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Pedro Sánchez se aleja de su semana horribilis pintando una próxima década prodigiosa

Certificada varias veces su muerte política y resucitado casi milagrosamente en otras tantas ocasiones, Pedro Sánchez intenta estos días batir su propio récord. De la pasada semana, una semana horribilis, una de las peores de su mala salud de hierro, trata de salir con una apuesta por quedarse una década larga en el poder o en sus inmediaciones, una especie de década prodigiosa de cambio. En un acto celebrado este lunes en la Casa de América de Madrid, varias veces se emplazó a sí mismo y emplazó al auditorio -"la sociedad civil", dijo- a trazar juntos "la España del año 2030". Sánchez lleva poco más de 100 días en La Moncloa, muchos de ellos tormentosos, pero parece dispuesto a quedarse una década larga.

Unas 300 personas. Casi todo el Gobierno, importantes empresarios, presidentes del Ibex, sindicalistas, gente de la cultura y del tercer sector, muchos directivos de medios de comunicación... Hay discrepancias en su propio equipo sobre el acto de este lunes 17 en la Casa de América. Oficialmente se insiste en que se venía preparando desde hace largo tiempo, como parte de las celebraciones de los 100 días del Gobierno socialista. Oficiosamente, hay dentro quien sugiere que se improvisó y se echó a andar justo hace una semana, el lunes 10, cuando le estalló al Gobierno y le estalló a Pedro Sánchez la bomba del caso Carmen Montón, destapado por eldiario.es.

Arrancaba entonces una de las semanas más duras del Ejecutivo y de su presidente. Los cambios de versión y la escalada de mentiras de Montón sobre su máster, el segundo golpe al saberse que algunas de las notas fueron manipuladas, el tercero con que buena parte de su trabajo de fin de máster era un plagio, la enorme metedura de pata de Sánchez entre el segundo y el tercero apoyándola, la caída y salida de la ministra sin reconocer errores ni pedir una sola disculpa... Se diría que el PSOE no había aprendido casi nada de la crisis que golpeó al PP con el caso Cristina Cifuentes. Salvo en los tiempos, más rápidos, los socialistas repetían varios de los errores del PP.

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El poder mejora la relación política y personal entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias

Sánchez e Iglesias se reúnen para avanzar en la negociación presupuestaria

Hace cuatro años, y ambos en la oposición y compitiendo en parte por un mismo espacio ideológico y electoral, la relación personal entre los líderes del PSOE, Pedro Sánchez, y de Podemos, Pablo Iglesias, evolucionó de inexistente a muy mala. Desde hace casi cuatro meses, con el primero de presidente del Gobierno y el segundo como su principal aliado y apoyo parlamentario, aún no son amigos, pero casi lo parecen.

El jueves pasado lo parecieron especialmente. Afectuoso saludo a las puertas del Palacio de la Moncloa. Y en algo más de dos horas de reunión, un principio de acuerdo, que ya venía bastante madurado por sus equipos, por el que Sánchez mejora bastante sus perspectivas de estabilidad en el Gobierno y por el que Iglesias declara que su formación tiene voluntad de "cogobernar" con el PSOE.  "Es un buen comienzo. Hay 'feeling'", añadía el líder de Podemos. 

Otoño de 2014, hace apenas cuatro años. Tanto Sánchez -42 años entonces- como Iglesias -35- son líderes emergentes. Acaban de llegar a la primera fila de la política.

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Pablo Casado huye del avispero del franquismo refugiándose en la transición

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Pablo Casado atiende a la prensa

La intensidad del debate público que está desencadenando en la sociedad española la exhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos quita la razón a quienes sostienen que el Gobierno abre heridas al sacar al dictador de ese mausoleo pagado con dinero público. No las abre porque no estaban cerradas, ni mucho menos. Parece evidente que muchas de las graves heridas causadas en la sociedad española por la la guerra civil y por la dictadura están tan abiertas hoy como hace poco más de tres meses, antes de que Pedro Sánchez llegara a la Moncloa, o casi como cuando hace décadas se causaron.

Franco murió hace casi 43 años, sí, pero una parte de la sociedad española, muy ruidosa y con potentes altavoces mediáticos, sigue aún sin admitir algunos hechos básicos de nuestra historia reciente. Que Franco llegó al poder mediante un golpe de Estado contra el Gobierno legítimo de la República. Que provocó en España una guerra civil en la que murieron centenares de miles de compatriotas de uno y otro lado. Que muchos de ellos resultaron muertos no en acciones de guerra sino asesinados sin juicio alguno ni nada que remotamente se le pareciera. Que Franco se asentó y se mantuvo en el poder mediante una dictadura feroz, sobre todo en sus primeros años. Que la guerra civil y la dictadura causaron graves daños morales, económicos y sociales a nuestro país y que, por lo que estamos viendo estos días, algunos de esos daños aún pesan como una losa y sangran entre nosotros como una herida nunca bien cerrada. 

