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El efecto Despeñaperros

"Cuando Andalucía es España, se queda sin una voz propia en Madrid, se queda en patio trasero, segundo plato, playa y reserva cultural y folklórica del país. Con González, con Aznar, con Zapatero y con Rajoy"

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Pedro Sánchez da por superadas las "discrepancias" con Susana Díaz: "Todos remamos en la misma dirección"

El 12 de enero de 2018 se estrenó una de las mayores superproducciones de la industria audiovisual española: La Peste, un thriller ambientado en los bajos fondos de la Sevilla del Siglo de Oro. A los pocos días, las redes y los suplementos culturales de todos los periódicos ardían en una intensa polémica: ¿por qué no se entienden los diálogos? Su director, el sevillano Alberto Rodríguez, había cometido una herejía más grave que las perseguidas en su narración: había dejado a sus personajes hablar en andaluz. Los mismos espectadores que crecieron viendo a la Juani, el Pozi o los cuñaos, que se rieron con Ocho apellidos vascos y ven cada semana Allí abajo se quedaron atónitos al escuchar en andaluz una historia que poco tenía que ver con el humor y el folklore. ¿Se puede contar en andaluz una disputa teológica, una novela histórica, una trama de detectives, una historia de poder y desigualdad?

Despeñaperros es un desfiladero atravesado por la A4, la principal autovía que conecta Madrid y Andalucía, una puerta abierta en la frontera natural e histórica que supone Sierra Morena. Es un tobogán por el que caen las modas, las banderas, los productos audiovisuales y los proyectos políticos; pero es un ocho mil a escalar cuando se trata de hacer comprender en Madrid lo que sentimos, padecemos, proponemos y deseamos como andaluzas y andaluces.

El autonomismo andaluz, que fue la lucha de nuestros mayores durante la Transición para conseguir las condiciones políticas y constitucionales que permitiesen la superación de la brecha social y económica que nos separa del resto de España, fracasó. Y fracasó a pesar de todas las mejoras de los últimos 40 años, porque nacer en Andalucía sigue suponiendo vivir menos años, ganar menos salario y pensión o sufrir un riesgo mayor de caer en la pobreza y la exclusión. Sabemos que estas diferencias son fruto de un lastre histórico, agravado por una suerte de colonialismo interno, que no se resuelve en 40 años.

Pero también sabemos que el patrón de desigualdad puede disminuir o reproducirse en función de cómo actúen las élites políticas del territorio. González, Guerra y los suyos, una vez en Madrid y superados los ocho mil de Despeñaperros, mostraron Andalucía como tierra de conquista. Algo similar a lo que ha ocurrido con Montero, la consejera andaluza de la financiación, se ha convertido en la ministra de los acuerdos bilaterales, lo peor para Andalucía. Es el devastador efecto Despeñaperros.

Susana Díaz también lo sufrió. La vimos acechando a Pedro Sánchez desde los jardines de San Telmo, sin más iniciativa política para Andalucía que ser Secretaria General del PSOE en España. Ella lo resume en una frase: “Lo que es bueno para España, es bueno para Andalucía y lo que es bueno para Andalucía es bueno para España”. Pero se olvida de un detalle: España es Andalucía, pero Andalucía no es España. Cuando Andalucía se transfigura en España se queda en un barrio “gracioso” del Sur de Madrid. Una “región” y no una nacionalidad histórica. Cuando Andalucía es España, se queda sin una voz propia en Madrid, se queda en patio trasero, segundo plato, playa y reserva cultural y folklórica del país. Con González, con Aznar, con Zapatero y con Rajoy.

Conocemos de sobra el virus del centralismo; ahora de lo que se trata es de obtener la vacuna. Quienes construimos Podemos Andalucía desde sus inicios nos hemos dejado la piel por el cambio, por poner fin a la austeridad que se ha sufrido en Andalucía como en ninguna otra parte. Hemos hecho por echar a Rajoy mucho más de lo que pueda decir Susana Díaz, por mucho que ahora quiera aparecer como la mejor amiga del presidente Sánchez. Y vamos a seguir haciéndolo. Queremos renovar y ampliar los ayuntamientos del cambio, queremos llegar al gobierno autonómico para empezar a reconstruir unas políticas sociales castigadas durante años, queremos llevar a Podemos a la Moncloa en 2020. Pero esta vez vacunados contra el centralismo, garantizando que Andalucía tenga una voz propia en Podemos y en España.

El debate suscitado a raíz del proyecto Adelante Andalucía que encabezan Teresa Rodríguez y Antonio Maíllo se interpreta como un episodio más de la interna podemita. Tal vez deberían haber brindado con una Cruzcampo y una Alhambra y haberse abrazado en la Plaza de España. ¿Por qué se entiende tan mal que queramos decidir sobre nuestro futuro político en Andalucía y no así en Galicia, País Vasco o Cataluña? Nos sorprende la incomprensión ajena cuando tenemos que disputar el gobierno Andaluz a Susana Díaz. Y no lo vamos a lograr con un cocido madrileño, sino con un gazpacho andaluz, un remojón “granaíno” y un salmorejo cordobés. 

Es posible que no estemos de acuerdo en todo con Teresa Rodríguez. Es posible que hayamos tenido divergencias en el pasado. Pero nadie puede negarle dos cosas: la primera, que cuando le tocan Andalucía tiene la valentía y el coraje de hablar claro a quien sea preciso, ya sea a Susana Díaz o a nuestra ejecutiva estatal. Y la segunda, que a la hora de construir la alternativa de gobierno para Andalucía no ha escatimado la ayuda de nadie que haya demostrado ganas de aportar. Aunque algunas, como yo, fuéramos muy críticas con ella en el pasado. Valentía y respeto a las diferencias son para mí las virtudes más necesarias en el liderazgo.

El actual proceso de primarias en Podemos Andalucía parece un conflicto interno más en las agitadas aguas moradas, otra lucha de poder entre familias, pero es mucho más que eso. Las primarias de Podemos Andalucía quieren romper con una historia de dependencia y colonialidad, para recuperar la voz perdida y la esperanza en un futuro mejor. Los mismos principios que inspiraron hace ahora 100 años a la Asamblea de Ronda en la que el movimiento andalucista estableció nuestra bandera y nuestro hermoso himno. En Madrid parece que no lo entienden. Será el efecto Despañaperros, será que no entienden el andaluz, pero estamos hablando alto y claro y esta vez no es para hacer ningún chiste.

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