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Lo que cabe en un cupo

Urkullu y Rajoy coincidirán en el arranque del Centro de Víctimas de Vitoria

Urkullu y Rajoy EFE

Amaina la tormenta catalana y ya nos agitan otra bandera para que volvamos a entrar al trapo y nos mantengamos distraídos. Esta vez le toca al cupo vasco, aunque bien podría ser cualquier otra cosa, que somos muy agradecidos para entretenernos nosotros solos mientras nos vuelven a dar el timo de la estampita.

Por resumir, el cupo es lo que tiene que pagar Euskadi al Estado por los servicios no transferidos y que, tras el acuerdo alcanzado por el PP y el PNV, ha quedado establecido en 1.300 millones de euros anuales hasta el 2021, con una rebaja de 400 millones con respecto al anterior cálculo, que no se renovaba desde hace más de 10 años. Un dinerito con el que Rajoy, tan partidario él de la unidad de España, se ha comprado el voto del PNV para aprobar los Presupuestos del año que viene y siguientes, y que a los vascos les beneficia muy mucho ya que el Gobierno autónomo les bajará algunos impuestos.

Al decir de muchos, un privilegio, que no es nuevo ya que data del final de las guerras carlistas, allá por 1878, que ya ha llovido desde entonces, sobre todo en Bilbao. Y efectivamente, es una ventaja eso de administrar los dineros propios, que te hace ser muy cuidadoso y buscar la mayor eficacia del sistema recaudatorio, del que puedo asegurar que es muy difícil escaquearse.

Pero si algún año les cunde el ejemplo de nuestros señoritos olivareros, patriotas de bandera en balcón y cuenta poco corriente en Panamá, y los ingresos bajan, la Hacienda vasca tendría que seguir pagando lo mismo al Estado. Un sistema muy beneficioso, pero un tanto arriesgado. Tanto, que los nacionalistas catalanes ni se lo plantearon cuando pudieron.

Llevan parte de razón los que dicen que el Concierto beneficia a los vascos, aunque en su descargo hay que decir que es a todos los ciudadanos, al contrario que en esta Andalucía nuestra, en la que el sistema que había hasta hace 30 años sólo engordaba a los citados señoritos, que por cierto, ya venían gordos de serie.

Dos bocatas de calamares

Cierto que el ‘cuponazo’ bien podría repartirse entre todos los españoles, a los que nos tocarían dos bocatas de calamares por año, poca cosa para quitar nuestra hambre ancestral. Así que la solución del problema no es suprimir los cupos vasco y navarro, sino, por ejemplo, extender el sistema a todas las comunidades, o en su defecto, buscar un nuevo pacto de financiación autonómica que satisfaga los derechos de todos los españoles.

Y aquí es donde entra en juego la poca disposición del PP en acordar un nuevo reparto y la aún menor gana de meter en cintura a todos los patriotas defraudadores, empezando por el propio partido, que paga menos impuestos que los gatos de porcelana.

Es cierto que todos los españoles debemos ser iguales, pero mejor que quitar derechos a los vascos, deberíamos empeñarnos en igualarnos a ellos, pero por arriba. Por ejemplo, exigiendo al Gobierno del PP que deje de malmeter en todo lo que aprueba la Junta de Andalucía, como la subasta de medicamentos, que nos ahorra un buen pico cada año. También debería retractarse de la supresión de la ‘autopista eléctrica’, tan necesaria para las energías renovables, y empeñarse un poco más en el corredor mediterráneo, el tren de alta velocidad que unirá Algeciras con Europa, cuyo tramo andaluz ni siquiera ha empezado, cuando el catalán está a punto de inaugurarse.

Lo malo de todo ello es que la actuación del Gobierno popular es aplaudida hasta con las orejas por sus conmilitones locales, encabezados por Moreno Bonilla, que se opone a todo lo que dice la Junta, aún antes de que lo diga. Debería tomar ejemplo de los populares vascos, que para lo del cupo y la posterior bajada de impuestos no han tenido reparo en apoyar al Gobierno autonómico, aunque esté comido de nacionalistas y socialistas. Lo único que nos une a vascos y andaluces es la nunca bien ponderada actuación de nuestros pepitos grillos particulares, los chicos y chicas de Podemos, que tanto aquí como allí continúan con su ya tradicional política de perseguir unicornios rosas allá donde acaba el arcoíris.

Así, sin que siente precedente, me parece muy bien la postura de la jefa, Susana Díaz, que además de criticar lo justo el cupo vasco, se ha empeñado en pactar cuanto antes un nuevo sistema, en el que sólo debe haber una condición irrenunciable: todos los españoles tenemos los mismos derechos. Aunque conociendo al PP, soy pesimista y me malicio que al final los andaluces vamos a acabar otra vez tomando por el cupo. Y sin bocatas de calamares, que se los comerán en Madrid.

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