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El vergel de Andalucía

Seguro que el PSOE podría haber hecho mucho más y de otra manera. Sin duda. Y tienen razón quienes se rebelan por las oportunidades perdidas, pero es un relato falso que cercenara ningún paraíso o que sea el culpable del retraso histórico de esta tierra

Libros de Antonio Burgos y Alfonso Carlos Comín

Libros de Antonio Burgos y Alfonso Carlos Comín

Si hacemos caso a lo que se decía y clamaba antes del cambio de Gobierno autonómico, cuyo aniversario acabamos de atravesar, hasta los años ochenta Andalucía era un espléndido vergel rebosante de prosperidad. Según esta fábula, que acabaron por adoptar con matices todos los partidos entonces en la oposición, la vida bullía maravillosa en este pensil bendecido por el cielo, pero las sucesivas victorias del PSOE en las urnas durante 36 años fueron marchitándolo y dejándolo transfigurado en un páramo infecundo e irreconocible. Naturalmente, la ensoñación atribuía los males estructurales acumulados en décadas (el desempleo o la falta de industrias)  al poder regional en exclusiva, tal si se tratara de un territorio soberano que decidiera en soledad y con sus propios medios su destino y no dependiera de nada ni nadie. Y, como corresponde a este tipo de historietas, los libertadores lograrían con arrojo recuperar las glorias pasadas y el lustre perdido. Fin.

No es ninguna novedad que los gobiernos que durante la campaña electoral aseguraron mutaciones milagrosas se desdigan al chocar con la realidad de la carencia de recursos y la complejidad administrativa. Existe incluso cierta tolerancia condescendiente del ciudadano ante la euforia de los candidatos al autoadjudicarse proverbiales dotes de gestión. A Mariano Rajoy le suele dar la risa cuando experimenta ataques de sinceridad y reconoce sin tapujos que incumplió sus promesas unos días después de cruzar la puerta de la Moncloa. Le pasó no hace mucho frente a Felipe González, quien también se desternilla, y se justificó con la cita famosa de Winston Churchill: "La mejor dieta para un político es comerse sus propias palabras". Sin ir más lejos, Moreno Bonilla tuvo que merendarse prácticamente a pie de urna los 600.000 empleos que dijo que iba a crear, la bajada masiva de impuestos o el despido fulminante de los millares de supuestos enchufados de la Junta. 

Posteriormente se ha tenido que zampar las anunciadas mejoras de la sanidad y la educación y otros muchos compromisos que salieron a relucir en su primer examen anual en el Parlamento como presidente. No había tanto margen de transformación, está claro. Hasta ahí todo normal: sus predecesores también se vieron en el trance de excusarse y pedir más tiempo. Pero con una diferencia, ellos no tuvieron que bregar con ese cuento inventado de jardín del Edén que, según el relato con el que ha martilleado el PP, era Andalucía antes de que la estropearan los 40 años de socialismo. Un marco fácilmente desmontable que, sin embargo, la simplificación de los mensajes y la insistencia repetitiva han logrado asentar no solo en los discursos, sino incluso en construcciones literarias bien armadas. Ya en los setenta, un joven Antonio Burgos retrató con crudeza la realidad de esta tierra con un libro valiente Andalucía ¿tercer mundo? (Plaza y Janés) y, con anterioridad, lo hizo Alfonso Carlos Comín en Noticia de Andalucía (Cuadernos para el diálogo).

El mismo Manuel Clavero, a punto del ascendimiento al santoral del 28F, se ha referido en múltiples ocasiones al retraso brutal con el que Andalucía encaró la democracia, fruto de siglos de olvido en las inversiones, y fuera de los proteccionismos disfrutados por otros territorios que resultaron clave para el desarrollo industrial. Cuando llegó la autonomía, Andalucía no era un vergel sino una tierra subdesarrollada con un sector agrario arcaico que ahora es puntero y bate récords de exportaciones; que ha saltado de una tasa de analfabetismo del 15% a otra en la que el 74% de la población cuenta con estudios superiores; de no tener apenas comunicaciones y verse como una mancha blanca en el mapa de carreteras de España a liderar el número de kilómetros de autovía. Que ha aumentado su PIB per cápita la friolera de un 125%.

No, no hay ningún pasado idílico reciente que rescatar orgullosamente, a menos que retrocedamos a Tartessos, Al-Ándalus o el Siglo de Oro, a los que se supone que se refiere Blas Infante cuando dice en el himno que los andaluces volvamos a ser lo que fuimos. Desde luego, a 1980 no, ni 1970, 1960, ni tampoco a 1930, que era su convulsa y trágica época. Seguramente el PSOE podría haber hecho más y de otra manera. Sin duda. Y tienen razón quienes se rebelan por las oportunidades perdidas. Pero es mentira que cercenara el paraíso y fuera el culpable del retraso histórico. No es suficiente con señalar los errores y captar el malestar, hacen falta soluciones. Y dejar de lado tanto falso ensueño.

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