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ARAGÓN

Entrevista | Irene Abad, historiadora

“La sororidad dejó de existir durante el franquismo”

La historiadora Irene Abad es autora de una tesis doctoral sobre las mujeres de presos políticos durante la dictadura

“El franquismo ha dejado tal huella en el modelo ideal de mujer que todavía hoy la evolución no es lo rápida que debería”

“Desde 1965, el Movimiento Democrático de Mujeres supone cierto despertar feminista”

Irene Abad (izda.) y Sescún Marías (dcha.), durante su charla en Huesca.

Irene Abad (izda.) y Sescún Marías (dcha.), durante su charla en Huesca.

'Azules y rojas: las representaciones de la mujer durante el franquismo' es el título de la ponencia que ofrecieron hace unos días en Huesca las historiadoras Irene Abad (Huesca, 1977) y Sescún Marías. Sus investigaciones se cruzaron para trabajar juntas sobre la represión sexuada del franquismo; Abad había dedicado su tesis doctoral a las mujeres de presos políticos de esa época y Marías, a la Sección Femenina. 

¿Sólo había dos tipos de mujeres o sólo se representaba a dos tipos de mujeres durante el franquismo?

Eran las dos representaciones fundamentales. Se trataba de caracterizar a la mujer a partir de las dos esferas ideológicas que existían. En realidad, hubo muchas representaciones, pero la diferenciación entre todas las mujeres partía de la coexistencia de dos ideologías enfrentadas, que se habían heredado de la guerra civil. Por ejemplo, dentro de las mujeres rojas, hay muchísimas: presas, exiliadas, milicianas, mujeres de presos...

¿Cómo se representaba, en líneas generales, estos dos modelos de mujeres?

Las azules responden al modelo ideal de mujer que proyecta el franquismo, a partir de valores muy concretos: catolicismo, apolitismo, conservadurismo... mientras que las rojas serían todas aquellas que representan el anti modelo o el modelo no oficial. Son aquellas mujeres que responden a los valores contrarios a lo que hemos comentado: la progresista, la politizada, la no católica o la no prácticamente... Por otro lado, por supuesto, son modelos vinculados a la herencia de la guerra civil que divide a las mujeres entre vencedoras y vencidas.

¿Hubo más esfuerzo en difundir estos modelos tan antagónicos de mujer o se hizo igual con los hombres?

No, por supuesto el esfuerzo se centró en el intento por moldear a la mujer desde el poder. El género es una construcción cultural y, como tal, va a sufrir una construcción por parte del poder. Tenemos que partir de la base de que el Estado franquista potencia el paternalismo, la virilización. Entonces, el hombre está en la cúspide del poder y tiene que construir a la mujer desde esas esferas. Por tanto, los esfuerzos de las políticas de género fueron en la dirección de construir una mujer supeditada, abnegada a las esferas de la privacidad, responsable de la maternidad, de la procreación, protectora del hogar...

¿Qué mecanismos utilizó el franquismo para asentar e idealizar este modelo de mujer?

Evidentemente, para idealizarlo tuvo la Sección Femenina a su entera disposición. A la vez, nos vamos a encontrar una deconstrucción del modelo antagónico a partir de mecanismos represivos o mecanismos de represión sexuada. Estos mecanismos son fundamentalmente de dos tipos: los oficiales y los extraoficiales. Los oficiales son aquellos que vienen desde el poder, que tienen una dirección fundamentalmente vertical. Son los que cuentan con documentación, los más fáciles de investigar: espacios como cárceles, comisarías; instituciones como el Tribunal de Responsabilidades Políticas o el Patronato Central de la Merced; o leyes como la Ley para la Represión de la Masonería y el Comunismo o la Ley de Responsabilidades Políticas. Luego tendríamos los mecanismos no oficiales, que son aquellos que tienen un carácter más horizontal, que no están oficializados, que por tanto cuentan con un nivel de descontrol mayor que los oficiales: las violaciones, las rapaduras de pelo, la ingesta obligada de aceite de ricino, las torturas... 

¿La Iglesia también jugó un papel fundamental?

