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Fernando G. Mongay

Fernando G. Mongay ha colaborado en El País, Muy Interesante, Quo y Diario del AltoAragón, entre otros medios. Ha publicado varios libros, el último: “Quiénes son, qué piensan y cómo trabajan nuestros mejores emprendedores" (Gestión 2000, Planeta). Ha dirigido las 20 ediciones del Congreso de Periodismo Digital, que se celebra en Huesca desde el año 2000.

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Me paso el día 'zoomeando'

Nuestras vidas cotidianas se han convertido en virtuales en las últimas semanas. Hoy, he 'asistido' a un evento de 45 minutos en Nueva York sin salir de casa, el traumatólogo me ha pasado consulta por teléfono y he hablado en una videollamada con mi suegro que tiene 93 años. Horas y horas de charlas con familia y amigos a través de Skype, cientos de mensajes de Whatsapp, reuniones por Meet, eventos por Blue Jeans o Zoom, un software de videollamadas y reuniones virtuales que se ha puesto de moda en el confinamiento planetario. En pocos días, ‘zoomear’ se ha convertido en un verbo popular.

Leo en un periódico argentino que se están poniendo de moda los ‘zoompleaños’ y las bodas virtuales. Un mago estadounidense ofrece su espectáculo para pequeños grupos en Internet. La gente destina una habitación de casa para asistir a clases de pilates, yoga e, incluso, Hapkido, un arte marcial coreano, que reciben por el ordenador y cuestan la mitad de precio que las presenciales.

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La pandemia de los periodicos

El pasado domingo, si no conté mal, en el primer periódico de España solo había un anunciante. Un recuadro en portada y una página completa de un banco eran los únicos ingresos publicitarios de un periódico que imprime 100 páginas entre el diario y suplementos. Por su parte, en el suplemento semanal a color (76 páginas) solo llevaba dos páginas de publicidad. Una ruina. Los periódicos, que padecen desde hace tiempo todo tipo de recortes para intentar imprimir a diario, ahora se encuentran en la UCI dudando sobre si podrán sobrevivir a la pandemia COVID-19.

Tina Brown, que ha cumplido 66 años, desarrolló una de las carreras más brillantes en el periodismo durante las décadas de los 80 y los 90. Brown dirigió nada menos que Vanity Fair y The New Yorker, dos revistas que forman parte de la nobleza de las publicaciones de alto presupuesto. Después de llegar a la cumbre del periodismo, decidió dejar la tinta y el papel para dedicarse al negocio de los eventos con la cumbre “Mujeres en el mundo”, que se realiza en el Lincoln Center de Nueva York. 

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¡Adiós 2020!

La Covid-19 se lleva a 2020 al carajo. Las noticias que llegan de cualquier rincón del planeta son, sin rodeos, malas. Y no me refiero a las del FMI o las del Banco de España, que da la impresión de que sus pronósticos podrían venir de una de esas personas que ofrecen la buenaventura a cambio de unas monedas en los puntos turísticos más concurridos. Los gobiernos, salvo unas pocas excepciones, toman decisiones precipitadas porque nunca se habían visto en una pandemia y, seamos sinceros, no saben muy bien cómo gestionarla. 

Vemos, sin inmutarnos, cómo se suspenden o aplazan las actividades culturales de los próximos meses, los congresos y cualquier otro evento social.  Hasta las grandes tecnológicas dejan de hacer actos públicos: Facebook anunció que no realizará eventos presenciales hasta junio de 2021. Las fiestas de los pueblos empiezan a desaparecer del calendario. Se han suspendido los sanfermines. Este pasado jueves no se celebró San Jorge en las calles y plazas de Aragón.

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Burro mal esquilado, a los siete días igualado

Hunter S. Thompson está considerado como el exponente del periodismo gonzo, un estilo de reportaje donde el periodista forma parte de la historia e, incluso, puede influir modificando el relato con su participación. Sin llegar a los reportajes de Thompson, que todavía hoy se publican en libros, un reportero de The New York Times decidió experimentar en su propio cuerpo: se cortó el pelo y lo contó paso a paso en su periódico.

Con una máquina barata, Michael Gold, un editor de redes sociales, cortó su pelo en un pispás. Además, el reportero empleó el teléfono móvil como espejo para poder ver las partes más complicadas de su testa. Gold inició el trabajo desde el centro, pasando la máquina de la frente hacia atrás. Luego, acometió las sienes y, finalmente, eliminó el pelo que va desde el cuello hasta la coronilla. Con la ayuda del teléfono, realizó los correspondientes repasos. No obstante, en la pieza advierten de que si se tiene a una persona para encomendarle la tarea siempre puede quedar mejor.

