencias de uso de una forma segura, sino también de definir desde la política (entendida como el gobierno de la polis) qué queremos ser, qué queremos potenciar, cómo queremos, en definitiva, que nos perciba el mundo. Y en este sentido conviene recordar que el remo es un deporte que ha puesto a Sevilla en el mundo: a lo largo de la historia, los remeros sevillanos han participado en nada menos que 27 juegos olímpicos y son 74 las medallas de campeonatos del mundo que han cosechado, 21 de oro. Por supuesto también el turismo pone a Sevilla en el mundo. Pero cuando observamos el número y tamaño de las embarcaciones turísticas, por cierto, altamente contaminantes, que circulan, a menudo vacías, sin normas que impidan que arrollen a deportistas que, por la naturaleza misma del deporte, avanzan de espaldas, y que, por definición, siempre están en inferioridad de condiciones, nos preguntamos cuáles son las prioridades que, a través de estos hechos, manifiestan los gestores del espacio público.

Entristece, en concreto, saber que deportistas de élite de todo el mundo como  los noruegos, alemanes o suecos que en el pasado venían a concentrarse a nuestra ciudad por la bondad de su clima y las condiciones de nuestro Guadalquivir hayan dejado mayoritariamente de hacerlo y opten hoy por destinos como Galicia o Portugal que garantizan mejor las condiciones de seguridad y uso, aunque tengan peor clima.

 

En el caso de José María de Marco el patrón de barco que casi le quitó la vida no frenó los motores y ni siquiera detuvo su curso cuando observó el accidente. Siguió de largo infringiendo su deber de asistencia y tendrá que depurar antes la justicia su responsabilidad legal por la omisión. Los poderes públicos no pueden seguir pasando de largo. La diligencia debida a la que están obligados les conmina a tomar con carácter urgente medidas para responder a su responsabilidad, ahora agravada, de garantizar la seguridad de los deportistas. Y al resto de la ciudadanía, al conjunto de los sevillanos, nos toca preguntarnos qué somos, qué queremos ser y por qué queremos que se nos conozca en el resto del mundo.

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