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ARAGÓN

La política

Hay un pasaje muy conocido del libro Alicia a través del espejo en el que se discute acerca del sentido de las palabras. En dicho pasaje Humpty-Dumpty —el hombre-huevo que se balancea sobre una tapia, inconsciente de su fragilidad— le dice a Alicia que, cuando él usa una palabra, ésta significa lo que él quiere que signifique. Cuando la niña pone en duda que las palabras puedan significar muchas cosas diferentes, el hombre-huevo responde que esa no es la cuestión, que la cuestión es saber quién manda. Él pone a trabajar a las palabras y, cuando hace que una palabra trabaje mucho, siempre le da una paga extra.

En política y, muy especialmente, en política electoral, es frecuente ver cómo unos y otros pelean por el significado de las palabras. Se observa con meridiana claridad en palabras como “paz” o “democracia” y, ahora, en expresiones como “cambio”, “ciudadanía” o “transparencia”. Quienes envían ejércitos de drones a bombardear poblaciones desarmadas se consideran a sí mismos los adalides de la paz. Quienes promueven formas fuertemente verticales y de concentración del poder dicen hacerlo por y para la democracia.

El problema no es nuevo. Es, junto con el problema de la servidumbre voluntaria, la cuestión central que caracteriza la política moderna. Estalla definitivamente con Lutero y los debates que genera la Reforma. Con  las disputas, tantas veces sangrientas, en torno a la llamada Regla de Fe. ¿Qué dicen las Sagradas Escrituras? ¿Qué significan sus palabras? ¿Quién tiene derecho a interpretarlas? Ignacio de Loyola primero y, más tarde, toda la Contrarreforma son categóricos al respecto. La última palabra la tiene la Santa Iglesia Católica. Lutero no había sido menos dogmático. Unos y otros, cada cual a su manera, repiten lo mismo para decir cosas distintas: “las palabras significan lo que yo quiero que signifiquen”. Sin embargo, en el siglo XVI, unos cuantos fueron capaces de sostener posiciones antidogmáticas. El nominalismo medieval deriva, en cierta forma, en escepticismo. El filósofo Michel de Montaigne, ejemplo acabado de esa fidelidad a las posiciones escépticas, hace grabar en su biblioteca la que será su divisa: “ Que sais-je?

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Cómo ser independentista y no morir en el intento

La cosa es que resulta difícil, diría yo que imposible, acabar siendo un territorio  independiente de otros o sabiendo al menos si la mayor parte de los habitantes de ese territorio quieren cantar Els Segadors o el Virgencita, que me quede como estoy. Felipe VI, repito, aboga por el cumplimiento de la ley y no hay ley que permita el menor asomo de independentismo real y concreto. Aparecen así para avalar los sentimientos españolistas, además de las Acorazadas militares de Morenés y las Acorazadas Mediáticas hispanovisigóticas, la Constitución, el derecho de TODOS los españoles a decidir sobre la independencia o no de alguno de sus hasta ahora territorios integrantes y sobre todo (la madre de todos los argumentos) que el Barça no podría jugar más contra el Real Madrid.

Cataluña lleva siglos reivindicando su identidad y su deseo de independencia, pero ahora el Gobierno de Rajoy pretende relegarlos al rincón de las ocurrencias. Por si fuera poco, quedan pocos meses para las elecciones generales de ¿noviembre? por lo que una sola sonrisa a la Cataluña independentista puede constituir una sangría de votos no obtenidos o perdidos para el resto de los grupos políticos. Mas y cía piden que las votaciones de septiembre en Cataluña sean al menos una forma de saber si y cuántos catalanes quieren la independencia, pero el pesado brazo de la ley dice que eso es un plebiscito, que la Constitución tampoco permite esas veleidades, que Morenés puede mandar a sus blindados, que la vicepresidenta Soraya dice que no, que no y que no, y también que menos hablar de esteladas y más crear empleo, como hace magistralmente el mago De Guindos y su aprendiz de brujo Montoro.

