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Pedro Sánchez, el cabezota que gana más batallas después de muerto que El Cid

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Pedro Sánchez tras sacar adelante la moción de censura contra Mariano Rajoy.

"¿Si tuvieras que definir a Pedro Sánchez con tres o cuatro adjetivos o con una frase, ¿cuáles dirías?". El mensaje lo recibieron una treintena de dirigentes políticos, de todos los colores, en la tarde noche del jueves, cuando ya Rajoy había desaparecido del Congreso para enclaustrarse durante ocho horas en un restaurante y la moción de censura tenía asegurado el éxito.

El conjunto de respuestas de una docena de socialistas que lo tratan con mucha frecuencia y desde hace años trazan un retrato muy parecido: "Perseverante". "Tenaz". "Audaz". "Coherente". "Trabajador". "Optimista". "Leal a su palabra". "Constancia". "Concentración". "Cabezota". "Resiliencia". "Pura determinación". "Honesto". Y con frases completas: "Muy reflexivo, le da mil vueltas a las cosas antes de tomar una decisión, pero cuando la toma la lleva hasta el final". "De convicciones profundas y voluntad de hierro". "Humildad, inteligencia y una voluntad a prueba de bomba. Se dobla, pero no se rompe nunca, nunca tira la toalla". "¿Has visto Gatacca, la peli? Pedro es el protagonista, Vincent".

Los consultados de los otros grandes partidos le hacen al nuevo presidente del Gobierno un retrato mucho menos favorable. "Fondista, surfista, anodino, alto, incluso puede llegar a hacerlo bien por casualidad", apunta alguien desde la izquierda. "Contumaz, narcisista, inconsistente intelectualmente, no fiable", determina otro de los consultados, un veterano de la derecha liberal. "Creo que siente vértigo al contemplar su propia decadencia sustancial, moral y ética", concluye una voz muy conocida de la nueva derecha.

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Moción de censura a Rajoy: ganar o ganar para Sánchez, perder o perder para Rivera

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Albert Rivera y Pedro Sánchez

La contundente primera sentencia sobre la trama Gürtel está causando enormes efectos políticos directos y laterales. La Audiencia Nacional ha puesto al PP ante un espejo demoledor. Les ha dicho a sus dirigentes, a sus afiliados, a sus votantes y al conjunto de la sociedad española varias verdades terribles. Hay dos que destacan sobre todas ellas.

Una, que ha quedado acreditada la existencia de una caja B del partido, "una estructura financiera y contable paralela a la oficial, existente al menos desde el año 1989" que ni Mariano Rajoy ni el resto de dirigentes que comparecieron como testigos en el juicio han logrado "rebatir" pues su testimonio fue insuficientemente "verosímil", quizás porque cobraron sobresueldos procedentes de ella. Otra, que "entre el grupo Correa [el principal condenado de la trama] y el Partido Popular se creó un auténtico y eficaz sistema de corrupción institucional a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública central, autonómica y local a través de su estrecha relación con influyentes militantes de dicho partido". 

Con solo este último entrecomillado, Rajoy debería haber presentado dos renuncias. Una, como presidente del Gobierno, al rey, para que se abriera en el Congreso de los Diputados el mecanismo constitucional de búsqueda de un nuevo presidente. Otra, como presidente del PP, ante su propio partido para que este celebrara cuanto antes un congreso extraordinario refundacional en el que purgar de una vez por todas y a fondo los muchos casos de corrupción y elegir unos nuevos dirigentes no salpicados por la anterior etapa. Se ignora por ahora si el jueves 24 de mayo, tras publicarse la sentencia, alguna de estas ideas estuvo en la cabeza de Rajoy, o si barajó una tercera vía posible: convocar elecciones. No parece, a tenor de la reacción desde Moncloa aquella tarde -"los hechos a los que hace referencia no afectan en modo alguno a este Ejecutivo"-, creyendo una vez más que bastaba con ignorar la realidad para liberarse de sus efectos.