Franco murió hace casi 43 años, sí, pero una parte de la sociedad española -por fortuna, pequeña- aún no comprende o no quiere hacerlo que, en una democracia asentada tras cuatro décadas de elecciones libres, no es de recibo que el dictador repose con honores en un mausoleo creado por él mismo para las víctimas de la guerra civil que él causó. Y que, casi 43 años después de la muerte del dictador, tampoco es de recibo que nuestro país sea el segundo del mundo con más fosas comunes: se han localizado 2.382, según el Ministerio de Justicia. Fosas en las que aún reposan, sin haber podido sus familiares recuperar sus restos, unos 116.000 "desaparecidos" víctimas del franquismo, eufemismo el de desaparecidos que oculta una realidad más dura: fueron asesinados. Solo la Camboya del genocida Pol Pot y sus Jemeres Rojos nos supera en ese siniestro ranking.

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La inmigración, un problema y una oportunidad

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El barco de Proactiva Open Arms

La inmigración ha sido, un año más, uno de los grandes temas de debate del verano. Y un año más, también, ni el Gobierno de turno ni la oposición –ni el resto de los países de la UE ni las instituciones europeas, que deberían ser las más interesadas en encontrar caminos de consenso y de soluciones al problema, uno de los mayores de la Unión han sido capaces ni de fomentar un debate sosegado ni de evitar demagogias. 

El Gobierno de Pedro Sánchez se apuntaba en junio un tanto ante la mayor parte de la opinión pública española –por lo general, mucho más solidaria y comprensiva con la inmigración que muchos de sus representantes políticos y ante las propias instituciones comunitarias al ofrecer el puerto de Valencia para el Aquarius desembarcara a los 629 inmigrantes que habían quedado a la deriva en el Mediterráneo ante la pasividad de otros países vecinos. Pero pocas semanas después, ese mismo Gobierno de Sánchez se echaba una mancha en su reputación y se creaba tensiones con su socio parlamentario, Unidos Podemos, con la devolución en caliente a Marruecos de 116 migrantes que habían saltado la valla en Ceuta. El método era prácticamente el mismo que el PSOE le criticaba al PP cuando aquel estaba en la oposición y este en el Gobierno. 

En el otro lado del arco político, PP y Ciudadanos se cargaban de razón cuando señalaban las contradicciones y volantazos sobre inmigración del Gobierno y del PSOE y la perdían cuando competían entre sí al echar gasolina al incendio difundiendo bulos, exagerando datos o poniendo en boca del rival frases que nunca dijo. "No es posible que haya papeles para todos, ni es sostenible un estado de bienestar que pueda absorber a los millones de africanos que quieren venir a Europa y tenemos que decirlo, aunque sea políticamente incorrecto", publicaba en su cuenta de Twitter el 27 de julio Pablo Casado, recién elegido presidente del PP. ¿"Papeles para todos"? ¿"Millones" de africanos? A esas alturas del año habían llegado desde África a las costas o a las fronteras españolas unos 24.000 inmigrantes, y la mayoría de ellos siguen hoy sin papeles.

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Otoño caliente, pero no sólo en Catalunya

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Torra durante su visita a la prisión de Lledoners el 17A

Viene un otoño caliente, anunciaba días pasados Pilar Rahola, una de las voces más sonoras del independentismo catalán tras visitar en Bruselas al expresident y factótum poco en la sombra Carles Puigdemont. Parece que viene un otoño político caliente, sí, pero no solo en Catalunya. En Catalunya, en Andalucía, en el Gobierno central y en el PSOE, en el PP, en Ciudadanos, en Unidos Podemos...

La expresión "otoño caliente" hasta hace poco se aplicaban mucho más al mundo sindical y laboral que al de la política y está cerca de cumplir medio siglo, pues nació en Italia con las movilizaciones obreras del otoño de 1969, hijas en parte del clima político creado en mayo del 68 en diversos lugares del mundo. Fue el italiano un fenómeno de "cólera colectiva" -dicen algunos historiadores- que acabó desembocando en los anni di piombo, los años de plomo: la década de los setenta y comienzos de los ochenta, con inestabilidad y caos ya no sólo sindical sino también político, mucha violencia callejera, aparición de organizaciones de extrema izquierda y de extrema derecha muy radicalizadas y al cabo varios atentados terroristas. 

Es altamente improbable que el otoño caliente en Catalunya que anuncia ahora Rahola traiga unos años de plomo, ni en Catalunya ni en el resto de España. Pero, en efecto, tras la casi ninguna tregua política veraniega llega un otoño que previsiblemente va a tensar mucho la vida pública. Por si todo fuera poco, la temporada que ahora comienza desembocará a finales de mayo o primeros de junio de 2019 en un superdomingo de urnas, con al menos elecciones europeas, locales y autonómicas en 13 comunidades, en el que los principales partidos se juegan mucho.