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La vida digital cuando estás anidado

De este confinamiento solo se sale al exterior a través de Internet. Tenemos el mundo físico prohibido y sumergimos nuestra vida en el digital para escapar del aislamiento. WhatsApp, Telegram, Instagram, Twitter, correo, Skype, FaceTime, Zoom, Netflix, HBO, Movistar+, Disney, RTVE a la carta… Un sinvivir. Y eso que no empleo casi nunca Facebook. Bueno, sí, para ver a los Titiriteros de Binéfar, pero para nada más.

A veces almuerzo los sábados con unos amigos. El sábado pasado nos reunimos en Skype a las 10 de la mañana. Comimos huevos, jamón y un poco de queso, pero cada uno en nuestra casa. Charlamos dos horas de lo divino y de lo humano. Nos pusimos al día porque, paradojas de la vida, hace dos o tres meses que no nos reuníamos.

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Títeres en la cuarentena

La semana pasada, Mateo se ha sentado frente al ordenador todas las mañanas porque se ha convertido en un seguidor incondicional de Los Titiriteros de Binefar, que han tenido la excelente idea de hacer una función diaria de diez minutos a las diez de la mañana mientras dure el confinamiento.

El viernes, por ejemplo, Paco Paricio contó y cantó la historia de un burrito al que le duele la cabeza. Para curarlo, el médico le manda una gorrita negra. Al burrito también le duele la garganta y, como todo el mundo sabe, para ese dolor solo hay que ponerle una bufanda blanca.

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Los quioscos de prensa afrontan un año complicado: pocas ventas y jubilaciones abocan a su paulatina desaparición de las calles

Enero no ha sido un buen mes para los quioscos de Zaragoza: dos emblemáticos puntos de venta de periódicos y revistas han echado el cierre. En algunas ciudades han cerrado más del 50% en los últimos años. Cuando el quiosquero se jubila, no hay relevo. Abrir casi todos los días del año, incluidos los festivos, con un mínimo de 12 horas diarias de jornada laboral, no parece el mejor reclamo para captar nuevos quiosqueros.

El paisaje urbano pierde el encanto de los puestos de ventas de diarios. De seguir así, pronto los quioscos callejeros pasarán a ser un recuerdo. Una situación que se produce en muchas ciudades del planeta. Una periodista española se quejaba hace unos meses de que no encontraba un sitio para comprar periódicos en Nueva York. A veces, la solución para no cerrarlos pasa por la que han adoptado en los tradicionales quioscos de Gran Vía en Madrid, donde se dedican a vender ‘souvenirs’ y botellines de agua para turistas en lugar de periódicos.

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¿Gusta?

Anchor Oyster Bar es una pequeña marisquería que abrió sus puertas en 1977 en Castro, San Francisco. En realidad, es tan pequeña que solo se pueden sentar veinticinco comensales, contando los ocho taburetes del mostrador. El menú es sencillo e incluye, además de ostras, sopas, cócteles y hamburguesas de marisco y pasteles de cangrejo. 

Está siempre lleno y no es fácil conseguir un hueco para comer. No admiten reservas. Al único que le reservan un espacio en la barra cerca de la cocina es a John, un veterano que pasa de los ochenta y que acude al restaurante todos los viernes a las cinco de la tarde desde hace 22 años. Últimamente no es muy puntual y le preocupa perder su sitio en la barra. Todavía conduce su coche: “Hay mucho tráfico en San Francisco y a veces llego tarde”. Nada más sentarse le sirven pan y aceite, en lugar de la mantequilla que ofrecen al resto de los clientes porque hace tiempo que el médico le prohibió comer grasas.

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Me importa un comino

Cuando algo te importa poco o nada se suele decir: ‘me importa un comino’. Es una expresión habitual, popular, conocida por todos, que puede servir hasta para zanjar una conversación. Algunos más deslenguados emplean ‘me importa un huevo’ o ‘un pito’. A veces se utiliza ‘me importa un pimiento’.

Se escucha mucho ‘me importa un bledo’. También se emplea el rábano, el pepino y otros frutos y hortalizas. Resulta que el bledo es una planta de tallos rastreros. Y 

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Un tontolaba

Tontolaba es una palabra redonda. Si fulano es un tontolaba, no hace falta decir nada más. No conozco un adjetivo mejor para expresar de forma contundente la estupidez de alguien, la falta de valía y la cretinez. Forges la empleó en alguna ocasión, pero la escribía con hache: “Tus padres son unos tontolhabas”, diagnosticaba al niño el médico, mientas sus padres escuchaban en segunda fila. Se  puede encontrar también separada: ‘tontol haba’. Y sin contracción: ‘tonto del haba’.

Parece ser que tontolaba proviene del roscón de Reyes. Como es sabido, todo roscón debe llevar un regalo y un haba. El que en su trozo de roscón encuentra el regalo es coronado. Mientras que debe pagar el roscón quien se topa con el haba.

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