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Por qué los carburantes suben más de lo que deberían y cómo paliarlo en tu bolsillo

Alarma mundial. El precio del petróleo se dispara y desata toda una serie de incertidumbres en las principales economías occidentales, especialmente en las europeas. En las previsiones de crecimiento, en las balanzas fiscales nacionales, en la inflación, en la competitividad de las empresas, en el mercado laboral, en el consumo... Si la teoría del caos dice que el aleteo de una simple mariposa en un extremo del planeta puede provocar un tornado en el otro extremo, ¡qué ventoleras, vendavales, tornados y apocalipisis no provocarán tantas mariposas -o tantos dragones voladores- como las que se han puestos a batir las alas en torno al petróleo en pocas semanas!

Los aleteos son muchos: La decisión de Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, de abandonar unilateralmente el acuerdo nuclear con Irán, con el consiguiente impacto en la producción y exportación del crudo iraní. Los recortes de producción en el último año y medio de muchos de los principales países productores y exportadores. La casi desaparición del mercado internacional de uno de los grandes productores, Venezuela, paralizado por su grave crisis interna. El agravamiento de viejos conflictos en zonas petroleras como Siria, Libia o Irak. El aumento constante de la demanda por las altas previsiones de crecimiento económico -y del transporte internacional- en gran parte del planeta. El ambicioso plan de infraestructuras que está afrontando China... El aleteo que mezcla economía y política, sobre todo si quien lo hace es EE UU, suele provocar efectos laterales entre nosotros. "Cuando Estados Unidos aviva un conflicto en Oriente Medio, quien paga la factura en petróleo suele ser Europa", comenta la economista Milagros Avedillo.

¡Y tanto! El barril de petróleo brent, el más común de entre los de referencia en todo el mundo, y especialmente en Europa, estaba hace un año en torno a los 50 dólares, hace tres meses en torno a 65 y hoy anda en torno a los 80 dólares. Algunos expertos dicen que el precio puede cabecear en breve y volver a los 50 dólares, que sería su suelo, pero otros sostienen que seguirá creciendo y puede plantarse en los 100 dólares. ¿Ese sería su techo? O no.

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Puigdemont le complica de nuevo la legislatura a Rajoy

Carles Puigdemont, Quim Torra y Elsa Artadi en una reunión.

Seis meses y medio después de su rocambolesca fuga de Girona a Bruselas, Carles Puigdemont está más vivo políticamente que entonces, el procès menos en retirada de lo que en aquellos momentos se preveía, la causa judicial contra los independentistas más enrevesada e incluso bajada de intensidad por el propio instructor y la crisis catalana más laberíntica y de imprevisible y complicado final. La investidura este lunes, casi cinco meses después de las elecciones catalanas, de Quim Torra, un president autoproclamado provisional y vicario de su antecesor, no deja de ser un nuevo tanto político que Puigdemont se apunta.

La fuga de Puigdemont quizás fue el segundo mayor error concreto del Gobierno en todo conflicto catalán. El primero, la controvertida actuación de las fuerzas de seguridad el 1 de octubre, durante el referéndum. El anterior y general e imperdonable, por encima de todos los concretos y como causante de buena parte de ellos, la torpeza y falta de visión del Ejecutivo de Rajoy al afrontar desde 2012 como un problema de orden público o judicial una crisis que es en su esencia de naturaleza estrictamente política: dos millones de catalanes, más o menos, quieren irse, independizarse, constituir su propio Estado, y el Gobierno del Estado que ahora tenemos apenas ha hecho nada para que cambien de opinión y vuelvan a formar parte de un proyecto común con el resto de españoles. Quizás porque Rajoy no tiene ese proyecto.

