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ARAGÓN

“Yo no tengo que tener empatía”

La capacidad de ponerse en la piel del otro, de entender qué le está sucediendo o cómo le está afectando lo que tú le estás diciendo es tener empatía. Afrontar un encuentro con otra persona intentando comprender sus sentimientos, y sus circunstancias, es vital para el diálogo, pero sobre todo es imprescindible cuando alguien se presenta ante ti con un problema

Esta situación la viven quienes trabajan de cara el público, que diariamente soportan quejas, escuchan penurias y reciben reclamaciones. Policías, médicos, funcionarios de la Administración pública tratan con ciudadanos irritados, pacientes angustiados o personas que simplemente piden ayuda ante lo que a veces es el caos de la burocracia. Sin embargo, quienes acuden a ellos, a veces, sólo reciben de quien tienen enfrente falta de educación y sensibilidad.

No podemos seguir tragando, agachando la cabeza, cada vez que un agente nos trate con aires de grandeza durante una identificación rutinaria, o cuando salimos de una consulta sin saber lo que nos pasa, porque para qué contarnos, “si no íbamos a entender nada”. No se pueden seguir tolerando este tipo de comportamientos, porque no se les exige ser superhéroes, simplemente se espera que sean humanos.

Esta semana he tenido una mala experiencia en la Universidad de Zaragoza. Tras denegarme una beca para un máster y acudir a hablar con el personal encargado de su tramitación, una de las trabajadoras ha cogido mi expediente con desprecio y ha comenzado a interrogarme. Yo, nerviosa ante su actitud, le he explicado que no tengo un contrato de alquiler legalizado por el Gobierno de Aragón porque nunca he tenido la seguridad de que no me quedaría en el paro, pero que aportaba otra documentación que evidenciaba mi independencia económica.

Tras repasar uno a uno los papeles, me ha echado en cara que estaban mal presentados (cuando semanas ante los había recogido una de su compañeras) y ante mi desconsuelo y mi petición de que fuera más amable he recibido un “yo no tengo que tener empatía”. Lo que usted señora tenía que haber respondido, es que al parecer, mi solicitud no cumple los requisitos del Ministerio de Educación y de la Universidad de Zaragoza -por otro lado, totalmente alejados a la realidad social que atraviesa España, como hemos podido ver en el caso de la estudiante de publicidad con la beca denegada y a punto de ser desahuciada- y haberme alentando a realizar una reclamación por otras vías.

Sin embargo, me he tenido que marchar lamentando que en un lugar donde reciben a estudiantes probablemente más necesitados que yo, porque sus familias no pueden pagar las tasas o que sus becas son denegadas porque el Estado considera que sus ingresos son insuficientes para sobrevivir por su cuenta según los parámetros establecidos, tengan que encontrarse con esta falta de empatía.

Del mismo modo que en el ejercicio de mi profesión, el periodismo, creo fundamental tratar con respeto y dignidad a quien me abre las puertas de su casa, remueve sus miserias o narra sus logros para contarme una historia, en el resto de trabajos también tienen que primar estos principios. Bueno, y si no es mucho pedir, la empatía debería ser una forma de entender la vida.

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