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Totalitarismo tecnológico

La digitalidad es transversal y totalista, un espacio, entonces, inequívocamente totalitario

Teléfono móvil.

Teléfono móvil.

Constituye una creencia generalizada que la tecnología no es buena ni mala en sí misma, sino que depende del uso que hagamos de ella.

Ahora bien, las tecnologías digitales de comunicación pudieran ser una excepción. A través de ella nos inyectan modelos de relación social basados en un imaginario capitalista e individualista extremo. No poseemos un dispositivo, su lógica nos posee y arrasa la lógica de cualquier identidad.

En una ocasión, unos chavales mayas, en plena selva yucateca, y a semejanza de los adolescentes españoles, argentinos o japoneses, miraban absortos sus smartphones sin mediar palabra entre ellos, en tanto una anciana de la comunidad comentaba: "Están perdidos en sus caminos".

Protocolos globales de comunicación

Resulta asombroso cómo un simple algoritmo industrializado se instala con rapidez y naturalidad en la intimidad de multitud de culturas complejas y distintas, diluyendo silenciosamente sus valores y costumbres milenarias en protocolos globales de comunicación, nunca inofensivos. ¿Acaso los simpáticos emoticonos occidentales no instauran un colonialismo emocional desconocido hasta ahora? Amables smileys u ofensivas "peinetas" son reproducidos digitalmente en culturas en las que tan solo hace diez años significaban otra cosa o no significaban nada.

Por otra parte, la propia lógica digital nos obliga a la actualización permanente, nos vigila, fideliza con puntos o amenazas de desconexión, nos tutela constantemente, inmiscuyéndose en todas las facetas y rincones de nuestra existencia, devorando o haciendo desdeñable cualquier otra tecnología previa o competidora (cine super 8, fotos o vídeos analógicos, "pesados" libros de celulosa...). No se conforma con optimizar un solo sector de la vida cotidiana (como hacen lavadoras, coches, neveras o incluso televisores). La digitalidad es transversal y totalista, un espacio, entonces, inequívocamente totalitario, hasta el punto de que ya buena parte de la humanidad se relaciona en un bios digital, vivimos una vida a través de dispositivos digitales.

Por eso debemos desmitificar sus bondades y no imaginar esta tecnología únicamente como un instrumento revolucionario, según se empeñan en presentarla gobiernos, instituciones educativas, empresas y campañas publicitarias, tergiversando el sentido histórico de la expresión. Las revoluciones siempre surgieron para cambiar lo establecido. Las tecnologías digitales no son revolucionarias cuando contribuyen a consolidarlo, como sucede tantas veces. No es de extrañar que gobiernos dictatoriales o democracias representativas colaboren con la ofensiva digital inaugurada por el neocapitalismo para implantar un único modo de comunicación global sujeto a los intereses de las empresas de telecomunicación y al control político.

¿Empacho de comunicación?

Las personas tienen que comunicarse, una necesidad vital que se articula con la de sobrevivir y alimentarse, pero no necesitan sobrealimentarse, como tampoco hipercomunicarse. Conocemos los efectos que la sobrealimentación a base de grasas saturadas y azúcares causa en la población, singularmente en los menores, pero aún desconocemos completamente los efectos dañinos que la sobrecomunicación provocará en los modos de ser, de pensar y de relacionarnos con el mundo. Como las personas hablan, el capitalista insomne ha visto en esta peculiaridad un objeto de consumo masivo, rentable y controlable a través de tecnologías que promueven un mercado global de la conversación abierto 24h.

La "alfabetización digital" no se cuestiona prácticamente desde ningún sector; se propicia y prestigia el nativo digital, un individualista en ocasiones semianalfabeto y dependiente de su hipnotizador digital, a menudo indiferente respecto a la diversidad que agoniza a su alrededor por efecto de la homologación tecnológica.

La práctica ausencia de crítica tecnológica hace que diseñadores y fabricantes proyecten máquinas y aplicaciones cada vez más totalizadoras y adictivas que impregnan el mundo laboral, educativo, político, comunicativo y, también, el de las culturas, imaginarios y creencias.

Mediante amables consignas y dulces horizontes, los ciudadanos se tornan defensores y promotores de un imperio digital que no necesita soldados porque ellos mismos son su ejército. La población civil compra las armas (dispositivos digitales, apps, gadgets) y se presta voluntaria a difundir las glorias del imperio entre los analfabetos digitales, supuestamente los nuevos excluidos y parias de la sociedad avanzada, invitándolos a salir de su ignorancia.

Hoy se cierne sobre el planeta el mayor desmantelamiento planificado de tradiciones e identidades culturales que haya conocido la Historia. Se conculca el derecho a la autoevolución, a la autonarración personal y comunitaria. Nos hallamos ante una forma de totalitarismo sin precedentes, falsamente neutral, similar y asociado al que promueve la burocracia.

Tenemos razones de más para practicar la "descortesía" de la desconexión literal y autoinvitarnos, así, al placer de la verdadera diferencia.

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