Cuando el domingo 29 de octubre de 2017 Puigdemont se fuga, él parecía un político amortizado, su PDeCat resquebrajado ante la pujanza de ERC, el procés liquidado o en trance de serlo y la causa judicial contra sus impulsores sólidamente encauzada. Parecía también que, sin apenas despeinarse, Rajoy se apuntaba el triunfo final de un largo pulso de varios años con la activación del artículo 155 de la Constitución y la convocatoria de unas elecciones catalanas en las que se daba por hecho que el independentismo se desplomaría tras sus nulos apoyos internacionales, el procesamiento y la presión de sus principales dirigentes, la fuga de empresas y las tensiones económicas aparejadas y la activación pública de la población catalana no independentista. Quien echó esos cálculos parece evidente que se equivocó. Desde Bruselas, y luego en sus viajes a Suiza, Dinamarca o Finlandia y su residencia forzada en Berlín, Puigdemont ha conseguido objetivos que parecían inalcanzables, Ha logrado ridiculizar al Estado español, complicar la legislatura a Rajoy -véanse las concesiones de este al PNV en los Presupuestos-, generar cierto interés internacional en su causa, cambiarle el paso al Tribunal Supremo y cuestionarlo en otras instancias judiciales, puentear y someter a su propio partido -el PDeCat- lanzando Junts Per Catalunya, rodearse de un grupo de fieles que no responden a otras disciplinas y mandatos que las que el expresident ordene, imponerse con claridad a ERC en la pugna electoral interna en las elecciones del 21 de diciembre, convertirse en el principal referente del independentismo y ser quien realmente decide qué se hace y cuándo se hace en la Asamblea de Electos, en el Parlament, en la la Generalitat ahora...

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Un balance agridulce del 15-M, siete años después

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Plaza de la Puerta del Sol en mayo 2011

Se han llenado estos días los medios de comunicación de páginas y programas especiales conmemorativos del quincuagésimo aniversario de Mayo del 68, el Mayo Francés. 

Nacida en ámbitos universitarios y alentada por grandes ideales, aquella revolución utópica generó algunas de las mejores frases, eslóganes e ideas del siglo XX: "Sed realistas, pedid lo imposible", "La imaginación, al poder", "Prohibido prohibir". Abrió nuevas puertas y campos a la vida pública -y no sólo en Francia-: visibilizó a los jóvenes como sujeto político, contribuyó a la liberación de las mujeres, amplió los derechos sindicales, impulsó una nueva izquierda que no era ni la socialista ni la comunista... Y dejó al final un cierto poso de frustración -especialmente entre los impulsores de primera hora, los estudiantes- al no lograr uno de sus grandes objetivos aspiracionales: un cambio radical en el poder y en el sistema. El presidente francés Charles de Gaulle quedó tocado, pero no del todo hundido. Su primer ministro, George Pompidou, cayó, pero un año después se convertía en presidente. 

En pocos días se cumple otro aniversario, el séptimo, de otra revolución. Más pequeña, de menor impacto mundial, pero ni menos utópica ni menos fructífera... ni tampoco menos frustrante. La del 15-M. La del movimiento de los indignados. La Spanish Revolution, como la bautizó parte de la prensa fuera de aquí. Han pasado aún pocos años desde aquella movilización y aquellas acampadas surgidas en la Puerta del Sol de Madrid y extendidas a casi un centenar de ciudades de toda España, pero algún balance se puede ya hacer. 

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Epitafios quizás prematuros a Rajoy

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Rajoy en La Moncloa

Su mayor éxito político en lo que va de legislatura -sacar adelante los Presupuestos y ganar una tregua de estabilidad- no ha impedido que la pasada semana quede en los anales del PP como una de las más traumáticas de su historia.

La caída de Cristina Cifuentes. El hedor mafioso interno que se desprende del vídeo que le dio la puntilla a la dirigente madrileña. La sensación de que a los populares se les abre aún más el enorme agujero negro en que se ha convertido el principal feudo político territorial del que disponen, palanca a su vez del nacional. La mala gestión de toda la crisis tanto por parte de Cifuentes como de Cospedal o de Rajoy. La extendida sensación de incapacidad manifiesta para frenar a Ciudadanos, que va cobrándose cabezas populares una a una y arrebatándole votantes al eterno dominador del centro derecha… Todo ello ha impactado muy negativamente en el propio partido y ha quedado a la vista para el conjunto de la sociedad española.

