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En tu clase o en la mía

Superantonio, el niño de San Fernando con parálisis cerebral cuya historia de superación, integración y amistad nos ha conmovido a todos

Superantonio, el niño de San Fernando con parálisis cerebral cuya historia de superación, integración y amistad nos ha conmovido a todos

"Quien quiera ir a un colegio segregado, que se lo pague". Lo ha dicho la consejera de Presidencia de la Junta para justificar la retirada de subvenciones a los centros que separan a niños y niñas. Diez de los doce colegios afectados en Andalucía han recurrido la decisión ante el TSJA, mientras los dos restantes han aceptado comenzar a prestar educación mixta a partir del próximo curso. El ministro Wert, mientras tanto, anuncia ya una reforma legal para amparar este controvertido modelo educativo. Lo cierto es que el Tribunal Supremo ha avalado la decisión de retirar las ayudas, aunque con argumentos que pueden parecer contradictorios, porque al mismo tiempo no considera ilegal en sí misma la separación por sexos. Pero, si el Gobierno andaluz está convencido de que se trata de un modelo educativo perjudicial y discriminatorio,¿por qué reducir el debate a una cuestión económica? ¿No deberíamos discutir si vulnera la Constitución, como apuntan ya algunos expertos en la materia? ¿Qué pasaría si un colegio privado decidiera aceptar sólo a niños sin discapacidad? ¿O a niños españoles? ¿O a niños musulmanes? ¿O a niños de determinada raza? ¿También quedaría todo resuelto con un "que se lo paguen"?

¡Hombre, es que no es lo mismo!, replican muchos, incluso algunos que son contrarios a la educación segregada. Separar a niños por raza o religión sería una barbaridad, el apartheid, pero por sexo… no es tan grave. Y tal vez no lo sea. Tal vez estemos exagerando un poco. ¿Pero es la discriminación una cuestión de grado? El Supremo se ha basado en su sentencia en la Ley de Educación, que establece que "las administraciones públicas regularán la admisión de alumnos en centros públicos, privados y concertados de tal forma que se garantice el derecho a la educación, el acceso en condiciones de igualdad y la libertad de elección de padres y tutores". Y que "en ningún caso habrá discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social".

Pero no hay discriminación, argumentan los defensores de la llamada "educación diferenciada", porque tanto niños como niñas tienen garantizada una educación de calidad. "Separados pero iguales en la escuela", titula una de sus entradas el blog www.educacióndiferenciada.org. Imagino que quien escribió ese post no sabía que ése era, exactamente, el lema de las llamadas leyes de Jim Crow, por las que EEUU aplicó la segregación racial en los espacios públicos entre 1876 y 1965."Separate but equal", rezaba esta doctrina, que fue abolida por la Corte Suprema a instancias de un valiente padre de raza negra que se enfrentó al colegio de Kansas que se negaba a escolarizar a su hija.

No digo, que quede claro, que los centros escolares y los padres que defienden lo que llaman "educación diferenciada" sean equiparables a los racistas americanos de los 60. Ni mucho menos. Posiblemente, para muchos, separar a niños y niñas tenga más que ver con la tradición o con la evocación de un rancio elitismo que con la discriminación por sexo. Pero no deja de llamar la atención la semejanza de alguno de sus argumentos. El más importante: que niños y niñas deben estudiar por separado porque su ritmo de maduración y aprendizaje es diferente y de esa forma obtienen mejores resultados académicos. Pero, ¿es que no hay diferencias de aprendizaje entre niños del mismo sexo? ¿Entre el estudiante que dispone de libros, o de un ordenador en su casa, y otro que no tiene ese material a su alcance? ¿Entre la niña que recibe ayuda para hacer los deberes de unos padres con estudios y otra que sólo cuenta con su propio esfuerzo y talento? ¿O quien tiene una lengua materna diferente? Bajo el prisma de la educación diferenciada, ¿habría que apartar de sus compañeros a Superantonio, el niño de San Fernando con parálisis cerebral cuya historia de superación, integración y amistad nos ha conmovido a todos?

Separados somos cualquier cosa menos iguales. Si la escuela nos prepara para la vida, no tiene ningún sentido que, durante años, nos la oculte. Fuera y dentro de las aulas, los niños deben aprender a compartir, a aceptar al otro, a convivir como iguales sabiendo, precisamente, que todos somos diferentes. Recuerdo que, durante los dos años en los que estudié en un colegio de niñas, allá por los primeros 80 en el Polígono de San Pablo de Sevilla, cuando nos portábamos mal nuestras profesoras nos amenazaban con llevarnos ante la directora. Pero si nos portábamos realmente mal, entonces la culpable iría a dar clase "al colegio de los niños", situado en un edificio anexo separado por una alta tapia. ¿Tiene algún sentido que una niña de siete años tenga miedo a sentarse en un aula con otros niños de su edad? ¿Algún beneficio educativo?

Opino que no, y que los supuestos resultados académicos superiores que se logran con la educación diferenciada -muy discutibles, por otra parte- no merecen demasiado la pena si no ponemos por encima de todo la formación de futuros ciudadanos que sepan relacionarse con naturalidad y respeto con los que son distintos a ellos. Un trabajo que hay que hacer sobre todo cuando son pequeños, ya que la equidad hay que construirla desde la base, como señalan expertos como el catedrático José García Montalvo. Porque no se trata de estar separados, pero iguales, tú en tu clase y yo en la mía. Es justo al contrario: juntos y diferentes.


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