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El Big One del 10N deja un mapa difícil de gestionar

Las sacudidas del seísmo del 10 de noviembre afectan a todos los partidos, a la mayoría para mal. El nuevo escenario es aún más complicado que el anterior, pero también es una oportunidad para hacer política, y no sólo en Cataluña

Pedro Sánchez durante la segunda votación de investidura.

Pedro Sánchez durante la sesión investidura. MARTA JARA

Desde hace ya más de media década, la política española encadena uno tras otro diferentes seísmos de magnitud elevada que cambian el mapa. Unos son autónomos, otros son réplicas de uno anterior, algunos de ellos van encadenados y comparten epicentro. La alta inestabilidad sísmica de estos últimos años no da momento de sosiego.

El 15M fue quizá el primer movimiento del ciclo. Luego, la emersión de Podemos en las elecciones europeas de mayo de 2014. Poco después, la de Ciudadanos. En mayo de 2015, la hecatombe del PP en autonómicas y municipales; en diciembre, el fin del bipartidismo a nivel nacional.

En 2016, la legislatura perdida de la primera mitad; y en la segunda, el golpe de Estado en el PSOE contra Pedro Sánchez, y su posterior resurrección vía primarias.

El otoño catalán de 2017 con leyes de desconexión, referéndum ilegal del 1 de octubre, amago de proclamación de la República Catalana, encarcelamiento de políticos independentistas con indicios de haber delinquido, huida de Puigdemont, activación del artículo 155 de la Constitución, elecciones autonómicas en las que los independentistas logran hacerse de nuevo con el Govern.

Ya en el 2018, la condena por Gürtel y la crisis casi refundacional del PP, la moción de censura y la llegada al poder de Sánchez, el fin del régimen socialista en Andalucía tras 35 años en el poder y el primer gran aldabonazo de Vox, el bloqueo tras las elecciones de abril de 2019...

Pero quizás ninguno de esos sismos enumerados sea comparable al ocurrido este domingo pasado, 10 de noviembre. Todo un Big One de la sísmica en el que se han producido movimientos tectónicos de incalculables consecuencias. La pujanza con que Vox se ha convertido en tercera fuerza estatal -en gran parte, por los miedos desatados en algunas capas de la población española por la violencia callejera en Cataluña de las últimas semanas- y el freno y marcaje estrecho al PP que ello conlleva. La casi aniquilación de Ciudadanos y el fin abrupto de la carrera política de su hasta ahora único líder, Albert Rivera, que en pocos meses y por sus muchos errores ha pasado de creerse Adolfo Suárez y Emmanuel Macron a irse por el desaguadero de la historia. El nuevo escalón -el del 13%- que ha perdido Podemos. El sideral patinazo de cálculo y de estrategia de PSOE y de Sánchez, que aunque han ganado las elecciones se encuentran volviendo a la casilla de salida de abril, pero con peores piezas, con rivales más fuertes y con un laberinto de difícil salida. La eclosión de pequeños partidos territoriales, nuevos y viejos, que pueden en el futuro hacer de efecto llamada y servir de ejemplo a otros colectivos de indignados. El nuevo aumento, en fin, de votos en la suma de los partidos independentistas catalanes, espoleados por la sentencia del procés y por las movilizaciones ciudadanas posteriores.

Si Cataluña ha sido el gran tema de debate de la campaña electoral y el activador y desactivador de buena parte del voto del 10 de noviembre, Cataluña debería ser también parte importante de las estrategias del PSOE y de Sánchez en las próximas semanas, en su búsqueda del desbloqueo político. No se saldrá de los movimientos sísmicos ni de la inestabilidad constante de estos años sin afrontar y encauzar el problema catalán. Los jueces ya cumplieron su tarea, ahora el conflicto vuelve a la política. Casi el 43% de los catalanes que este domingo pasaron por las urnas dieron su voto a formaciones que abogan por separarse, por irse. El conflicto no puede seguir pudriéndose y extendiendo su espiral de efectos nocivos a toda España.

Sánchez desconfía de los independentistas, y tiene motivos para ello, y por eso va a dirigir sus primeros intentos de investidura y de pacto de legislatura y de coalición hacia su izquierda, al presumible nuevo Ciudadanos transversal y centrado de después de Rivera y a otras pequeñas formaciones territoriales no independentistas, pero no a los partidos catalanes soberanistas. Aunque lo logre sin estos, y lo tiene muy difícil, no puede aparcar el problema catalán y resignarse a que el lío se cronifique. Antes o después habrá de sentarse con los independentistas para buscar alguna vía de salida -legal- al problema. Si no encauza el conflicto catalán, no tendrá ni fuerzas ni estabilidad política suficiente para abordar los otros grandes asuntos de los que hay que ocuparse: la desaceleración económica, la desigualdad rampante que dejó la anterior crisis, los problemas sociales, las pensiones, la España vaciada, la educación, los jóvenes sin futuro, la extrema derecha...

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