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First we take Manhattan

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Escena de Protagonist, en el Teatro Central

Escena de Protagonist, en el Teatro Central

PROTAGONIST

Jefta van Dinther/ Cullbergballeten (Suecia).

Teatro Central. 9 y 10 de febrero.

COREOGRAFÍA, DIRECCIÓN Y TEXTO: Jefta van Dinther MÚSICA Y DISEÑO DE SONIDO: David Kiers VOZ: ELIAS. BAILARINES: Adam Schütt, Anand Bolder, Camille Prieux, Daniel Sjökvist, Darío Barreto Damas (Invitado), Eleanor Campbell, Georges Hann, Gesine Moog, Giacomo Citton, Katie Jacobson, Núria Guiu Sagarra, Suelem de Oliveira da Silva, Sylvie Gehin Karlsson, Unn Faleide, Vincent Van der Plas. DISEÑO DE LUCES: Minna Tiikkainen DISEÑO DE ESCENOGRAFÍA: SIMKA

Hay un alfombra roja que ocupa mucho pero no todo el espacio. Hay, al fondo, una estructura de hierro. Hay una voz en off que empieza diciendo "A veces, sabes que algo tiene que cambiar". Luego, empieza a haber bailarines -jóvenes con aspectos diverso- y  al son de la música se van sumando a la alfombra y se mueven en grupos o a solas. Otros bailarines parecen dudar si participar o no y se mantienen fuera de la alfombra. Los movimientos son tensos, urbanos, espasmódicos. Hay grupos que se crean y se deshacen, pequeñas alianzas condenadas a no durar. Hay la música de David Kiers. Hay sexualidad que aparece y se diluye: encuentros fugaces, pequeñas y breves orgías. Hay líderes que se ofrecen pero no arrastran a la masa. Así, se va conformando una extraña caligrafía: ¿Son humanos a punto de convertirse en robots? ¿Son hombres y mujeres enredados en el deseo sexual y las luchas de poder que, por ello, aplazan la revolución? ¿Están hablando un lenguaje cifrado que deberían y deberíamos entender pero al que nadie atiende? Si es así, ¿qué ocurriría si lo entendiéramos, si atendiéramos?

Mientras me hago estas preguntas, la coreografía sigue. Me inquietan los cuerpos que salen de la zona de luz y nos miran sin que los veamos. Me inquietan los  liderazgos efímeros, la imposibilidad de una comunión, de construir algo en común estable y duradero. Me inquieta ese deseo sexual que es vida y revolución y, al tiempo, nos aleja de ellas. Me acuerdo de Juan Antonio Canta y su cama roja: “No empuñaré más rifle que mi sexo tan pequeño/ para traerte de nuevo a mi lado”. 

Me fascina la precisión de los cuerpos, la energía y la libertad que emanan. El trabajo coreográfico no borra sino que potencia las individualidades. El caos y el orden se suceden o conviven; más bien esa estructura derramada que propone la pieza aparenta un desorden que no es tal. Por detrás, me va apareciendo un desasosiego cuyo origen no consigo precisar, pero que emana del escenario.

Entonces, suena la música de Elías (jovencísimo músico sueco) hablando de la revolución y aparece un nuevo lirismo. Los intérpretes se suman al canto: “Let's start a revolution/ How beautiful/ It is”. Es la primera vez que funcionan como verdadero colectivo. Hay algo emocional en ese coro. Todos han quedado mirando al público en el centro del escenario. Por un instante, pienso en Los miserables. Pero el coro queda quieto mirando a la audiencia. El tiempo pasa y el silencio se hace denso. Lo rara y lo incómoda que es la ruptura de esa convención de que en la escena tienen que pasar cosas va calando en el patio de butacas. Pasa más tiempo. El silencio se solidifica.

Los intérpretes se han ido encorvando lenta, muy lentamente. La alfombra roja se convierte, por obra y gracia de la luz, en verde. Así la veo yo, pero D me explicará tras la función que no es verde exactamente aunque lo parezca: es una especie de amarillento no-color. Algún día hablaré sobre nuestras conversaciones sobre el color.  Si antes me parecía estar viendo personas que se van convirtiendo en cyborgs, ahora está claro que veo simios: desnudos y desnudas, van moviéndose y reguinchándose de la estructura del fondo. La música ha cambiado su carácter. Si antes era dubtrónica, urbana, agresiva; ahora es hipnótica, cíclica y amable. Me es inevitable pensar en El planeta de los simios y, por eso, creo que debajo de las butacas está la playa y, en ella, la estatua de la libertad medio enterrada.

Cerca del  final de la pieza, algunos de los simios retoman el código físico que había en la primera parte  y no sé si todo está empezando de nuevo o ahora está cogiendo un camino diferente. Pienso: hubo una llamada a la revolución real en ese silencio, esperaban que dijéramos sí, que cantáramos, que ellas y nosotros fuéramos uno. Hemos vuelto a perder la oportunidad. Como rezaba el título del libro de Tabucchi: Se está haciendo cada vez más tarde. Un final brusco, a cuchillo, como un fallo del suministro eléctrico que deja la pieza suspendida, me desconcierta y remueve porque me sorprende y me niega un significado.

Protagonist tiene fuerza, belleza y profundidad. Los intérpretes emanan magnetismo y carisma. La pieza nos seduce y nos cuestiona. El exquisito trabajo de iluminación, la música agresiva o hipnótica de Kiers, emocional de Elias, toda la propuesta estética (alfombra, estructura y vestuario) y la potente coreogafía de Jefta van Dinther se funden en un todo contundente que, quizá, está anunciando una vuelta de tuerca en ciertas tendencias de la danza contemporánea europea a manos de una nueva generación. De fondo, me parece que el coreógrafo se coloca en una encrucijada en la  que el miedo a la revolución se mezcla con su necesidad: “ Si lo más profundo de tu ser está cantando, seduciéndote directo hacia el fuego, ¿es mejor darte la vuelta? ¿Ignorar todo el perverso esplendor que clama tu corazón? ¿O es mejor lanzarte de cabeza, riendo, a la furia sagrada que clama tu nombre?”

Esa es la disyuntiva: si no haces nada, puedes terminar como un Charlton Heston cualquiera lamentándote a los pies de una giralda o un amante enterrados cuando creías estar muy lejos de casa. Si lo haces todo, puedes ser Mao o Trotsky, pueden condenarte a veinte años de hastío. Un estado de cosas se está deshaciendo y el horror nos persigue dentro y fuera (en todos los dentro y todos los fuera). Hablamos (hablo) del capitalismo, claro, de su capacidad de colonización de todo y de todas, de su crueldad, de su destrucción de todo lo que nos hace humanos. Pero romper el orden, declarar la guerra, inventar algo nuevo, da miedo y vértigo y otra vez miedo. Eso de no dejar títere con cabeza tiene un problema: hay una cabeza que sí queda, la mía, un títere que permanece, yo.  Por eso, vuelvo a Juan Antonio y su Cama roja: “Pienso que tras las grandes revoluciones racionales/ se restaura sonriendo el orden anterior/ y los que murieron a manos de rebeldes/ pudieron engendrar a ese Mesías que no viene,/ así que déjame decirte/ que entre lo malo y lo peor/ yo no elijo nada y sigo soñando.” No estoy orgulloso de esto, pero aún no tengo nada mejor. Lo estoy buscando. Sé que se nos está haciendo cada vez más tarde. Cuando lo encuentre, os digo. Por si os sirve. 

 

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