Sí, por supuesto. Tenemos que tener en cuenta que ese modelo de mujer católica y conservadora era una herencia total de la iglesia católica. Por tanto, sí va a tener un peso importantísimo. Y también como mecanismo de control social, es decir, la Iglesia es importante no sólo a la hora de definir el concepto de mujer durante el franquismo, sino también a la hora de controlarlas socialmente hablando. 

¿Cree que la presión social de algunas mujeres contra otras pudo ser más fuerte que la de hombres contra sus vecinos?

Lo que está claro es que durante el franquismo dejó de existir la sororidad en determinados ámbitos, en cuanto a práctica de la represión, es decir, la solidaridad entre mujeres, entre hermanas. Sí hubo sororidad dentro de las represaliadas, porque la solidaridad va a ser a un mecanismo de superación o de compensación de situaciones. Pero de unas a otras, de azules a rojas, no hubo ningún tipo de sororidad femenina. En ese sentido, hubo mujeres represoras y mujeres que sufrieron esa represión. No sabría responder a si esa presión fue más fuerte entre mujeres o entre hombres. El vox populi durante el franquismo fue un mecanismo de control social brutal. Muchas denuncias se van a apoyar en este "han dicho que..." o "no va a misa y por tanto...". Es decir, se deducen una serie de ideologías dependiendo de determinadas actitudes. En ese sentido, las mujeres desempeñaron una función controladora igual que la desempeñaban los hombres, no sabría decir hasta qué medida unos tuvieron más protagonismo que otros en cuanto a la denuncia contra mujeres.

¿Hay alguna evolución en la representación de las mujeres desde el franquismo de recién acabada la guerra hasta el de los años 70?

Sí, claro, no nos podemos olvidar de que el concepto género es moldeable, va a estar en constante modificación. Cuarenta años son muchos años. El franquismo que nos vamos a encontrar en 1939 no es el franquismo de la década de los 60 o 70. Las circunstancias económicas, las presiones internacionales, los elementos de relativa modernidad que estaban empezando a llegar desde Europa, las propias leyes... empiezan a suavizar esa percepción de la mujer: nos vamos a encontrar elementos liberadores con respecto a la categorización inicial. Evidentemente, la mujer a lo largo de esos cuarenta años de dictadura es un ejemplo de construcción moldeable, dependiendo de los propios intereses del régimen que lo construyó.

¿Cuál sería el cambio?

Al final del franquismo, nos empezamos a encontrar mayores posibilidades para la mujer. Sigue siendo una mujer dependiente de la figura masculina, una mujer carente de muchas posibilidades, pero va a empezar a experimentar experiencias políticas, empieza a frecuentar espacios públicos que le quedaban totalmente vetados... Creo que el cambio más significativo es en 1965, cuando el Movimiento Democrático de Mujeres se organiza y, además de establecer reivindicaciones de carácter político, introduce en su programa reivindicaciones de carácter feminista. En esos momentos las mujeres empiezan a vivir cierto despertar feminista.

¿Esos avances en el modelo de mujer son al ritmo del resto de los cambios?

Cuarenta años de dictadura dejaron una huella importantísima, un retroceso que hacía que las mujeres españolas fueran después a la zaga de otras mujeres europeas. Cuando en otros ámbitos europeos se estaban planteando debates como el uso de la píldora, por ejemplo, aquí, en España, era impensable. Eso ha dejado tal huella que todavía quedan muchas cosas por superar y que hacen que la evolución no sea lo rápida que debería ser. Todas las herencias de franquismo han filtrado de tal manera en la cultura española que han conseguido convertirse en patrones inamovibles, que provocan que todavía queden muchas cosas culturales por superar. 

¿Por qué se sigue notando esta huella? ¿Por qué tuvo tanto éxito el modelo franquista de mujer?

El éxito radica en la imposición, en que no hubo posibilidad de cuestionarse que las cosas pudieran ser de otra manera. Primero, la represión; y segundo, la normalización, que poco a poco esos elementos se van metiendo de tal manera en la cultura que parece que sean intrínsecos a la misma. Desde luego, deberíamos sacarlos ya radicalmente de nuestra cultura de género, si pudiéramos llamarlo así, para poder crear otro tipo de igualdades y de avances.

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