De un pozo en Benín a nueve proyectos vitales: la fundación granadina que está dando esperanza a África

Álvaro López

17 de agosto de 2025 20:16 h

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Una simple diarrea lo mató. Ese niño tan solo tenía 9 años, pero la falta de agua le llevó a una deshidratación que acabó con su vida. Aquello sucedió hace una década en Perú. Un acontecimiento devastador que removió por dentro a Belén Fernández, que entonces estaba haciendo un voluntariado en este país americano, mientras finalizaba sus estudios como ingeniera de Caminos. Al volver a Granada, su casa, supo que tenía que hacer algo por todos aquellos que, como ese niño, no tienen las oportunidades que cualquiera atesora en un país desarrollado. Con el impulso de la solidaridad y la casualidad nació Proyecto Esperanza, una ambiciosa iniciativa humanitaria que ha sido galardonada con el premio Rafael Izquierdo a la Solidaridad de la Fundación Caminos.

Con la palabra esperanza como guía para desarrollarla, Belén Fernández se encontró en el camino con Germán Martínez, profesor suyo en la Facultad de Caminos de la Universidad de Granada, con el que empezó a crear una idea que, nueve años después, ha permitido levantar infraestructuras para diferentes comunidades africanas realizando una recaudación al año hasta completar cada letra de la palabra esperanza que da nombre al proyecto y sentido al sueño que tuvo Belén hace una década mientras finalizaba sus estudios.

Todo comenzó con la imagen de ese niño. “Un niño de 9 años se murió por deshidratación tras semanas con diarrea. Me parecía imposible que por no tener una pastilla potabilizadora o simplemente no hervir el agua, eso pudiera pasar”, recuerda Belén. Al regresar, vivió una contradicción imposible de ignorar: “Volví a mi casa, me metí en mi cama con nórdico y dije: madre mía, qué hipocresía tan grande estoy viviendo. Ayer mismo vi a gente dormir bajo la lluvia”.

Así arrancó la primera acción en 2015: vender calendarios solidarios para financiar techos de emergencia a familias vulnerables. Luego llegó la gran idea: escribir la palabra esperanza en el mapa de África, letra a letra, proyecto a proyecto. Un reto tan simbólico como real. Cada letra representaba un año, un país distinto, una intervención concreta con una ONG local diferente. Cada obra -un pozo en Benín, una letrina en Zimbabwe o un centro de salud en Madagascar- era más que una infraestructura: era una forma de demostrar que la solidaridad no entiende de burocracias, ni de estructuras, ni de presupuestos fijos.

Porque Proyecto Esperanza ha sido desde el principio una iniciativa sin etiquetas. No hay oficinas, ni empleados, ni subvenciones públicas. No hay marketing ni estructuras formales. Solo una red de personas comprometidas, que aportan lo que pueden: tiempo, ideas, contactos, dinero. “Cada euro recaudado va directamente al proyecto. Todo es altruista. Aquí quien se une tiene que hacerlo porque quiere, sin presupuesto ni compensación”, explica Belén. De ahí también el valor de la transparencia: “No me importa que un proyecto tarde un año o dos en realizarse, pero necesito fotos y vídeos. Si no, no puedo volver a pedir dinero al año siguiente”.

Nueve años, nueve proyectos

Durante nueve años consecutivos, el grupo, integrado por amigos, familiares, conocidos y personas altruistas, ha diseñado cada año una campaña diferente: han montado musicales, conciertos o paellas solidarias. Más de 30 empresas han colaborado a lo largo del tiempo, adaptando sus aportaciones a las necesidades del momento. También las ONGs elegidas -como Afrikable o Active Africa- han sido casi siempre de pequeño tamaño, sin grandes estructuras ni financiación pública, lo que permite, dice Belén, que la ayuda llegue más rápido y mejor. “Nos gustaban las ONGs pequeñitas, las que estaban pegadas a la gente”. También han tenido la oportunidad de colaborar con la Fundación Jane Goodall para levantar un pozo y huertos comunitarios en Guinea Conakry, llegando incluso a conocerla en persona.

La dimensión del impacto no solo se mide en cifras. Se mide en miradas, en gestos, en agradecimientos. “Ves a los niños accionando la bomba y mirando el agua limpia como diciendo: madre mía”. O en esos vídeos que llegan desde África donde se agradece, con el rostro y la voz, el cambio que supuso la intervención. “Hay veces en el año que estás que no puedes más, pero cuando te llega ese feedback… es súper emocionante”. En muchas ocasiones, como explican desde el proyecto, una simple letrina puede transformar la vida de una comunidad entera. Que una niña pueda ir al colegio durante la menstruación porque tiene acceso a un baño digno es una victoria que ningún titular recoge, pero que lo cambia todo.

En total, Proyecto Esperanza ha recaudado más de 45.000 euros en estos nueve años, con solo unos 1.000 de gasto total. Una cifra modesta si se compara con cualquier proyecto en Europa, pero de enorme potencia transformadora en países empobrecidos. “Con 45.000 euros aquí haces el proyecto de diseño y así se te queda”, ironiza Belén. Pero en África, ese dinero ha servido para levantar nueve proyectos completos. Porque allí los costes son otros, la mano de obra es local, los materiales se aprovechan al máximo, y sobre todo, la motivación de las comunidades es inmensa. “La suerte está en el sitio donde naces. Puedes ser pobre en Granada, pero tienes agua, techo, sanidad. En otros lugares no hay nada de eso”, recuerda.

Aunque todavía no ha podido viajar para ver in situ los proyectos realizados, Belén mantiene un contacto constante con las ONGs colaboradoras. Su intención es visitar por fin algunos de los países este año, como Senegal o Guinea Conakry. “Yo creo que el día que vea un proyecto con mis ojos, me voy a echar a llorar de ver las caras de la gente”, confiesa. Y es que Proyecto Esperanza no se concibe como una cadena de donaciones que empieza y termina en una cuenta bancaria. “Nos gusta que la gente vea que los proyectos no los financiamos y nos olvidamos. Nos importa cómo evolucionan, qué uso les dan, si siguen siendo útiles. Hemos visto centros de salud convertidos en escuelas, porque las comunidades los transforman según lo que necesitan”.

La esperanza de seguir

Con la palabra completa ya escrita en el mapa africano, el futuro del proyecto sigue abierto. Belén no descarta una nueva etapa: “La palabra esperanza está completada, pero el camino no. Ahora que tenemos una red estable, que la gente ya cree en lo que hacemos, podemos seguir. Quizás repitamos las letras con nuevos proyectos, quizás impulsemos formaciones, quizás visibilicemos otras causas. No hay un plan fijo, pero sí una convicción muy firme de que hay mucho por hacer y de que no podemos parar”. Como cuando todo empezó, no se trata de grandes cifras ni de grandes nombres. Se trata de mirar al mundo de frente, no dar la espalda a lo que duele, y seguir construyendo desde lo pequeño, desde lo colectivo.

Hoy, Proyecto Esperanza sigue siendo tan humilde como el primer día, pero ha logrado lo que parecía imposible: cambiar vidas a través de una palabra escrita en el corazón de África. Sin oficinas, sin sueldos, sin estructuras. Solo una idea clara, mucha constancia y la firme decisión de no mirar hacia otro lado.