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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Sentimentalmente rentable

Ángela Labordeta

Año 1969, tengo dos años y un recuerdo: trenes inmensos que se deslizan por la montaña como orugas interminables y luminosas. Hasta el año 70, cuando se cierra el paso de Canfranc, los trenes de mercancías cursaban por esta vía para alcanzar Europa y en sus tripas trasladaban naranjas y cebollas; otros, peregrinos a Lourdes, y los terceros, viajeros que pasaban de un país a otro. Para mí, la estación de Canfranc y el canfranero tienen mucho de sentimental. Crecí amándolos, la estación la pisé abierta con apenas tres años y la bailé adolescente cuando ya no era más que un edificio que se adentraba año tras año en un incierto y complejo futuro. Desde Aquitania y desde Aragón llevamos 45 años reclamando esa reapertura, que para Madrid y París es algo así como el eco de una lucha con la que tienen que convivir.

Las voces por el Canfranc seguirán sonando, y ya es hora de actualizar y analizar los estudios que nos permitirán saber si esta reapertura y la línea del Canfranc son rentables económicamente. Si así es, habrá que exigir que España y Francia lo vean como una prioridad, porque la inversión para la reapertura de este paso es de unos 500 millones de euros frente a los 5.000 millones del Corredor Mediterráneo, y para Valencia y Murcia, grandes exportadores frutícolas, su salida natural a Europa pasa por Canfranc.

Olvido lo rentable económicamente y me quedo con lo sentimentalmente rentable, como lo es para mí la estación de Canfranc, uno de los edificios más hermosos que he visto, un lugar en mi calendario vital, en la memoria de mis días y en la de mis antepasados: mi abuelo hablaba en latín con el cura de Canfranc por los andenes de la estación, con mi padre cada verano subíamos a la estación y soñábamos que Aragón era un país más amado y menos olvidado, y que la grandeza de ese edificio se imponía ante el silencio de Madrid; yo sigo subiendo cada verano y me siento en algún rincón e impido que los huracanes de olvido lo arrasen todo. Porque, al final, lo sentimentalmente rentable nos enriquece como sociedad y como personas, y lo hace con la precisión de un Blancpain.

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