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Mercadillo de la Plaza del Cabildo: Cuatro décadas de domingos de coleccionismo en Sevilla

La plaza del Cabildo de Sevilla reúne desde 1980 a filatélicos, numismáticos y otros aficionados en un mercadillo tradicional junto a la Catedral

Uno de los comerciantes del mercado enseña su colección de carteles y posters.

Uno de los comerciantes del mercado enseña su colección de carteles y posters. JDR

La Avenida de la Constitución de Sevilla, casi vacía, descansa de las pisadas. Se despereza la Catedral y, junto a ella, en la Plaza del Cabildo, ya se monta el mercadillo tradicional de coleccionismo. Es domingo.

En la plaza semicircular, la estampa se repite cada semana de 9 a 14 horas: coleccionistas de postales, cromos, pins, relojes y minerales se unen a filatélicos y numismáticos para la venta, la compra y el intercambio.

Los visitantes y curiosos desembocan en el centro de este espacio privado, pero con servidumbre de paso, por cualquiera de sus tres pasajes: avenida de la Constitución, calles Arfe y Almirantazgo. Comienzan las fotografías. Es un rincón sevillano buenísimo para una postal instagramer: una arcada decorada con frescos, columnas de mármol, balcones abarrotados de plantas y los restos de la muralla almohade. Mientras, los coleccionistas siguen a lo suyo y, pasadas las 10 de la mañana, sus tapetes ya están abarrotados de artículos.

Mercadillo de la Plaza del Cabildo: "La rareza es infinita"

“El coleccionismo es la historia de la vida misma”, dice Alberto, uno de los tenderos que prefiere guardar su apellido. Lleva 20 años vendiendo cromos y carteles de corridas de toro y recibe muchos encargos como el de un cliente madrugador que ha venido a pagarle los dos álbumes de cromos de los años 60 que le consiguió. “Cuéntalo hijo, que el dinero está para contarlo”. Alberto maneja los billetes y se los guarda. Disfruta con la compra y la venta e intenta “traer un poco de todo” porque las cosas que más vende son por casualidad y no a conciencia. “La rareza es infinita”, apunta.

En el puesto de Manuel Barberá, Vicente Moreno va terminando pilas de postales. “Busco todo lo que tenga que ver con actividad portuaria. Y si están usadas, mejor”, dice. Este coleccionista se acerca al mercadillo “de vez en cuando” para hacerse con imágenes de navíos, astilleros, transbordadores, mercancías aglomeradas… Moreno va con un listado de poblaciones portuarias nacionales e internacionales para no repetir aunque a veces encuentra una sorpresa. “Mira. Ya tengo una de Málaga, pero esta está circulada”. La importancia de las correspondencias, una firma o el sello. Todo cuenta para añadir valor a la antigüedad.

Desde 1980 este mercadillo tradicional de la Plaza del Cabildo se dispone en lo que fueran los terrenos del extinto colegio de San Miguel. A principios de la década de 1920 se celebraba en la cercana placita de Santa Marta gracias a la Sociedad Filatélica Sevillana. Los coleccionistas de monedas se unieron posteriormente a lo que fue en un principio una reunión de vendedores de sellos.

En la actualidad el mercado ha expandido el género. “Estamos abiertos a otros objetos siempre que no desentonen con el entorno”, explica Ángel García, el presidente de Asociación del Mercado Tradicional del Cabildo. Así, los visitantes pueden escudriñar, además de sellos y monedas, recortables antiguos, mapas, oraciones de 1907, revistas, vinilos o fracciones antiguas.

En el mercado tradicional del Cabildo, el gaditano Manuel Barberá es “el rey de las postales”.

En el mercado tradicional del Cabildo, el gaditano Manuel Barberá es “el rey de las postales”. JDR

De estas tiene muchas Ángel Sevillano aunque le guste coleccionar de todo. Desde su puesto en la entrada por el pasaje de Almirantazgo, a Sevillano no le interesa tanto el valor económico del objeto como el sentimental e histórico. Le encanta el intercambio y admite que visita con frecuencia el punto limpio para rescatar pequeños tesoros desechados por el ojo desentrenado. “Me encontré dos mesas con pan de oro que yo mismo restauré. Hay gente que no sabe lo que tiene”.

Se mantiene el chorreo de curiosos, amigos, turistas y algún sevillano que acaba de descubrir este rincón local del coleccionismo. “Vamos a vender muy poco”, salta un comerciante. García responde: “Echamos la mañana de todas formas”. De unos años aquí, la afluencia de público y ventas se ha reducido, como apunta su presidente que lleva desde los 18 años coleccionando monedas y billetes. “Menos el año y medio de la mili y otro que trabajé fuera”.

Cosas de viejos

El tintineo de los dineros se sucede. Replica el ruido plastificado del pasar de los catálogos. “Manuel, sin discusión. ¿sí o no?”, insiste uno de los tenderos. El cliente, tentado, decide pensárselo mientras se aleja. La cantinela de la fuente que gobierna el centro de la plaza apenas se escucha y Francisco Agea se cuida de los que preguntan mucho, toman notas y se pasean sin dirección alguna. “Me las conozco todas. Una vez me robaron una bandeja”.

Agea perdió la cuenta, pero lleva casi 40 años trajinando con monedas. Sigue contando anécdotas de hurtos – “Te cogen la vuelta y te pegan el cambiazo” – mientras coloca con mimo sus denarios entre los que se encuentra uno de Popemia Roma, datado en el 54 AC, y que vende por 180€.

“¡Míranos!”, se resigna García señalando a los encargados de los puestos. La mayoría supera los sesenta años. Un par de mujeres. “No hay coleccionistas jóvenes y el 95% son hombres”.

Desde la Asociación del Mercado Tradicional del Cabildo se admite un escenario incierto con el que coincide el Rafael Rodríguez, presidente de la Sociedad Filatélica Sevillana: “Ni nuestras familias muestran interés por el coleccionismo”. Rodríguez está “haciendo limpieza” en casa y le trae una bolsita a García. “Si le sacas algo, bien, y si no, ya sabes donde tirarlas”. Es uno de esos aficionados que hace un alto en la plaza los domingos para echar el ratito. Como él, pasa Manuel, cuya familia regenta la tienda de numismática y coleccionismo Pliego en la sevillana plaza del Salvador. “Vengo a ligar”, bromea.

El mercadillo de coleccionismo de la plaza del Cabildo parece una experiencia obsoleta, pero abre el camino a la curiosidad. Algunos además de fisgonear quedan prendados. Son los que menos. A otros paseantes y turistas les embarga la nostalgia y compran algún recuerdo. La morriña. “El que colecciona sabe de historia”, apunta García que reconoce cómo cada vez menos gente se entretiene catalogando, encartonando y guardando con mimo reliquias que quedarán olvidadas. “No quiero pensar que esté destinado a desaparecer”.

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