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El PP de Pablo Casado se la juega en las urnas de abril

El resultado de las elecciones gallegas y vascas afectará a los partidos también a nivel nacional, y especialmente al hegemónico de la derecha

El 5A dispara en el PP las ganas de revancha contra el liderazgo y la estrategia de Casado

Casado compara a Sánchez con Boris Johnson y avisa: "España no merece nuevas elecciones ni un presidente como usted"

Pablo Casado, líder del PP.

Todas las formaciones políticas se la juegan en las elecciones del próximo 5 de abril. No solo en las dos comunidades que están llamadas a las urnas, Galicia y el País Vasco, sino también en el ámbito estatal de cada una de ellas. Pero ninguna se la juega tanto como el Partido Popular y especialmente su líder nacional, Pablo Casado. En los resultados de dentro de un mes le va mucho de su estabilidad al frente del partido. A veces, una derrota local es un triunfo a nivel nacional. Y a la inversa: un triunfo local puede convertirse en una pesadilla visto desde la óptica general.

Para los partidos en el Gobierno central, PSOE y Unidas Podemos, las elecciones gallegas y vascas son un test relevante, el primero al que se someten desde su llegada al poder. El Ejecutivo de Pedro Sánchez lleva menos de dos meses de ejercicio. Ya ha tenido algunos aciertos y algunos errores. Ha logrado algunos éxitos y dado algunos traspiés. De la oposición no ha tenido ni los cien días de gracia habituales. De los ciudadanos, tampoco. Habrán pasado bastantes menos de cien días entre la toma de posesión del Ejecutivo y el veredicto de las urnas gallegas y vascas. Es cierto que los votantes no se pronuncian igual en unas elecciones generales y en unas autonómicas, pero también lo es que hay momentos, entre ellos los de cambio de ciclo electoral -y ahora estamos en los comienzos de uno-, en que la política estatal influye mucho en el veredicto electoral de los ciudadanos ante las urnas autonómicas.

El PSOE no es ni de lejos el mismo PSOE de las anteriores elecciones gallegas y vascas, las de finales de septiembre de 2016. Aquel era un PSOE dividido, en el que los barones levantiscos, con Susana Díaz a la cabeza, acechaban a su líder, Pedro Sánchez, para acabar con su mandato interno y cambiar la estrategia externa del partido hasta convertirlo en un cooperador del PP de Mariano Rajoy. Díaz aprovechó incluso sus desplazamientos a la campaña electoral gallega para, lejos de sus dominios andaluces, conspirar con otros barones socialistas contra Sánchez. Fue en una población castellanoleonesa cercana a Galicia donde la presidenta autonómica andaluza pactó con el presidente autonómico asturiano, Javier Fernández, ambos socialistas, la estrategia para acabar con el liderazgo interno de Sánchez y desalojarlo de la sede central del partido en Madrid. La conspiración culminó el 1 de octubre, sábado, en uno de los episodios más vergonzosos del PSOE en sus casi siglo y medio de historia.

El PSOE de ahora es otro. Sánchez fue expulsado a las tinieblas exteriores, pero contra todo pronóstico recuperó el liderazgo y se impuso a aquellos barones y al aparato histórico de poder, logró un nuevo mandato interno de sus bases, llegó al Gobierno mediante una moción de censura en la que pocos le daban probabilidades de éxito y ha vuelto a revalidar su presidencia después de dos elecciones, en abril y noviembre pasados, y tragándose el sapo de incorporar al Gobierno a Podemos.

El 5 de abril, el PSOE tiene mucho que ganar en Galicia, donde mejorará claramente sus resultados de hace tres años y medio y acaricia la posibilidad de gobernar en un tripartito con BNG más las mareas/Podemos: y bastante que perder en Euskadi: la posibilidad de seguir en el Gobierno como el socio pequeño del PNV. Según las encuestas, lo primero es posible; y lo segundo es poco probable.

Podemos, por su parte, no parece que vaya a mejorar sus resultados de 2016 ni en las urnas gallegas ni en las vascas. Aspira a frenar la fuerte caída que le pronostican todas las encuestas y, en Galicia, a retener los escaños suficientes como para que ser el tercer socio de un Gobierno alternativo al del PP.

El caso de Ciudadanos es muy peculiar. Con la alianza con el PP en País Vasco, camuflará su declive y se puede encontrar con dos escaños a los que ni remotamente podía aspirar en solitario. En Galicia, si finalmente comparece, tiene más posibilidades de quedar en evidencia su debilidad que de mostrar algún atisbo de recuperación.

En cuanto a Vox, ha fijado todas sus ambiciones para el 5-A en Galicia, donde puede tener la llave de gobierno de Feijóo, el líder del PP galleguista y moderado al que no le gustaría nada tener que negociar su investidura con el partido de Santiago Abascal.

En las urnas de abril, es el PP quien realmente más se juega. El PP vasco, echado a la derecha casi extrema por el líder nacional, Pablo Casado, al desalojar al moderado Alfonso Alonso y sustituirlo por el aznarista Carlos Iturgaiz, tiene según las encuestas muchas más posibilidades de empeorar que de reforzarse. El PP gallego de Feijóo se encuentra ante tres escenarios posibles a la luz de los sondeos: lograr la mayoría absoluta y gobernar en solitario, depender de Vox para seguir en el Gobierno o ser desalojado del poder por un tripartito liderado por los socialistas. Al PP estatal de Casado quizás lo que le vaya peor sea el primero de los escenarios. Un Feijóo reforzado sin contar ni con Ciudadanos ni con Vox, contraviniendo por tanto la estrategia que marca la dirección nacional, convertirían al líder gallego en una poderosa alternativa interna del propio Pablo Casado.

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