La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa y la Virgen de Covadonga intenta por todos los medios persuadir a mi amigo Jordi, natural de Manresa, de que no tiene la menor posibilidad de desear y reivindicar  ser catalán, y no español, en un país llamado Catalunya, limítrofe con España, amigo de España, pero que no es España. La Virgen de Montserrat, a su vez, sabe muy bien que en la corte celestial todas las vírgenes son iguales, pero unas vírgenes son más iguales que otras.

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68 escaños

En el caso de la vida parlamentaria, hemos visto cómo el President Mas esquivaba la comisión de investigación de la familia Pujol; cómo el PP en las Corts valencianas bloqueaba durante casi diez años la reapertura de la comisión sobre la tragedia del Metro de Valencia; o también, en nuestra tierra, cómo el órgano parlamentario que investigaba el caso PlaZa ha sido incapaz de determinar las responsabilidades políticas, cuando los tribunales ya apuntan hacia cuáles eran las penales. Ese es el grado de parasitismo y esclerotización al que han llegado nuestros parlamentos.

También hemos visto que una ciudadanía participativa capaz de impulsar el cambio político y, al mismo tiempo, mantenerse vigilante sobre sus representantes, es el primer requisito para que los parlamentos puedan constituirse de modo efectivo como sede de soberanía y contrapoder democrático. En Valencia se ha reabierto el caso del Metro de Valencia; en Islandia y en Grecia, una comisión internacional sin cuotas políticas y designada por el Parlamento está llevando a cabo un estudio minucioso de la deuda del país -y ha descubierto así que hasta 53.000 millones de la deuda griega podrían tener un origen ilegítimo-. Han hecho falta nuevas mayorías para que las cámaras puedan recuperar su capacidad política para legislar, sí, pero también para vigilar.

Ese es el modelo que queremos en Podemos para Aragón y sus Cortes. La ciudadanía ha apostado de manera clara por fuerzas de cambio en esta nueva legislatura. La siguiente tarea debería ser construir una institución fuerte y abierta, y desarrollar unas normas nuevas -o renovar las que existen- para un tiempo político nuevo. Nos gusta decir que la ciudadanía debería ser el diputado número 68. Con ese fin, transformar nuestra vida política y parlamentaria, es precisa la siempre postergada reforma del reglamento de las Cortes.

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El plan de Varoufakis y los límites de la revolución democrática

Después del dramático resultado de las negociaciones entre el gobierno Griego y el eurogrupo, el primer ministro Alexis Tsipras se enfrenta a una comprensible crisis de legitimidad entre las propias filas de Syriza. Después de la gran victoria del rotundo OXI en el referéndum griego, millones de personas entre asustadas e ilusionadas descubríamos que no había un plan B frente la extorsión del Eurogrupo que pudiera materializar la voz del pueblo griego. Poco después supimos, a través de una entrevista del ahora exministro de finanzas Yanis Varoufakis, que sí había un plan alternativo que planteaba tres medidas concretas para plantar cara al chantaje del Eurogrupo (la puesta en circulación de pagarés, el recorte del valor nominal de los bonos de Grecia de 2012, y la toma del control del Banco de Grecia). Sin embargo, el plan fue rechazado a favor de evitar el enfrentamiento directo con el Eurogrupo en una reunión de seis personas del núcleo duro del gobierno, en la que 4 personas votaron en contra y sólo dos (Varoufakis y otro ministro) a favor, provocando la dimisión de Varoufakis y la pérdida de uno de los personajes más carismáticos del nuevo gobierno griego

