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De latín, ciencia, y panes mohosos

Incluso los indómitos mercaderes encontrarán sosiego al comprobar la participación inherente y necesaria del conocimiento científico en la propia revolución económica

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Recuerdo que aquella mañana de otoño llovía de manera inusualmente intensa en Sevilla. Las horas se hacían largas. Fue a mitad de mañana cuando el alumno de bachillerato que se sentaba al fondo de la clase le preguntó con algo de picardía y bastante cinismo al cansado profesor, al que ya le florecían en abundancia las canas en la barba:

-  Y a mí, ¿para qué me va a servir aprender latín?

El profesor, entre la indignación y la tristeza, lo miró fijo con sus ojos hundidos y le contestó:

- ¡Para que no te den un bollo de pan mohoso en la panadería!

La escena ocurrió hace más de 25 años en un instituto de barrio humilde, y yo fui testigo. Pero probablemente se habrá repetido y se seguirá repitiendo hasta la saciedad. No debe sorprender demasiado la actitud del estudiante, cuyo nombre olvidé, en una sociedad en que toda acción, omisión, conocimiento, divertimento, experiencia, y hasta la locura sólo tienen sentido si se los observa desde el prisma del pragmatismo mercantilista del beneficio, a ser posible económico.

Quizás por eso, el día que anuncié a bombo y platillo en casa que mi destino era ser investigador científico, se encendieron todas las alarmas.

- El hambre que va a pasar este chiquillo… - pensó mi padre.

Y no se lo reprocho. La apuesta era arriesgada. ¿Para qué sirve la ciencia?, se cuestionaría nuestro estudiante de latín. Para quien ya le lleva dedicados casi 20 años a la investigación en bioquímica y biología celular, la respuesta se presenta obvia. Incluso renunciando al mercantilismo del rédito económico. En una sociedad en la que todo es opinable y cuestionable, en la que los expertos y opinadores de todo afloran en cualquier esquina, bar, o plató de televisión, el conocimiento científico, o la “sagrada verdad científica” como la denominara mi mentor, el Profesor Michael N. Hall (Universidad de Basilea, Suiza), aparece como estandarte de guía en una civilización en constante búsqueda por encontrar verdades absolutas. El conocimiento científico es parte constituyente esencial de la revolución social y cultural, sin la cual la revolución económica pierde su sentido y fin. La misma revolución cultural que nos hace libres.

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Semejante argumento no consolará al más ambicioso de nuestros emprendedores, siempre a la búsqueda de una idea original, innovadora, rompedora,… y sobre todo, que se venda como rosquillas. Pero incluso los indómitos mercaderes encontrarán sosiego al comprobar la participación inherente y necesaria del conocimiento científico en la propia revolución económica.

Como muy bien explicara el Profesor Yuri Lazebnik (Cold Spring Harbor Laboratory, EEUU) en su célebre ensayo “¿Puede un biólogo arreglar una radio?” (https://www.cell.com/cancer-cell/pdf/S1535-6108(02)00133-2.pdf), cuando se enquista la evolución de cualquiera de las muchas circunstancias que atañen a nuestra sociedad, sean éstas de índole social, económica, sanitaria, laboral, o incluso territorial (muy de moda por cierto), la solución en un porcentaje altísimo de las veces aparece de la mano de la implementación de una nueva capacidad técnica que permite observar el problema desde una perspectiva totalmente distinta. Y ahí, la ciencia y el conocimiento tecnológico tienen una participación esencial. La solución a los problemas socio-sanitarios, cuya repercusión económica es innegable, no es entendible sin la participación del avance científico. El desarrollo técnico necesario para la mejora de la producción primaria e industrial es imposible sin el avance científico. La inversión científica aparece pues como el mejor garante del desarrollo (que no del “pelotazo”) económico de nuestra sociedad.

Y a pesar de que el argumento arriba expuesto ha sido ya repetido y dado por obvio con anterioridad en los mentideros de todo el país, algo debemos seguir haciendo mal los que tenemos la responsabilidad de mantener el avance del conocimiento científico, cuando la sociedad sigue sin entender la esencialidad de nuestra aportación; y cuando ante cualquier circunstancia de constricción económica, la inversión en ciencia se sigue viendo sacrificada como un lujo inaceptable por sí mismo.

Quizás no tuvimos tiempo de salir a explicar cuánto podemos ayudar a solucionar los problemas de quien legítimamente decide qué hacer con su dinero. O quizás la escasez de nuestro valiosísimo tiempo no nos permitió encontrar una manera más clara de lanzar el mensaje. O peor aún, quizás ni nosotros mismos creímos que un biólogo pudiera arreglar una radio.

Quizás no entendimos bien la importancia de aprender latín.

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