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Sánchez e Iglesias pasan de la lengua a la literatura

Tras muchas semanas enredados en las palabras -Gobierno de cooperación o Gobierno de coalición, altos cargos o ministros- y tropezando en los nombres -sobre todo en el del jefe de Unidas Podemos-, los líderes de PSOE y UP rompen y se vuelcan en el relato de quién es el culpable

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Pedro Sánchez

Todo está en la lengua, todo es lengua. Las palabras hasta pueden contener en sí mismas el objeto. Lo escribió Jorge Luis Borges en versos endecasílabos, evocando a Platón: "Si, como el griego afirma en el Cratilo, / el nombre es arquetipo de la cosa, / en las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo".

La política española lleva décadas enredando en las palabras. Desde los eufemismos para no llamarle a las cosas por su nombre hasta el abuso de la sinécdoque, esa curiosa figura retórica por la que, por ejemplo, todos los políticos han tomado alguna vez la parte -la de sus partidarios- por el todo: el conjunto de los españoles. Últimamente ya nuestros políticos entran incluso en el manejo del orden de la oración y en la función de cada uno de sus elementos. Por ejemplo: si a la frase "políticos presos", sustantivo más adjetivo, le damos la vuelta hasta "presos políticos", convirtiendo el adjetivo en sustantivo y el sustantivo en adjetivo, habremos abierto un desabrido debate público sin posibilidad de acuerdo entre posiciones ciertamente irreconciliables. Y no hablo ahora de gramática sino de política.

Aunque, para innovaciones lingüísticas recientes, pocas como la del secretario general del Partido Popular, Teodoro García Egea, que llama a todos los Ejecutivos autonómicos y municipales que su partido monta apoyándose en Ciudadanos y en Vox "Gobiernos de la libertad", en una excusatio non petita tan poco reflexionada que ha llegado a llamar Egea así, "de la libertad", incluso a algún Gobierno del tripartido de derechas que sustituía a otro monocolor del propio PP. ¿De qué cadenas habrán librado a sus gobernados?

Han pasado ya once lunes desde las elecciones generales del pasado 28 de abril, y en esta la duodécima semana, y a solo una de la primera votación de investidura, los dos líderes de la izquierda que parecían condenados a entenderse, Pedro Sánchez (PSOE) y Pablo Iglesias (Unidas Podemos), han decidido no entenderse y pasar de las musas de las palabras -Gobierno de cooperación frente a Gobierno de coalición, vicepresidentes y ministros versus secretarios de Estado y otros altos cargos- al teatro trágico, dramático y cómico del relato. Del relato de quién es el verdadero culpable de que no hayan sido capaces de entenderse. Han pasado al relato, a la narrativa, a la literatura, en ambos casos probablemente con un punto de literatura de ficción, sin abandonar por ello las palabras, las malas palabras. Ha dicho Sánchez que la consulta de Iglesias a sus bases es una "mascarada" -DLE: "Mascarada. Farsa (acción realizada para fingir)"- después de que Iglesias dijera que la propuesta del PSOE y de Sánchez de nombrar solo a ministros "técnicos" de Podemos es una "idiotez" -DLE: "Idiotez. Hecho o dicho propio de un idiota"-.

Tantas vueltas y revueltas, tantas idas y venidas, para confirmar ahora del todo lo que desde hace tiempo se sospechaba. El problema político de fondo era lingüístico. El problema era una palabra, un nombre. ¿Cooperación, coalición? ¡No! Un nombre propio: Pablo Iglesias Turrión. El único nombre que en ningún caso quería Pedro Sánchez Pérez-Castejón que figurara en el listado de su Gobierno, en la mesa de su Consejo de Ministros.

La ruptura ha sido tan dura y brusca, que es muy improbable la vuelta atrás de los que hasta hace nada parecían condenados a entenderse. Parecen felices de haberse saltado la condena. Sus votantes, de uno y de otro, quizás no tanto.

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