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Sin jetas no hay paraísos

Vista general de la cede de la firma de abogados Mossack Fonseca, en la ciudad de Panamá

Javier Aroca

Esta vez sí, los dirigentes de los países más poderosos de la tierra dicen que van a acabar con los paraísos fiscales. Pero no porque sus aparatos fiscales, sus potentes open data, hayan detectado nada, no porque no supieran de la existencia de estos lugares paradisiacos fiscal y no fiscalmente hablando, sino porque un grupo de esforzados periodistas ha destapado el pastel de Panamá, con el sastre incluido.

Lejos queda aquel intento en el G20, y sus secuelas, cuando un Sarkozy en su apogeo se propuso refundar el capitalismo y para ello poner fin a la existencia de estas jurisdicciones fiscales de la insolidaridad y el escapismo. No era creíble entonces, como ahora tampoco. Según la lista de la OCDE, la mayoría de los paraísos fiscales son de jurisdicción de alguno de los estados miembros del mismísimo G20. Entonces, ¿por qué no acaban? Un ejemplo: de pronto, los contribuyentes y hasta algunos destacados hacendistas, políticos o académicos, han descubierto que hay unas islas en el Caribe, a barlovento, llamadas Vírgenes. Un archipiélago dividido en tres territorios o grupos de islas: las británicas, las americanas y las llamadas españolas. El jefe de estado de las primeras es Isabel II, más graciosa aquí que nunca; el de las segundas, Obama, y el de las terceras, pertenecientes a Puerto Rico, el mismo. Entonces, ¿de qué nos están hablando?

Pero no crean que ni Panamá ni las Islas Vírgenes, son los más importantes. Cuando nos dicen ahora que Estados Unidos y la UE, juntos de la mano, se declaran firmes y decididos a acabar con esta lacra, Obama se olvida del estado de Delaware, cobijo, por cierto, de grandes afortunados españoles. Dice que se lo va a pensar, no ve, al parecer, a ese estado refugio muy cerquita del Capitolio, en la capital federal de Estados Unidos, adonde desde sus despachos, legisladores y ejecutivos, en un ratito se pueden desplazar a tomar una cervecita. Muy cerca también de la Reserva Federal y no muy lejos de Fort Knox. Y qué decir de la UE, sin lista de paraísos. No puede dar mucho ejemplo. La existencia de la City, amparada y hasta reforzada últimamente por la germanizada UE, da cobertura a territorios como la Isla de Man, las islas del Canal, Gibraltar, sin olvidar Luxemburgo, cuyo primer ministro, Juncker, hoy presidente de la Comisión, participó en los acuerdos de su Gran Ducado, con multinacionales europeas para deslocalizar sus obligaciones fiscales.

El caso de Panamá centra el debate. Es curioso porque en su nacimiento como tal refugio, allá por los veinte del siglo pasado, fue vital el diseño y la colaboración de las autoridades o intereses norteamericanos. Fue su propio gobierno el que urdió la telaraña jurídica para que las actividades offshore panameñas adquirieran apariencia de legalidad. Llegado el tiempo, serían mejoradas por la presencia del dictador Noriega y el lavado del narco dólar. Luego sus mentores se cansaron y cayó en desgracia, para acabar militarmente, pero no el paraíso.

Sorprendentemente, los ministros españoles, con Montoro a la cabeza, dicen que la información con Panamá debe mejorar. Los mismos que, según la legislación española, son responsables de que esto sea así: las condiciones para que Panamá saliera de la lista española de paraísos así lo exigía, pero el gobierno español dice ahora, años después, que no se cumple ¿podrían explicarnos por qué? Los geopolíticos explican que se hace la vista gorda por los intereses españoles en el canal. Idéntica explicación para la condescendencia con el tiránico régimen saudí: allí construimos el AVE.

La lista española es todo un repertorio de jetas fiscales, no menos que la de los demás países, pero duele más, y esto es solo un paraíso. La jeta de los dolientes políticos mundiales no es menor. Cameron, refugiado fiscal, lo explicará, dice, mientras sigue de mandado de la City, la que pone una y otra vez en peligro el sueño de la construcción política de Europa. Jetas en el diseño de estos refugios, jetas en sus clientelas, en los que los toleran, y es que sin estos jetas no hay paraísos.

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