La indefinición legal de los huertos urbanos marea a los hortelanos: "Nadie sabe lo que son"

Huerta de Miraflores

Los huertos urbanos de Sevilla se cerraron con la declaración del estado de alarma el pasado 14 de marzo. Los hortelanos llevaban semanas solicitando el acceso y Adelante Sevilla instó al Ayuntamiento a la reapertura. La edil Eva Oliva aludió a que en otras ciudades y pueblos estos espacios estaban “cumpliendo con una importante función social durante la actual situación de emergencia”.

El Consistorio hispalense cambió de postura la semana pasada. Abrió los huertos urbanos dos horas al día durante dos jornadas consecutivas para que los titulares pudiesen realizar tareas de mantenimiento. “Estábamos todos deseando de volver a ver en qué situación se encontraban los huertos”, dice Manuel Fernández, presidente de la Asociación de Hortelanos “Las Moreras” de la barriada de Miraflores.

Sin embargo, las pautas impulsadas para estos espacios de cultivo son dispares y provoca desconcierto entre los hortelanos.

Indefinición legal

La medida llega a Sevilla cuando en otras zonas del país, como en la Comunidad Valenciana o en Galicia, la crisis sanitaria de la Covid-19 no ha impedido a los ciudadanos ocuparse de sus huertas. En Badajoz, por ejemplo, la Asociación de Vecinos de Suerte de Saavedra ha repartido los productos de sus terrenos a las familias más golpeadas por la pandemia.

Raúl Puente, geógrafo y profesor de la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla) recuerda: “La clave está en la indefinición legal de los huertos urbanos y en su actual desregulación”. Puente, cuya tesis versa sobre los huertos urbanos comunitarios en Andalucía, insiste en la multifuncionalidad de estos terrenos y, por ende, su difícil encaje dentro del Real Decreto por el que se rige el actual estado de alarma: “Nadie sabe exactamente qué son”.

Según se mire, son espacios de producción alimentaria, formativos, culturales, deportivos y de ocio. Y todo a la vez. Su indefinición legal no es algo nuevo y se eleva a nivel autonómico y nacional. La crisis sanitaria ha dejado en evidencia la transversalidad de los mismos y ha primado, según Puente, su calificación como lugares de ocio. “Un error”.

“Un galimatías”

Con la reapertura de la Red de Huertos Urbanos de Sevilla se han distribuido autorizaciones para que las personas adjudicatarias puedan ir a sus parcelas sin ser sancionadas. Las asociaciones de hortelanos se encargan de controlar el acceso y garantizar el cumplimiento de las medidas sanitarias y de seguridad. “Estamos más de policía”, dice Fernández.

Ahora mismo el Ayuntamiento de Sevilla no sabe el número de hortelanos que tiene, ni sus nombres ni apellidos”, destaca Puente que retoma otro viejo debate. El profesor echa en falta una entidad -sea departamento, sea oficina- que gestione los terrenos municipales cedidos para el cultivo. Las competencias están repartidas, en el caso de Sevilla, entre el servicio de Parques y Jardines y el área de Participación Ciudadana. “Es un galimatías”.

 

Esta dispersión de responsabilidades es una característica general en España. La desorganización es clara y se manifiesta en ejemplos como en el Parque del Alamillo, en Sevilla. Mientras se reabren los huertos municipales, aquellos integrados en el parque, competencia de la Junta de Andalucía, permanecen clausurados afectando a más de 1500 hortelanos. Y, ¿qué ocurre con aquellos ciudadanos que alquilan una terreno para el autoconsumo?

Parcelas privadas Huertos Helgar, una iniciativa de alquiler de parcelas en la zona de Pino Montano, están cerrados. Sus propietarios abogan por no salir de casa siguiendo las instrucciones sanitarias aunque reconocen que sus clientes cuentan con llaves. “Cada uno es responsable de sus acciones”, dicen.