En el partido, algunos de los nombres que se están barajando estos días como los posibles enviados a la fuerza a rescatar el PP de Madrid cruzan los dedos para que no les caiga encima esa tarea. Tras los desdichados finales de trayecto de Alberto Ruiz-Gallardón, Esperanza Aguirre, Ignacio González y Cristina Cifuentes, nadie quiere arriesgarse a demostrar aquello de que no hay quinto malo.

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El Brexit, oportunidad y riesgo para la lengua española en las instituciones europeas

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El Alto Comisionado para la Marca España, Carlos Espinosa de los Monteros

Han pasado casi dos años desde el referéndum del 23 de junio de 2016 en el que los británicos decidieron abandonar la Unión Europea y más de uno desde que el 29 de marzo del 2017 le comunicó oficialmente el Reino Unido al presidente del Consejo de la UE que, sí, que dejaban el club. La cuenta atrás del Brexit avanza acelerada, y entre las muchas batallas que el impactante fenómeno ha desencadenado hay una en la que España no se sabe si está o si se la espera: la batalla lingüística. ¿Cambiará el peso interno institucional de cada uno de los 24 idiomas oficiales de la Unión cuando el principal valedor político del inglés se haya ido? La importancia del español ¿irá a más o corre el riesgo de ir a menos? ¿Alguien en el Gobierno anda pensando en ello, vigilando esa viña?

Dirigentes de instituciones lingüísticas oficiales españolas que he consultado se temen que no. Que nadie en los altos niveles del Gobierno se ha tomado el asunto como una oportunidad -cultural, social, económica...-, y que corremos serios riesgos de que la oportunidad se transforme en riesgo y al cabo en dificultad. "El Gobierno no sólo no atiende ese frente, sino que además se ha abierto a sí mismo otro frente lingüístico internacional donde no lo había", comenta el máximo responsable de una institución de la lengua y la cultura española que prefiere no ser citado por su nombre.

El nuevo charco lingüístico, la nueva guerra de la lengua, en el que se ha metido el Gobierno de Rajoy quizás haya pasado inadvertido a la opinión pública española, pero está provocando una polvareda intensa en la diplomacia internacional, especialmente en la América hispanohablante. El 24 de enero pasado, Mariano Rajoy presentaba en público la que él mismo calificó como una nueva prioridad del Gobierno: el proyecto "el español, lengua global". Sonaba bien la música -"convertir nuestro idioma en una herramienta estratégica de creación de oportunidades para toda la comunidad hispanohablante"- hasta que se supieron algunos detalles de la letra: al "Alto Comisionado de la Marca España", que dirige Carlos Espinosa de los Monteros, se le añadía un "y la Promoción del Español" que ha sido interpretado en muchos de los otros países hispanohablantes casi como una apropiación indebida por parte de España.

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Todas esas cosas, señor Rajoy, que son peores que lo de Cifuentes

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Rajoy en una comparecencia de prensa

Casi cuatro semanas después de que eldiario.es lo destapara, el caso Cifuentes crece en irregularidades en torno a la presidenta madrileña y en territorio y  personajes enfangados, pero apenas crece en asunción de responsabilidades ni en aprovechar la circunstancia el partido afectado, el PP, para dar por fin alguna señal inequívoca de regeneración. A los escándalos conviene responder con ética y ejemplaridad pública, y no con cálculos sobre el impacto electoral de lo que se haga o deje de hacer o con maniobras de defensa o de toma del poder, pero por ahora ni el PP lo asume así ni Ciudadanos, el partido que sustenta al de Rajoy tanto en la Asamblea de Madrid como en el Congreso de los Diputados, se lo hace entender con eficacia.

Tres frases resumen y delatan cómo ven y cómo afrontan en el PP el caso Cifuentes. La del presidente de la Diputación de León, Juan Martínez Majo: “Vale. No tiene el máster. ¿Y qué?”. La de la secretaria general del partido y ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal: “Tenemos que defender lo nuestro y a los nuestros”. La del presidente del Gobierno y del partido, Mariano Rajoy: “Son peores algunas de las cosas que están pasando”.

