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Y ahora, ¿cómo regamos?

Sistema de regadío circular

Sistema de regadío circular

De aquí al 2050 se espera que seamos 3.000 millones más de personas en el planeta, lo que supone un aumento del 38% en menos de 40 años. De ahí que mucha gente se pregunte si vamos a ser capaces de conseguir alimentos para todos.

Esto afecta directamente a la agricultura, especialmente a la de regadío, ya que aunque solo el 18% de la superficie cultivada se riega, da lugar al 45% de la producción agrícola total. Por otro lado, en países semiáridos como España casi el 80% del consumo de agua potable se destina a la agricultura, con las consiguientes quejas de otros sectores que también consumen agua, como el del turismo o la industria.

Estas razones han animado a la comunidad científica a buscar soluciones más eficaces para mejorar la producción agrícola de regadío con consumos de agua cada vez más ajustados.

Ya en la década de 1960 se dio un paso de gigante en la racionalización del regadío, con la expansión del riego localizado. Éste se empezó a ensayar en Alemania a finales del siglo XIX, pero hubo que esperar a la invención del plástico, necesario para la fabricación de goteros y otros componentes del sistema de riego, para su uso a gran escala, que comenzó en Israel.

El riego localizado tiene una gran ventaja: permite aplicar la dosis de agua que queramos, en el momento adecuado y en el lugar preciso. Lo último es fácil, basta con situar un gotero aquí o allá. Pero calcular la dosis y el momento de riego preciso es otra cuestión. Y, ya puestos, ¿por qué no hacerlo sin movernos de nuestra casa?

En las últimas décadas la comunidad científica ha dedicado considerables esfuerzos a buscar soluciones apropiadas a esa pregunta. El resultado ha sido el desarrollo de métodos basados en el uso de medidas en planta para el seguimiento continuo y automático del estrés hídrico, el cual es proporcional a la deshidratación de la planta.

Uno de los sistemas más antiguos para el control del riego consiste en la medida de la humedad del suelo. La ventaja de medir en la planta es que ésta integra el estado hídrico del suelo, el de la atmósfera y su propia respuesta fisiológica. Por tanto, los métodos de medida en planta usan a ésta como un biosensor, obteniéndose una información más precisa para el control del riego que las medidas tradicionales en el suelo o en la atmósfera.

Entre los métodos de medida en planta que se han desarrollado destacan tres, basados en la estimación del flujo de savia, del diámetro del tronco y del potencial de turgencia en hoja. Estos métodos funcionan en el campo durante meses, consumen muy poco, tienen un mínimo mantenimiento y, lo que es mejor, miden automática y continuamente, y envían los datos (foto 3 de la figura) para su consulta por el agricultor desde cualquier ordenador o teléfono móvil conectado a internet.

En la actualidad se están desarrollando protocolos de riego basados en estos métodos, diseñados para aplicar un riego de precisión en una gran variedad de cultivos. El uso conjunto de estos métodos con estrategias de riego deficitario controlado permite obtener cosechas abundantes y de calidad, con ahorros de agua en torno al 50%.

Parece, por tanto, que los esfuerzos combinados de agricultores, ingenieros agrónomos y electrónicos, y técnicos de agencias ambientales y de la Administración pueden dar lugar a la producción de suficiente comida para todos. Ahora solo falta distribuirla bien, pero esa es otra historia.

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