Lena García tiene, junto a su pareja, un huerto en la barriada sevillana de Valdezorras. Los dueños del terreno decidieron cerrar, pero ella admite: “Nosotros hemos infringido la normativa y nos hemos arriesgado a ir porque nos parecía una cosa absurda”. Para García su huerta es su “fuente de abastecimiento” y con estas visitas “han tirado para adelante”.

Algunos miembros de Huertos Helgar también han entrado a sus terrenos durante el confinamiento. Otros sin embargo, no han tenido suerte ya que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad han denegado su petición. De nuevo, posturas diferentes.

Sí, pero no

Las restricciones de circulación de las personas estipuladas por el estado de alarma se vigilan desde la Delegación del Gobierno. Fuentes de la Subdelegación del Gobierno en Sevilla, consultadas el pasado miércoles por este diario, afirmaban que “los desplazamientos para realizar labores de mantenimiento en el medio agrícola están permitidos al estar ligados a tareas esenciales, como es, la alimentación”. Además, no se imponían distinciones por el tamaño de la explotación. Los ciudadanos con parcelas alquiladas pueden, siempre que mantengan las pautas sanitarias y de seguridad establecidas en el Real Decreto, acceder a ellas. Ante las posibles pesquisas de las autoridades, la Subdelegación del Gobierno en Sevilla recomendaba llevar el contrato que justifique la condición de arrendatario de una huerta.

Horas después esas mismas fuentes avisaban de una nueva ordenanza: “El desplazamiento a huertos u otras explotaciones agrícolas o ganaderas se encuentra en todo caso autorizado cuando se trata de actividades de naturaleza laboral, profesional o empresarial”. Se desprende que la visita a los huertos para cuidarlos y para recolectar no son casos contemplados. Se impone, como recuerda Puente, su categorización como actividad de ocio.

Esta medida concuerda con la respuesta a principios de mes de la Delegada del Gobierno en Andalucía, Sandra García Martín, por la que se suspendía la actividad en los huertos urbanos. Los particulares podían, sin embargo, “acometer alguna actividad mínima consistente en el mantenimiento de la explotación”. A este criterio se aferra el Ayuntamiento de Sevilla para continuar con su plan de reapertura. “Únicamente [para tareas de cuidado]”, responden desde el consistorio.

Además del cuidado y de la alimentación de animales hay otra excepción derivada de la situación socioeconómica de los hortelanos: cuando el consumo del producto resulte imprescindible para su subsistencia.

“Más seguro que un supermercado”

“Ir al huerto, para mí, significa salud y aire puro. Es hablar [con otros hortelanos], compartir semillas y conocimientos…”, dice Ana Fernández. Esta vecina del barrio sevillano de Miraflores echa de menos a sus compañeros, los paseos hasta su parcela y el ejercicio físico de la faena diaria.

“Un huerto no se puede abandonar y, quiera que no, un mes ha dado un palito fuerte”, aclara el presidente de “Las Moreras” que reconoce que “no había más remedio que hacerlo”. “Lo que estamos pasando es una cosa muy seria y tenía que cerrarse para que nos protegiéramos de la pandemia”. Aunque recalca que mucha gente mayor, que necesita de esta actividad, “estaba sufriendo mucho” por la clausura de los huertos.

Ana Fernández es testigo: “Hay muchos jubilados que tienen unas pensiones muy pequeñas y se han visto perjudicados en su economía familiar. Además, incomprensiblemente, siendo personas de riesgo no podían entender que no se pudiera ir a los huertos cuando se ponen en mayor peligro yendo al supermercado”. Coincide el profesor Puente: “Es mucho más seguro ir a trabajar a un huerto y coger los alimentos que ir a un supermercado cerrado y lleno de gente”.

La reapertura de los huertos urbanos es un paso más hacia el regreso de la rutina detenida semanas atrás. El desperdicio alimentario de estos terrenos es otro daño colateral de esta crisis sanitaria. “[El huerto] es una forma de vida y que de repente no te dejen ir… es verdad que a todo el mundo le están cortando sus formas de vida, deportiva, cultural, pero con el tema alimenticio pues es más duro”, remata García.

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22 de abril de 2020 - 21:00 h

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