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Juan Carlos de Borbón, ex Tabú I de España

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Juan Carlos I en una imagen de archivo

En noviembre de 2005, en el trigésimo aniversario de la llegada al trono de Juan Carlos I, la mayoría de la clase política y muchos medios de comunicación se llenaron la boca con un alud de incienso hacia su persona. El rey llegaba a la efeméride tan prestigiado, tan por encima de las oscuras previsiones que tres décadas atrás había despertado al convertirse en 1975 en Jefe del Estado por designación directa de Francisco Franco, que hubo incluso quien propuso que se le diera desde entonces y para siempre el apelativo de "el Grande". La propuesta tuvo poco éxito, menos incluso que la de los comienzos del reinado, cuando algunos franquistas y muchos antifranquistas lo apellidaban como "el Breve", pero lo cierto es que Juan Carlos alcanzó con sus treinta años en el trono una de sus más altas cotas de reputación.

Cierto también que había ya algo de impostación en todo aquello. Inviolable y no sujeto a responsabilidad, según el artículo 56 de la Constitución, el rey llevaba también todo su mandato siendo intocable para la prensa. Ni las dudas sobre el papel que jugó en el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 ni los indicios sobre los orígenes y licitud de su fortuna económica y la de su familia ni las evidencias sobre su disipada vida personal se reflejaban en los medios de comunicación. Editores y periodistas tenían una especie de pacto no escrito para proteger al rey, creyendo que así protegían a la entonces débil democracia.

A finales de los años ochenta del pasado siglo, mi jefe en una revista semanal hoy desaparecida me encargó que investigara y escribiera un reportaje acerca de aquellos silencios sobre Juan Carlos I que nos habíamos autoimpuesto los medios. Hablé con muchas fuentes. Titulé mi trabajo "Tabú I de España". Nunca salió publicado.

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El azaroso y nada seguro viaje del PP de Pablo Casado hacia la derecha dura

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Pablo Casado en el XIX Congreso del PP

Hace 50 meses, en mayo de 2014, bien podríamos haber dicho que nos gobernaba una gerontocracia. El rey, Juan Carlos I, que estaba a punto de abdicar, tenía por entonces 76 años. El líder del PP y presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ya había cumplido 59. El del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, 62 muy largos. Y el de IU, la tercera formación con más votos, Cayo Lara, también 62. Edad media del jefe del Estado y de los líderes de las principales fuerzas políticas: 64 años, casi 65.

Cuatro años y poco más después, completados todos los relevos e incorporados a nuestra vida pública los nuevos partidos, el cambio generacional y el rejuvenecimiento general son evidentes. El rey, Felipe VI, tiene 50 años. El líder del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, 46. El de IU, Alberto Garzón, 32. El de Podemos, Pablo Iglesias, 39. El de Ciudadanos, Albert Rivera, 38. Y Pablo Casado, elegido el pasado sábado como presidente del Partido Popular, 37. Media del grupo actual: 40 años. En cuatro años, en conclusión, los liderazgos se han rejuvenecido más de 24, casi un cuarto de siglo.

Lo que ha sorprendido en la llegada de Pablo Casado al mando del PP no ha sido tanto su juventud como la contundencia del resultado -15 puntos porcentuales por encima de su rival, la también joven (47 años) Soraya Sáenz de Santamaría- y la evidencia de que lo ha conseguido gracias a su apuesta por un PP de vuelta a las viejas esencias de derecha pura y dura. Tanto que se diría antañona, que se reposiciona varias décadas atrás, ignorando buena parte de las enormes transformaciones de todo tipo que la sociedad española ha experimentado. Lo nunca visto. Rejuvenecer algo avejentándolo. Caminar hacia adelante marchando firmemente hacia atrás.

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Los estímulos a los indecisos de última hora darán el PP a Santamaría o a Casado

Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado

Debate de ideas aun sin haber debate formal entre candidatos, duras críticas disfrazadas de reproche fraternal, disputa voto a voto tanto en la primera fase como en la segunda… En las primarias del PP está habiendo de todo. Incluso algún atisbo de juego sucio. Para ser la primera vez que la élite del partido les da voz a los militantes a la hora de elegir al líder o a la lideresa del partido, el saldo no está nada mal. A trompicones y con un método muy cuestionado -doble vuelta, pero la segunda no con los militantes sino con compromisarios-, el todavía mayor partido español da pasos en su democratización interna.

