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Las nuevas reglas del juego

Simplificar para llegar a la esencia se torna imprescindible para retomar la senda del crecimiento humano, social y económico que nuestra tierra y sus gentes merecen

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La crisis económica que asoló el país de mediados de 2007 a 2014 puso en evidencia nuestro sistema relacional. Todo lo que nos habían vendido resultó ser un gran escenario de cartón piedra que asoló un incendio de la noche a la mañana. El pánico, el miedo a lo desconocido y la incertidumbre que, de repente, se instaló en la psique del ciudadano ha provocado la lógica reacción de desconfianza, desconfianza hacía todo aquel que le vendió algo que a la postre sintió como un fraude.

Han pasado once años y han surgido a nivel nacional nuevos partidos políticos, plataformas ciudadanas, movimientos independentistas y centralistas, síntoma inequívoco de que la ciudadanía despavorida ha huido de lo que hasta ahora le daba seguridad hacia grupos en los que, aunque más reducidos, perciben más afecto y comprensión. Y no estábamos preparados para tanta desfragmentación. El nuevo panorama político, y por ende social que lo ha provocado, es algo nuevo tanto para la ciudadanía como para las fuerzas políticas, empresarios y sindicatos.

Y eso se nota en la calle, se palpa en el ambiente sensaciones nuevas: unos que parecen liberarse y mostrase en todo su esplendor, otros que aun noqueados no tienen claro el papel que deben jugar, otros pocos con ansia de revancha, más de uno pensando en su futuro incierto y otros tantos con el convencimiento de que hay que defender lo poco o mucho conseguido. Y desconfianza, sobre todo se palpa desconfianza. Y entonces nos encontramos en la mesa con un puzle que antes era de ocho piezas, en el que los encajes tenían cuatro o cinco posturas y avanzábamos a otro que ahora tiene quinientas,  multiplicando exponencialmente la dificultad.

En un ejercicio de responsabilidad hacía aquellos que todo lo merecen, los hombres y mujeres que a diario se levantan para ir a trabajar, todos los que igualmente se levantan a encontrar un empleo digno y aquellos otros que pretenden vivir honrosamente su jubilación con el mismo nivel con el que contribuyeron durante su vida a la construcción del sistema de bienestar en el que creyeron, debemos sentarnos en serio y buscar puntos de encuentro. Porque los ciudadanos debemos reconocernos. Un comienzo sería poner de un lado los que ejercen la caridad o pretenden ejercerla y de otro los que creen en la solidaridad y aspiran a ella.

Tradicionalmente en el primer bloque encontraríamos a la derecha clásica, la democracia cristiana y la extrema derecha, y en el segundo a la izquierda tradicional: la socialdemocracia, el comunismo y la extrema izquierda. Entre ambos la política sin alma, el liberalismo, la nueva burguesía que seduce por momentos tanto a un bloque como a otro y los sindicatos que transversalmente hacen o deben hacer de contrapeso para que la solidaridad llegue a toda la clase obrera por igual.

Simplificar para llegar a la esencia se torna imprescindible para retomar la senda del crecimiento humano, social y económico que nuestra tierra y sus gentes merecen. Por ello no es descabellado pensar en un nuevo sistema electoral basado en una segunda vuelta, en donde, primeramente los ciudadanos y ciudadanas muestren sus preferencias y afinidades ideológicas con un candidato en cuestión, sin ceñirse a ningún tipo de encorsetamiento, para en una segunda fase si su candidato no obtiene el 50% de los sufragios que le daría presidencia, en un acto de generosidad y responsabilidad civil, se adhiriera al candidato más afín de los que pasaran a una segunda vuelta.

En ese tránsito de la primera y la segunda vuelta es donde se realizaría la verdadera política, donde las fuerzas políticas de ambos bloques deberían ponerse de acuerdo para aglutinar en un solo candidato sus anhelos y los de sus afines votantes, dando a los electores y electoras, tras dichas alianzas, dos opciones claras por las cuales decantarse.

El siguiente paso debe ser inevitablemente el diálogo social, es decir, la comunicación y negociación de manera horizontal entre el tripartito recogido en la Constitución Española, los partidos políticos (Art. 6 de la Constitución), llamados a gobernar, y por tanto gobierno, y los sindicatos de trabajadores más representativos y asociaciones profesionales (Art. 7). Solo a través de una sociedad organizada y preparada se puede avanzar en acuerdos que beneficien a todo el conjunto de la sociedad, por tanto la concertación es y debe ser para todo gobierno de uno u otro signo la piedra angular sobre la que basculen sus políticas.

Solo con la clarificación de programas, el reconocimiento en partidos y líderes y el merecido, por ley, empoderamiento de los agentes económicos y sociales, harán que la sociedad se vuelva a sentir partícipe de este juego que un día decidimos construir entre todos y que nos ha dado buenos resultados en los últimos decenios, pero que después de manosear tanto las reglas, algunas ya no se entienden.

Ante este nuevo contexto político,  las nuevas reglas del juego democrático deben ser: un sistema electoral basado en segunda vuelta, respeto a las mayorías, con la inclusión de las minorías, dialogo social, seriedad, responsabilidad y respeto. Es lo mínimo que la ciudadanía se merece.

Raúl García Romo es secretario de Política Institucional de UGT Andalucía

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