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La reinvención de Susana Díaz un año después del naufragio de las primarias

El PSOE se ha apaciguado, hay un pacto de no agresión entre sanchistas y susanistas de cara a las elecciones, pero en el partido perviven dos identidades diferenciadas

Tras la mayor derrota de su carrera política, la presidenta andaluza ha recompuesto en tiempo récord su perfil de mujer de Estado: en 11 meses ya volvía a sentarse en Moncloa con Rajoy para abordar el modelo territorial del país

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Susana Díaz junto a Pedro Sánchez.

Susana Díaz junto a Pedro Sánchez.

Decía Oscar Wilde que sólo hay una cosa peor que hablen de uno: que no hablen. En los últimos 12 meses, el PSOE ha pasado del ruido y la furia al silencio más absoluto. El punto más álgido del principal partido de la oposición en la agenda pública tuvo lugar hace justo un año, cuando los afiliados derrocaron a Susana Díaz, candidata de la aristocracia socialista, para restituir en el poder a Pedro Sánchez. Han pasado 12 meses desde las primarias: Díaz conserva el liderazgo, Sánchez el poder. ¿Qué ha sacado el PSOE de todo esto? ¿Cuál es su situación actual en el mapa político?

Para revisar el estado de salud del PSOE es necesario consultar a sus dirigentes, susanistas y sanchistas, que ya no quieren responder a esos nombres públicamente ni se reconocen como lo que fueron hace un año: enemigos íntimos. Este periódico ha consultado con una serie de socialistas para sacar la conclusión de que el partido está “unido y tranquilo”. Y de que el PSOE sigue polarizado en dos universos paralelos: el andaluz y el federal. Y de que unos hablan del otro con cierto extrañamiento, sintiéndose ajenos, cuando no indiferentes a lo que dicen o hacen sus compañeros de la otra orilla. Hay un acuerdo tácito para no herirse mutuamente, sin embargo, cuando se les pregunta cómo está el PSOE un año después de las primarias, lo más significativo de sus respuestas es que hay dos PSOE, el de "aquí" y el de "allí". “Aquí estamos fuertes, optimistas, primeros en las encuestas, allí menos”; “Aquí tenemos clara la hoja de ruta, sabemos adónde vamos, allí están más perdidos, les falta protagonismo o tienen miedo escénico”, responde un dirigente andaluz.

Sánchez y Díaz comparten siglas y proyectos, pero difieren en planes y estrategias, y difieren en discursos y formas. Y esto no sería un problema, si no fuera porque la sevillana piensa que el madrileño está desorientado y conduce a su partido hacia la irrelevancia: estancado en el 22% de intención de voto en las encuestas, el PSOE aparece como tercera fuerza en el CIS -por detrás de PP y Ciudadanos- y cuarta en Metroscopia, desplazados también por Podemos. “Un partido con menos del 20% del sufragio no es un partido de Gobierno”, sentencia un dirigente del PSOE-A.

Lo que sí ha cambiado en 12 meses es el ánimo de no agredirse ni vilipendiarse públicamente. A ninguna de las dos partes le interesa hacerlo. Es más, si se vuelve la vista atrás, sigue aterrorizando cómo unos socialistas llegaron a hablar de otros socialistas. En Andalucía, los sanchistas eran en realidad veteranos antisusanistas, ex compañeros de la presidenta que se sintieron repudiados, y que guardaban un rencor visceral. En las primarias aportaron al discurso de Sánchez el mismo lenguaje descarnado que la derecha había articulado contra el PSOE andaluz desde los años noventa: “clientelismo”, “voto cautivo”, “compra de voluntades”. 

Cicatrizar en 11 meses

Toda esa metralla quedó al servicio de los rivales políticos de Susana Díaz tras su derrota, pero a la presidenta se le endureció la piel en un tiempo récord. En dos días convocó el congreso regional para ser ratificada en el cargo. En dos meses fue reelegida por aclamación, sin candidato rival, como secretaria general del PSOE andaluz. Empezó entonces a escribir un nuevo relato político poniendo a Andalucía por encima del partido, en el que muchos entendieron un epílogo envenenado de las primarias. “Sólo te pido, Pedro, que nunca me hagas elegir entre mi lealtad a los andaluces y mi lealtad al PSOE, porque siempre estaré con los primeros”, le espetó a un hierático Sánchez en la clausura del congreso. 

