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ARAGÓN

La vida que merecemos vivir

"Porque me enseñaron a no callar aun cuando parecía que estaba diciendo que sí, porque las niñas que crecimos en el franquismo somos la esperanza del presente que sofoca oscuridades, alberga luz y te invita a recorrer con ellas su habitación, que es la vida que merecemos vivir"

Nací en una época en la que mayoría de los padres de mis amigas no creían en dios, de la misma forma que las madres de mis padres sí que lo hacían. Y a pesar de no creer en dios ni llevarnos nunca a misa, comulgamos vestidas de blanco, convertidas en princesas o monjas, mientras nuestros padres desatendían el sermón, entretenidos buscando haces de luz a través de las vidrieras de la iglesia.

Seguir la norma en esa España franquista era convertirnos en niñas invisibles y eso es lo que buscaban nuestros padres, que dolían por los caminos gritando Aragón y libertad, mientras sus hijas dibujaban palabras de anhelo en las paredes de Zaragoza y sorteaban la adolescencia reivindicando su individualidad, cortando geranios al atardecer y entendiendo la vida como un hostal de carretera en el que entretenerse hasta que llega la diligencia de la noche.

Pero aquellas niñas no eran norma ni podían ser invisibles, habían subido hasta Peña Oroel a hacer la revolución, habían tatuado Aragón en sus corazones con banderas cuatribarradas y entendían que el futuro era ese paisaje de libertad, decencia, conciencia y esperanza que sus padres les habían explicado en noches de fuego en el corazón de Canfranc o en los caserones de Echo.

Aquellas niñas se hicieron mayores, alguna se perdió por el camino, otras se enamoraron de ciudades extranjeras y de mujeres que surcan el cielo de la risa, alguna permaneció en la ciudad de su infancia y cada día que despierta entiende que hay legados imborrables y las palabras que llegan desde tiempos pasados se hacen presencia, porque Zaragoza necesita ser amada y peleada, del mismo modo que Aragón precisa que las banderas que esos, nuestros padres, levantaron, nosotras, las hijas del presente, las mantengamos y las luchemos, para que sean la realidad del futuro, un futuro sin buitres sobrevolando con su amenaza de volver a esos años donde las niñas comulgábamos para parecer invisibles y ser norma.

El hostal de carretera es un lugar amable a veces, otras es ingrato y te deja toda la noche con la ventana abierta, mientras afuera crecen los bajo cero. Pero desde mi hostal de carretera levantaré la voz y la palabra para decir que todo es posible, hasta el sueño de ser mejores personas sin discursos vacíos y falsos. Porque me regalaron la brisa y el alma, porque me enseñaron a no callar aun cuando parecía que estaba diciendo que sí, porque las niñas que crecimos en el franquismo somos la esperanza del presente que sofoca oscuridades, alberga luz y te invita a recorrer con ellas su habitación, que es la vida que merecemos vivir.

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