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Antonio Sáez Delgado

Profesor de la Universidad de Évora y traductor.

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Esplendor na fronteira

Vivo numa cidade fronteiriça. Saio todos os días de casa às nove da manhã, faço uma hora de caminho de carro e chego ao trabalho às nove em ponto. Algumas vezes, se for com pressa, às nove menos cinco. Esta espécie de viagem no tempo, disfarçado de diferença horária, é vivida diariamente pelas centenas de habitantes da Estremadura que vivem em Espanha e trabalham em Portugal. Saio às nove da manhã de Badajoz e chego à Universidade de Évora, no Alentejo, às nove em ponto. Ou menos cinco. A zona que rodeia essa fronteira, no troço estremenho, tem um nome simbólico de alta tensão: a Raia. Os habitantes dessa Raia aprenderam a viajar entre um território e o outro procurando o melhor de cada lado, numa afortunada dupla nacionalidade cultural que é provavelmente o maior privilégio de viver na região.

Num texto escrito há um século, Fernando Pessoa defendia que finalmente os países se tinham dado conta de que uma fronteira, apesar de separar, também unia; e que se duas nações vizinhas são duas pelo facto de serem duas, quase que podem moralmente ser uma só por serem vizinhas. Passaram quase cem anos e a obstinada história continua a trazer-nos um tema que resiste ferozmente à erosão da passagem do tempo: Portugal e Espanha, dois países de costas e que se olham com receio, desconfiados ou presumidos, arrogantes ou com desdém.  No entanto, nada como raspar a pele da realidade para provar que essa imagem de vizinhos desentendidos hoje já não faz sentido e, inclusivamente, questionar-nos se alguma vez existiu realmente.

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Esplendor en la frontera

Vivo en una ciudad de la frontera. Salgo cada día de mi casa a las nueve de la mañana, hago una hora de camino en coche y llego al trabajo a las nueve en punto. En algunas ocasiones, incluso, si voy con prisa, llego a las nueve menos cinco. Esa especie de viaje en el tiempo, disfrazado de cambio horario, lo experimentamos a diario los cientos de extremeños que vivimos en España y trabajamos en Portugal. Salgo a las nueve de la mañana de Badajoz y llego a la Universidad de Évora, en el Alentejo, a las nueve en punto. O a menos cinco. El territorio alrededor de esa frontera, en el tramo extremeño, tiene un nombre de alto voltaje simbólico: La Raya. Los habitantes de esa Raya han aprendido a viajar de un territorio a otro buscando lo mejor de cada sitio, en una suerte de doble nacionalidad cultural que es, quizá, el mejor privilegio de quien vive en esta región.

En un texto escrito hace un siglo, Fernando Pessoa defendía que por fin los dos países se habían dado cuenta de que una frontera, aunque separe, también une; y que si dos naciones vecinas son dos por el hecho de ser dos, pueden moralmente ser casi una exactamente por ser vecinas. Han pasado cien años y la obstinada historia nos sigue hablando de un tópico que resiste ferozmente a la erosión del paso de tiempo: Portugal y España, dos países de espaldas, que se miran con recelo, desconfiados o soberbios, arrogantes o desdeñosos. Sin embargo, nada mejor que rascar la piel de la realidad para comprobar que esa imagen de los vecinos desentendidos hoy no es cierta, e incluso para cuestionarnos si alguna vez lo fue en realidad. 

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