En unas horas, una decisión de 4 personas resquebrajaba buena parte del enorme consenso construido alrededor del ejercicio de  valentía democrática de validar la posición del gobierno a falta de un referéndum. Todo el efecto de agregación, superación de la campaña del miedo, etc., se vio resentido ante la incomprensión de la decisión final y la pérdida de la confianza en la creencia de que “Tsipras tenía un plan” para hacer frente a la Troika. Durante estos días, vemos como incluso una parte considerable de los diputados de Syriza han votado en contra del acuerdo defendido por Tsipras, amenazando una ruptura con consecuencias más profundas a largo plazo. Independientemente de si el plan de Varoufakis pudiera haber funcionado o no, la tensión entre la construcción de un proyecto de emancipación colectiva y una decisión basada en un liderazgo hipercentralizado en la figura de Tsipras debilita el proyecto de construcción de un cuerpo democrático que construya una salida a la crisis desde abajo. De alguna forma, el cuerpo social que sostiene el proyecto político compartido se desgaja por la falta de mecanismos capaces de conectarlo al centro institucional de toma de decisiones. Desde la imposibilidad de abrir las negociaciones a una inteligencia colectiva más allá de la capacidad de Tsipras y su círculo cercano de sobrevivir a una sesión de 26 horas de negociación y tortura psicológica, a la ausencia de mecanismos económicos y sociales para hacer frente al chantaje de la Troika.

Más cerca y en una situación mucho menos límite que la griega, durante las últimas semanas también hemos asistido a una considerable crisis de reputación de los líderes de Podemos ante el diseño y ejecución de su proceso de primarias. Unas primarias ‘exprés’, manteniendo las impopulares (al menos para una buena parte de las bases más activas y ‘críticas’) e imponiendo una circunscripción estatal que cercena las posibilidades de listas alternativas constituidas a escala provincial o autonómica, han provocado una buena contestación por parte de las bases y cargos de Podemos (casi 8000 personas, un millar de cargos internos y un 37% del total de diputados autonómicos), unida al surgimiento de la plataforma Ahora en Común, que ha recabado más de 26.000 apoyos invitando a una confluencia para las elecciones generales. En contraste, las primarias de Podemos han tenido una participación de algo menos de 60.000 personas, confirmando una tendencia descendiente desde las 112.000 que participaron en la votación de sus estatutos en medio de un enorme debate público a través la herramienta Plaza Podemos. De alguna forma, la falta de mecanismos de para ejercer una influencia real desde el enorme agente social corporizado con el impulso de Podemos, hacen que la movilización languidezca. Si bien Podemos ha sido un ejemplo de la potencia de la participación ciudadana directa en muchos aspectos (y la propuesta de desarrollo de un programa colaborativo para las generales podría ser un buen ejemplo de ello), en muchos aspectos fundamentales no está poniendo en práctica mecanismos que permitan canalizar la potencia y entusiasmo de una ciudadanía en un proceso de revolución democrática.

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Reestructuración o barbarie

El crecimiento constante de nuestra deuda exterior indica que seguimos dependiendo del endeudamiento externo para financiar nuestro crecimiento, un mal endémico que ha llevado a las economías de la periferia europea a la grave situación en la que nos encontramos. El problema es que no sólo no se ha corregido esta situación sino que se está incidiendo todavía más en ella necesitando más endeudamiento externo que antes por cada punto porcentual de PIB que crecemos. Esto se debe al comportamiento simbiótico entre las economías centrales de la eurozona y las periféricas a través del que los países centrales basan su crecimiento en las exportaciones que en buena medida van a parar a los países periféricos y estos últimos a su vez basan su crecimiento en la demanda interna y el endeudamiento, lo que produce importantes desequilibrios.

Que el volumen de depósitos haya superado al de créditos indica varias cosas:

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#HayTiempoHastaElMartes

No me gusta la gente que al tiempo que me está confiando su amor, perfila en su mente una manera para derrotar todo aquello que yo respeto. Leo el hastag y esas palabras lo que buscan es que Podemos Aragón haga aquí lo mismo que ha hecho en Navarra: tener generosidad política y darle a Chunta Aragonesista y a Izquierda Unida grupo parlamentario propio. Claro que es importante económica y políticamente para CHA y para IU, pero lo es mucho más para Podemos: por su ética que anda bastante confundida; por su definición política que navega entre aguas cada vez más remotas y lejanas; por esa bandera que un día enarbolaron y que era la del pluralismo y que día tras día van pisoteando.