Cuatro meses después de la mayor derrota de su carrera política, Susana Díaz había dejado de ser un cadáver político. Era la favorita y perdió por más de 15.000 votos. Tenía el respaldo de todos los líderes territoriales con poder en el PSOE y perdió en 15 comunidades (todas menos Andalucía y País Vasco). "¿Las primarias? Eso ya es del Paleolítico", empezó a responder, con sorna, cuando no habían pasado ni seis meses. La presidenta andaluza se replegó en su fuero y movilizó a los miembros de su Gobierno y a su grupo parlamentario para afrontar una legislatura a largo plazo. “Ahora toca Andalucía”, dijo en la Cámara, una frase que la oposición no ha dejado de reprocharle desde entonces.

En septiembre de 2017, con el arranque del nuevo curso político, Díaz convocó a todos los partidos de la oposición y a los agentes sociales y económicos de la comunidad para abanderar un frente andaluz que impulsase la reforma del modelo de financiación autonómica. De repente se convirtió en eje del debate político andaluz un asunto que no estaba en la agenda del Gobierno central, que implica al conjunto de las comunidades autónomas y que difícilmente podía abordarse sin la participación necesaria de Cataluña, enredada en el laberinto independentista. 

Susana Díaz convirtió en una prioridad para Andalucía y para sí misma el debate territorial, cinceló un discurso contra el centralismo, casi andalucista, y ligó la reforma de la financiación autonómica con la mejora del autogobierno. Con el 28F en el horizonte, el resto de partidos hizo suyo el proyecto de Díaz. Su iniciativa política y la rapidez de sus movimientos le permitió lograr un pacto sobre financiación sin precedentes que cristalizó justo el Día de Andalucía: en el mismo documento firmaron PSOE, PP, Podemos e IU -101 de 109 diputados del Parlamento-, quedando orillado su socio de Gobierno, Ciudadanos. Once meses después de ser derrotada por Pedro Sánchez, Susana Díaz volvía a estar sentada en la Moncloa discutiendo con Mariano Rajoy sobre la arquitectura sociopolítica del país. 

El veto a Elena Valenciano

Aunque la autoridad de Susana Díaz en el PSOE se apagase con las primarias -arrastrando con ella a los barones territoriales y a los históricos dirigentes que la habían apoyado (Felipe González, Rubalcaba y Zapatero)- su poder institucional le ha permitido revitalizar su figura política. La Junta de Andalucía es la mayor institución que gobiernan los socialistas en España, la más invulnerable electoralmente -llevan 36 años ininterrumpidos en el poder-, con un presupuesto anual de 30.000 millones de euros. Es una herramienta esencial para Díaz y, teóricamente, también debería serlo para Pedro Sánchez.

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La eurodiputada socialista Elena Valenciano. EFE

Pero las primarias del 21 de mayo de 2017 fueron un punto de no retorno en el PSOE. Los socialistas se hicieron rivales dentro de una formación centenaria que murió tal y como se conocía hasta entonces, resucitó con otra identidad -contagiada por las formas pop de Podemos- y ahora muestra claros síntomas de agotamiento. “El PSOE está exhausto. Después de las primarias no nos vino mal un tiempo de tranquilidad, retirarnos de los titulares, reflexionar. Pero están pasando muchas cosas y no estamos o no se nos oye lo suficiente”, dice un dirigente de Ferraz.

El PSOE ha salido de su propia placa tectónica por un simple instinto de supervivencia: ni a los oficialistas ni a los críticos les interesa airear sus heridas a menos de un año de las elecciones, empezando por las andaluzas. Hay un acuerdo tácito para preservar la paz interna, por eso apenas hubo ruido interno en el congreso regional que ratificó a Susana Díaz, ni en los congresos provinciales ni cuando fue aprobado el nuevo reglamento del partido, que retira poder a los barones territoriales para blindar la posición del secretario general contra posibles golpes de mano, como el ocurrido en el convulso comité federal del 1 de octubre de 2016, en el que se forzó la dimisión del secretario general.

Aun así, los andaluces no dejan de ironizar con el hecho de que "el nuevo PSOE" que anunciaba Pedro Sánchez, el del "no es no" a la investidura de Rajoy, se ha convertido finalmente -y por mediación del conflicto catalán- en el aliado preferente de Rajoy. Aquí no se lo van a discutir, porque Díaz fue la primera en defender internamente el artículo 155 de la Constitución, que permitió intervenir el autogobierno de Cataluña tras el órgano secesionista. Pero ha quedado un poso de cinismo en el aire: "Se acabó el no es no y la España plurinacional y la alianza preferente con Podemos, que duró dos meses. Al menos estamos donde tenemos que estar", dice un dirigente andaluz.

