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ARAGÓN

Por un 8 de marzo inclusivo

"A pesar del avance en los últimos tiempos, todavía hay mucha gente, hombres y mujeres, que miran con recelo a las feministas"

Hace unos días, el Papa dijo que el feminismo era un machismo con faldas. No fue una frase acertada, parece claro que no contó, en esa ocasión, con la ayuda del Espíritu Santo. Pero el problema no está en que la jerarquía de la Iglesia Católica tenga esa opinión del feminismo, nunca han valorado en plano de igualdad a las mujeres, lo malo es que ese tipo de opiniones está demasiado extendido en la sociedad.

El movimiento feminista lleva años peleando contra la desigualdad, de hecho, entre hombres y mujeres (salarios, participación en ámbitos de dirección, reparto de las tareas del hogar, atención a familiares…) y sin embargo, a pesar del avance en los últimos tiempos, de las impresionantes movilizaciones del año pasado, todavía hay mucha gente, hombres y mujeres, que miran con recelo a las feministas. Y no siempre el rechazo se puede achacar a la mala voluntad, la mala voluntad y el machismo existen, pero también el desconocimiento y los prejuicios.

Los cambios culturales son muy costosos, tendemos a ser conservadores y cualquier alteración de nuestra forma de vida produce rechazo, más si los cambios llevan aparejada la pérdida de privilegios de una parte, en este caso los hombres. Pero también es cierto que el movimiento feminista no siempre ha sabido hacer la pedagogía necesaria para que su mensaje sea comprensible,  atractivo, capaz de contrarrestar el bombardeo de los medios de comunicación más conservadores.

En los movimientos sociales procuramos analizar los problemas que nos afectan en toda su complejidad, llegan hasta las causas más profunda. Y así los presentamos a la ciudadanía, pensamos que de no hacerlo de esta manera estamos engañando a la gente, que si dosificamos nuestras reivindicaciones nos quedamos a medias,  traicionamos al movimiento. A veces no somos conscientes de que no es fácil de asimilar por la mayoría las conclusiones a las que, después de años de trabajo, ha llegado una parte muy concienciada y militante de la sociedad.

La consolidación de los derechos requiere, además de cambios legales, cambios sociales, el convencimiento mayoritario de la necesidad de esos derechos. Y cuanto más amplia sea esa mayoría, mayor calado tendrán las trasformaciones, más resistentes serán a los vaivenes políticos.

Llegan malos tiempos para los derechos y libertades y los de las mujeres están en el punto de mira de la extrema derecha, las declaraciones del presidente del PP, Pablo Casado, llamando a los maltratadores: “personas que se portan mal con ellas”, anuncian cómo entiende las políticas de género la derecha. Por eso es necesario redoblar los esfuerzos, ampliar el espacio de confluencia, sumar voluntades aunque los objetivos no sean tan ambiciosos, movilizar a todas aquellas personas que creamos que hombres y mujeres somos distintos pero tenemos los mismos derechos. La mejor defensa es la movilización social.

El 8 de marzo no puede parecer un día de enfrentamiento entre géneros ni entre distintas organizaciones o sensibilidades. Debe ser un día de movilización social, inclusivo, con participación de hombres y mujeres de diferentes sectores y clases sociales, de distintas opciones políticas. En el que cada persona colabore en función de sus posibilidades y grado de compromiso.

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