O sea, la de los que no han entendido aún que la política tiene que ser ejemplar y ejemplarizante, limpia, ética, moral. La de los que dividen a los ciudadanos en propios y ajenos, en partidarios y adversarios, en buenos y malos, para aplicarles la ley del embudo y la ley de al enemigo plomo, al amigo plata y al indiferente la legislación vigente. Y la de los que, como el presidente del Gobierno y del Partido Popular, creen que es mejor dejar que corra el tiempo y mirar entre tanto hacia otro lado.

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Cifuentes, porque yo lo valgo y sin mala conciencia

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Cristina Cifuentes durante la convención del PP en Sevilla

Hace casi ochenta años, en diciembre de 1939, el sociólogo estadounidense Edwin H. Sutherland, uno de los padres de la criminología moderna, presentó en el congreso anual de la American Sociological Society, que se celebraba en aquella ocasión en Filadelfia, una ponencia que hoy es histórica. Fue la ponencia central del congreso. La más impactante, la nuclear, la que no se ha olvidado.

Se titulaba The White collar criminality (La delincuencia de cuello blanco), y en ella Sutherland no sólo acuñaba este término –que él mismo desarrollaría diez años más tarde en un libro polémico y en parte censurado por presiones de las grandes corporaciones, y que se ha popularizado en la mayoría de los idiomas como una de las expresiones que definen el siglo XX–, sino que además teorizaba por primera vez sobre “los delitos de la clase alta compuesta por personas respetables o, en último término, respetadas, hombres de negocio y profesionales”.

“La delincuencia de cuello blanco en el mundo de los negocios –escribía Sutherland– se manifiesta sobre todo bajo la forma de manipulación de los informes financieros de compañías, la falsa declaración de los stocks de mercancías, los sobornos comerciales, la corrupción de funcionarios realizada directa o indirectamente para conseguir contratos y leyes favorables, la tergiversación de los anuncios y del arte de vender, los desfalcos y la malversación de fondos, los trucajes de pesos y medidas, la mala clasificación de las mercancías, los fraudes fiscales y el desvío de fondos realizado por funcionarios y consignatarios. Éstos son los que Al Capone llamaba los negocios legítimos”.

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El Gobierno mete un clavo más en el ataúd de la España vacía

Reparto de correos en Navarra

Quince meses después de que el Consejo de Ministros aprobara la creación del Comisionado del Gobierno frente al Reto Demográfico, nombrara para el cargo a la hasta entonces senadora Edelmira Barreira y le encargara la tarea de “elaborar y desarrollar una estrategia nacional” para acometerlo, pocas noticias hay al respecto, y todas malas.

Los desequilibrios demográficos se acentúan, según los expertos; la España vacía sigue vaciándose, según el padrón; la Comisionada ni presenta su estrategia ni da explicaciones en el Congreso o en el Senado… y la Sociedad Estatal Correos y Telégrafos –una entidad pública, dependiente del Gobierno- discrimina y penaliza a los habitantes de las zonas menos pobladas sin que el ministro del que depende, Íñigo de la Serna, se despeine. Interpelado en un pasillo hace ya dos meses, se hizo de nuevas.

El pasado 30 de diciembre, Correos hacía públicas sus tarifas para 2018. Sorpresa, y mayúscula. En ellas, contrariamente a lo que acostumbraba en años anteriores, dividía España para el envío de publicaciones periódicas -prensa y revistas- en dos grandes zonas. Una llamada "zona A" en la que incluye las capitales de provincia, las ciudades de más de 50.000 habitantes y las localidades con administración de Correos (casi 2.400 oficinas en toda España, concentradas en los menos de mil municipios más poblados). Y una "zona B" en la que la empresa estatal mete el resto de España, a las pequeñas localidades donde no hay ni oficina de Correos: más de 7.000 municipios en total, los menos poblados.

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