El pluralismo es bueno y necesario: el político, el cultural, el lingüístico. La vida es plural y aquellos que intentan matar esa pluralidad, simplemente, no han comprendido nada.

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Tod ist ein Meister aus Deutschland

Revocando la hipótesis con que, en 1949, el filósofo judío Theodor Adorno concluyese un texto sobre crítica cultural, hipótesis según la cual “escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie”, Paul Celan, ya un año antes, había redactado aquellos versos que, bajo el título de Fuga de muerte, se hacían eco del horror. El propio Adorno, en 1952, exoneraría a Celan de su interdicción. Posteriormente, Adorno irá precisando el sentido de su prohibición. Todo poema, toda escritura y, en definitiva, todo documento de cultura, es, como diría Benjamin, un documento de barbarie.

Lo imposible no es escribir después de Auschwitz, lo imposible es hacerlo como si Auschwitz no hubiera tenido lugar. El exterminio nazi, los protocolos de muerte sistemática y deshumanización desplegados por el estado alemán en su proyecto de hegemonía sobre el continente europeo a lo largo de la década de los cuarenta del pasado siglo XX, imponen una herida en la historia que no puede ser eludida. Infieren una herida que, en la medida en que es olvidada, hace de toda expresión artística —y, más allá, de toda expresión humana— un gesto de complicidad con la barbarie. Pero Celan no olvida: “la muerte es un Maestro alemán su ojo azul es / te alcanza con bala de plomo certera a la vez / un hombre vive en la casa tus cabellos de oro Margarete / azuza a sus mastines contra nosotros nos ofrece una tumba en el aire / juega con las serpientes y sueña la muerte es un Maestro alemán / tus cabellos de oro Margarete / tus cabellos de ceniza Sulamith”.

Conviene, hoy que Alemania escribe con letras de deuda su hegemonía sobre el resto de los habitantes del continente europeo, y, muy especialmente, sobre quienes vivimos en eso que se ha dado en llamar Sur de Europa —aunque incluya a Irlanda—, en los países que forman el grupo de los PIIGS —cerdos—, conviene, decía, retornar sobre las reflexiones descarnadas de Jean Améry, antifascista y judío superviviente de los campos de concentración, acerca de la culpa colectiva de los alemanes. Recordar que fue el pueblo alemán —no Hitler ni el SS, sino el hombre cualquiera de la calle, el funcionario, el comerciante, el ama de casa, el académico y el agricultor—, quien contempló sin una mínima mueca de horror cómo se descargaban en los andenes las pilas de cadáveres de los vagones de ganado en que eran llevados los deportados. Que fue el pueblo alemán el que retiró con sentimiento de asco su mirada ante el paso de las caravanas de hombres-esqueleto cuando la solución final ya no consistía sino en hacer morir de hambre y cansancio, y un tiro de gracia, en las cunetas.

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Has caído en el cepo. ¿Qué vas a hacer?

Pues bien, como aficionado al preguntar y al conocer no acabo de ver qué posibles ventajas tiene permanecer en el euro, salvo que sigan vegetando cada vez más confortablemente los que más tienen, y si son tan apocalípticos los males que acechan a quienes se salgan de la eurozona.