Tras más de un mes de proceso electoral, los dos finalistas, Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado, llegan a la recta final de la carrera tan igualados que todo parece indicar que están en manos de los muchos compromisarios aún indecisos, en torno a 600 votos -el 20% del total- según algunos recuentos. En unas elecciones generales, los indecisos de los últimos días oscilan hasta el final entre varias opciones: el partido A, el partido B, incluso el partido C, la abstención... En las primarias del PP, con una segunda vuelta en la que no votan los militantes sino los algo más de 2.500 compromisarios salidos de la primera vuelta, una especie de delegados enviados al Congreso por los territorios, más los más de 500 compromisarios natos (diputados, senadores, alcaldes, altos cargos orgánicos internos…), sólo hay dos alternativas posibles: Soraya Sáenz de Santamaría, 47 años, diputada desde 2004 y durante seis años y medio vicepresidenta del Gobierno, o Pablo Casado, 37 años, diputado desde 2011 y durante los tres últimos años vicesecretario general de Comunicación del PP. Esa vez no habrá apenas abstenciones ni reacciones de voto útil o inútil ni más cálculo que la decisión que tome el indeciso cuando sea llamado a las urnas, poco después del mediodía del próximo sábado 21 de julio.

La apuesta final de los compromisarios, sean indecisos de última hora o sean convencidos desde hace días, no será solo entre dos personas, Soraya o Pablo, Casado o Santamaría, o entre dos presumibles posicionamientos ideológicos del partido, diferentes lo encabece una u otro. Muchos de los votos de los compromisarios, sobre todo de los que aún dudan, estarán también influidos por cómo crea cada votante que le irá a él dentro de la organización si gana una o si gana el otro. Y los equipos de los dos candidatos, que lo saben, emplearán los últimos días de la campaña en tratar de convencer a los indecisos precisamente con esos argumentos personales, con esos estímulos: irás en la lista municipal o autonómica en un buen lugar, tendrás un puesto orgánico, serás asesor con sueldo… No hace falta ver series sobre política para saber que la vida interna de los partidos es así. Del PP y del resto. Incluso la de los nuevos partidos que al nacer abominaban de estas prácticas.

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Pedro Sánchez subirá impuestos, pero menos de lo que proponía hace tres meses en la oposición

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Está aún por ver cuánto de lo que se ha filtrado era globo sonda y cuánto decisión firme ya tomada, pero el anuncio de que el Gobierno de Pedro Sánchez prepara una subida de impuestos ha desatado una cierta polémica que puede convertirse en un vendaval en las próximas semanas.

No vamos a subir los impuestos "a la ciudadanía", solo a la banca y a las empresas tecnológicas, ha dicho este lunes la ministra de Hacienda, María Jesús Montero. Cuando el Gobierno sube un impuesto a la banca, lo acaba pagando el cliente, replican en la oposición. La semana pasada, la ministra concretó algo más: a la banca, a las tecnológicas… y a todas las grandes corporaciones el Impuesto de Sociedades...

A primeros de abril, hace apenas tres meses, cuando el PSOE estaba en la oposición y nadie o casi nadie en el partido pensaba que llegaría al Gobierno en pocas semanas, Pedro Sánchez presentó en la sede central socialista sus Presupuestos Alternativos a los de Mariano Rajoy y el PP. Los socialistas abogaban en ellos por elevar la recaudación tributaria en unos 8.000 millones anuales para -decían- financiar un plan de inversiones y atender mejor el gasto social, y combatir así la desigualdad, que crecía en la sociedad española postcrisis como un mal irrefrenable.

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Rajoy, entre jarrón chino ejemplar y desertor irresponsable

Rajoy frente al Registro de la propiedad de Santa Pola

Salir del poder no es fácil. Cuesta acostumbrarse. Dejarlo del todo, y abandonar la política activa, cuesta aún mucho más. Especialmente si se ha tenido mucho poder.

Tras su derrota electoral en la primavera de 1996 y su caída como presidente del Gobierno, Felipe González aún tardó quince meses en dejar la secretaría general del PSOE y ocho años -hasta 2004- en soltar el escaño, y no ha dejado nunca hasta ahora de intervenir en los principales episodios de su partido. Suya fue aquella expresión de que los expresidentes son como jarrones chinos en apartamentos pequeños: se les supone algún valor, nadie sabe dónde colocarlos y todos esperan que algún niño les dé un codazo y se rompan para poder despejar la sala.

José María Aznar, sucesor de González en La Moncloa, está siendo un jarrón chino aún más latoso que su antecesor. Aznar cedió el liderazgo del PP medio año después de dejar de ser presidente del Gobierno, pero no ha dejado nunca la política activa, especialmente la muy activa y muy activada contra su sucesor en el partido y más tarde en el Gobierno, Mariano Rajoy. La inquina con la que lo trata llama aún más la atención dado que fue el dedo de Aznar en deliberación consigo mismo quien eligió a Rajoy como sucesor. O quizás sea por eso: no le perdona que tenga opinión propia y se haya desempeñado en el liderazgo en el partido y en el Gobierno sin apenas consultarle a su mentor.

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