En estos 12 meses, los dos bloques del PSOE se han lanzado puyas y se han susurrado palabras postsoviéticas, como “purgas”. Purga de susanistas en el grupo socialista del Congreso, donde apenas tienen voz y protagonismo; purga de sanchistas en puestos de dirección del PSOE andaluz y en los congresos provinciales. “Falta de integración, falta de confianza, falta de diálogo”. Sólo un roce, por encima del resto, hizo levantar la voz a Susana Díaz: la decisión de Ferraz de vetar a Elena Valenciano como candidata a presidir el Grupo Socialista en el Parlamento europeo, un gesto que fue entendido como “un castigo” a la eurodiputada por su apoyo a Díaz en las primarias.

La comunicación entre Ferraz y San Vicente se ha hecho difícil cuando los interlocutores en el PSOE federal han sido los andaluces, antisusanistas hasta la médula, que generan una desconfianza absoluta en la ejecutiva de Díaz. "Llevan tantos años enfrentados que su rivalidad interna casi roza lo personal", dice una socialista. En los últimos meses, la interlocución entre Madrid y Sevilla se ha hecho más fluida entre el Secretario de Organización de Ferraz, José Luis Ábalos, y su homólogo andaluz, Juan Cornejo.

“Sólo nos compran la guerra”

“El problema es que pasamos tanto tiempo en guerra, que ahora no sabemos gestionar la paz. Nos falta un discurso intenso para volver a la agenda política, sólo agitamos el interés de los medios cuando reaparecen los roces, cuando se juntan Pedro y Susana. Es como si sólo nos comprasen la guerra”, explica un veterano socialista afincado en Madrid. No es una interpretación aislada. El PSOE sufre el síndrome de Vietnam, un país que después de un siglo de guerras y los 60 últimos años en paz, aún sigue vendiendo camisetas a los turistas con el lema: “Vietnam no es una guerra”. El PSOE tampoco lo es, pero no logra sobresalir con un relato alternativo. “A nosotros las encuestas nos sitúan como primera fuerza en Andalucía, estamos consolidados, pero a ellos…”. 

Los socialistas están estancados en el 22% de intención de voto, un mínimo histórico. Algunos, como Ábalos, le restan importancia a los sondeos: “No marcan ni siquiera una tendencia”, dice. Otros ven con preocupación el escenario en el que se encuentran, que a priori es el más propicio de los últimos diez años para que el PSOE firme una remontada: La derecha se ha fraccionado por primera vez desde que José María Aznar unificase todo el voto conservador bajo las siglas del PP, a principios de los noventa. Unidos Podemos ha perdido el efecto sorpresa y avanza a trompicones sorteando crisis internas: la corriente crítica de Bescansa, el órdago de Errejón por preservar su autonomía en Madrid, Alberto Garzón pidiendo más protagonismo para IU. El último grito en Podemos es el chalé de 600.000 euros que han comprado Pablo Iglesias e Irene Montero, un asunto que ha desgarrado la pureza moral de sus líderes y generado malestar en las bases y los cuadros medios. 

Además, el Gobierno de Rajoy está salpicado por varios casos de corrupción en los tribunales -Gürtel, Lezo, Bárcenas-, que acusan al PP de haber financiado ilegalmente sus campañas electorales. Los populares han visto dimitir a dos de sus presidentes autonómicos -Pedro Antonio Sánchez, en Murcia, y Cristina Cifuentes, en Madrid. Todas estas grietas ajenas no han servido, sin embargo, para que los socialistas recuperen terreno.

El PSOE es un partido de oposición en Madrid y un partido de Gobierno en Andalucía. Allí tiene las encuestas en contra y aquí a favor. Pedro Sánchez quiere tensionar a su electorado y concentrar el voto útil de la izquierda, y Susana Díaz no tiene una especial inclinación por que haya una elevada participación en las elecciones andaluzas. El PSOE aspira a cumplir 40 años ininterrumpidos en el Gobierno andaluz, pero no espera ganar terreno sumando votos. Los últimos comicios los ha ganado a costa de descender a mínimos históricos. El equipo de la presidenta aún trata de averiguar si debe concentrarse en proteger su espacio por la izquierda para evitar el avance de la confluencia Podemos-IU, o por la derecha, para frenar el crecimiento de Ciudadanos. Díaz ha puesto un ojo de camaleón en cada dirección pero, a juzgar por su discurso en el último debate de política general, se diría que trata de reforzar su perfil más izquierdista, después de tres años gobernando de la mano de Albert Rivera.

Falta menos de un año para las andaluzas y el suelo se mueve bajo el Parlamento. Todos los partidos están en campaña, ninguno termina de creerse que no haya un adelanto electoral. Andalucía está a las puertas de elecciones autonómicas, municipales y europeas. El perfil de la campaña y la elaboración de las listas de candidatos volverá a poner a prueba la pax romana entre las dos identidades del PSOE. Hasta entonces, “unidad y tranquilidad”.

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