Ateniéndome a lo que acontece a mi propio país y a otros países vecinos, especialmente Grecia, constato que estar en la zona euro significa, entre otras cosas, a) estar pagando de por vida una deuda que cada vez va creciendo más a efectos de financiar esa misma deuda en la “libre” mercadería de los mercados financieros y bancarios; b) dedicar la economía nacional a “ajustar” el presupuesto a los pagos que hay que realizar a los acreedores externos e internos (recuérdese la reforma del art. 135 de la Constitución española con nocturnidad y alevosía); c) someterse a la ideología neoliberal de los poderes financieros: privatizaciones, despido libre, “contrato único” laboral, recortes salvajes e inhumanos en sanidad, educación, pensiones, atención a la dependencia…; d) cargar con cualquier “contratiempo” que puedan sufrir las empresas privadas, principalmente bancarias, haciendo que la población asuma sus deudas privadas como deuda pública; e) el sistema económico, fiscal y social llevará a que la brecha de la desigualdad social y económica cada vez sea mayor.

A salirse del sistema euro, aun sin olvidar todos los riesgos que conlleva dar tal paso, le veo al menos una ventaja: recobrar la posibilidad de emitir divisa propia y rebajar inmediatamente su valor, a fin de obtener autonomía, en lugar de estar a expensas del BCE, que según sus propios estatutos, no puede financiar directamente a los gobiernos, pero sí a la banca privada, que a su vez se encargará de financiar al tipo de interés que le convenga a la deuda de cada país.

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Ciencia y tecnología en la ciudad democrática

La ciudad es sede de una producción masiva y constante de información: datos de movilidad, datos de consumo, datos acerca de formas de vidas. Alrededor de estos flujos constantes de información se organiza el gobierno y de ellos se extrae valor económico. Todo ello a través de un entramado tecnológico que opera como substrato y como interfaz a la vez. Poner la cuestión de la ciudad democrática es entonces poner la cuestión de la propiedad de los datos, del poder sobre la tecnología y, por último, de la democratización de la ciencia. Esta cadena que va desde la ciudad democrática a la democratización de la ciencia resulta incomprensible si no asumimos un punto de vista, nada ortodoxo, que pone en relación -bidireccional- pensamiento científico y práctica tecnológica con el tejido social y sus transformaciones.

Dos cambios radicales se han dado conjuntamente en el campo de las ciencias y en el del tejido social. Desde el lado de la ciencia hemos pasado del estudio y el control de la materia inerte, hacia la materia viviente (biología y biotecnología) y la mente (neurociencia), mientras que en el campo social se da un cambio radical en el modo de producción de la riqueza, desde los bienes materiales a la llamada economía del conocimiento, que se acompaña con la desaparición de alguno sujetos sociales y la emergencia de otros.

En ambos casos juegan un papel fundamental las disciplinas informáticas y las ciencias de sistemas complejos. Las primeras, a través de la formalización del concepto de información y de la introducción del bit como unidad de medida, han permitido el desarrollo de algoritmos capaces de manipularla gracias a máquinas que la procesan de manera cada vez más rápida. Las segundas proporcionan modelos capaces de simular la circulación de información dentro de un sistema para estudiar su organización.

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El diálogo roto   

El poeta Mark Strand escribió: “Se quedaron callados y no supieron cómo empezar el diálogo que era necesario. Las palabras fueron la primeras en crear divisiones, en crear soledad”.

Y cuando eso sucede se rompe el diálogo y asistimos a un diálogo roto y empieza algo así como el abandono de nosotros mismos. Y lo peor de todo es que asistimos a ese diálogo roto no solo en nuestras relaciones personales, también en las profesionales y atónitos vemos cómo aquellos que deben decidir por nosotros, aquellos que tienen el gran reto de gobernar, no saben ni siquiera cómo comenzar ese diálogo.

Y las palabras se amontonan, pero ya no significan nada porque crearon divisiones y ese es el principio de la soledad. Apenas he conocido a unas cuantas personas, pocas muy pocas, que supieran entender que el diálogo no se ha hecho para ganar, sí para entender, perder, comprender, escuchar o jugar. Pero no para ganar, ni para imponer, porque cuando eso sucede ya solo habrá diálogos rotos y silencio. Y este último será doloroso e insalvable. 

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