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José A. Alemán

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“Entre todos la mataron y ella sola se murió”

De los tiempos en que los abuelos eran viejos y se les suponía sabios data el adagio con que titulo porque, en efecto, puede decirse que entre todos mataron la legislatura y ella sola se murió. Lo tenían siempre las abuelas en la punta de los labios cuando un crac de algo quebradizo estampado contra el suelo llegaba desde la habitación en que jugaba o se peleaba la jauría de nietos y no había forma de averiguar quien fue el culpable de la fechoría. Supe con el tiempo, que los abuelos, ante la invasión de su casa por la chiquillería el 6 de enero quitaban de en medio cuanto fuera susceptible de hacerse añicos por más que siempre se les quedaba atrás alguna pieza. Ya de mayor comprendí el drama al punto de antojárseme determinante que de la resignación de aquellas generaciones que pasó de hijos, los que Dios quiera a no ir más allá de la parejita con el inconveniente añadido de que la abuelitud estaba entonces sobrevalorada mientras que hoy al haber menos nietos, son menos también los abuelos y ya saben cuanto degrada la escasez a las instituciones.

Relaciono lo anterior, no me pregunten la razón, con la necesidad fetichista de conservar la jarrita de porcelana del juego de té sobreviviente de un feroz pelotazo que redujo lo que pudo salvarse a chapuceras reconstrucciones domésticas con Imedio; puro fetichismo pues en la base de la pieza figura el sello de marca centrado por una cabeza de unicornio aureolada con el nombre del fabricante: Enoch Wedgwood (Tunstall) Ltd. quien, si mal no recuerdo, fue el suegro de Darwin. Lo que me lleva a una sesión sobre evolucionismo organizada por el Museo Canario a caballo de los años 50 y 60 del siglo pasado, lo que ya era osadía, en la que se plantó el padre Martín Sarmiento, sacerdote claretiano, conocido por un integrismo que desahogaba en el púlpito y en los micrófonos de Radio Catedral, la emisora del Obispado. No comprendí la sorpresa de los organizadores al verlo allí, hasta que se levantó trémulo de ira (santa, por supuesto) y barbotó que había entrado en la sala convencido de que el hombre no descendía del mono y se iba convencido de que al menos descendían del animalito los asistentes a aquella sesión. Como la mayoría de los presentes conocía al personaje, se tomaron la ocurrencia con socarronería y alguna carcajada que hirió menos el sentido del ridículo del sulfuroso clérigo que los chillidos simiescos para alertar a Johnny Weissmüller de que se acercaban cazadores blancos por la parte del río para que fuera a romperles los rifles.

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Batiburrillo, según y cómo

Mi colaboración de la semana pasada no gustó a los lectores que se tomaron la amable molestia de calificarla de “batiburrillo”. Releí lo escrito y no les falta razón pues no abundé en la posibilidad de una vuelta a las andadas que haga a Europa, por tercera vez, escenario de partida de una nueva guerra mundial que añadir a las dos libradas en la primera mitad del siglo XX y que coronaron la violenta historia del Viejo Continente de la que se responsabiliza en gran parte a los nacionalismos; aunque quienes en su día barruntaron malo el ascenso de fascistas y nazis y de la abundancia de autócratas salvadores fueron tildados de cenizos y exagerados por indicar el peligro de los ultras que en la España de Franco eran los que se llamaban a sí mismos “nacionales” o “bando nacional”, no casualmente.

Lo que no se pudo obviar al concluir la Segunda Guerra fue la infinita capacidad destructiva de las armas modernas a las que se incorporó en 1945 la nuclear. Las dos bombas atómicas lanzadas en Hiroshima y Nagasaki aterrorizaron al mundo y empujaron a un buen número de personalidades internacionales de la política, la cultura, el pensamiento, etcétera, a los acuerdos que cuajaron, en 1957, con la firma del Tratado de Roma que puso en marcha la Comunidad Económica Europea (CEE), el mercado común o la Europa de los Seis. Adenauer, Churchill, De Gasperi, Schuman, Simone Veil, Melina Mercouri y muchos ilustres más impulsaron la hoy UE que lleva en sus genes, precisamente, la prevención contra los nacionalismos considerados causa principal de la violencia crónica secular europea y de las dos conflagraciones planetarias iniciadas en su territorio, como dije. No es casual que los ejércitos de Franco y sus partidarios se llamaran a sí mismos “nacionales”; como ahora, dicho sea de paso, la derecha descentrada PP-Cs se autodenomina “constitucionalista” lo que no le impide ir de bracillo con Vox, una fuerza juramentada para acabar mismamente con el Estado constitucional. Aunque insistan en lo del batiburrillo, si se fijan verán que todo es parte de lo mismo.

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Europa se la está jugando

“Ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en este mundo, proclamó José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, en los años 30 del siglo XX. Una afirmación, faltaría más, que los turiferarios del Movimiento Nacional adoptaron en lo que sus perseguidos y asesinados se inclinaban por Luis Cernuda que en la misma época se proclamó español, sí, pero sin ganas.         

Viene el recordatorio a cuenta de que los brexiters piensan, según los analistas, que salir de la UE les beneficiará ya que una vez fuera y libres del engorro continental, los europeos les concederán cuanto pidan por esa boca. Creen, pues, que ser británico es de las pocas cosas serias que se puede ser en la vida. Sin embargo, no todo el monte es orégano, como ya sabe Boris Johnson.

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Todos los fuegos el fuego

“Todos los fuegos el fuego” tituló Julio Cortázar el séptimo de los ocho cuentos integrados en el pequeño volumen que ya en 1966 conoció las cuatro ediciones iniciales en la de la Editorial Sudamericana, de Buenos Aires. Nada que decir sobre el autor que no se haya dicho ya salvo que los incendios forestales me empujan a un viaje por el espacio y el tiempo, como los que propone Cortázar en su librito así que regreso concretamente y por un momento a la vez remota en que a la jarca de adolescentes veraneantes que todavía éramos se nos fue de la mano el fuego acabado de prender en un manchón de hierba seca en lo alto de la montaña del pueblo de cuyo nombre prefiero no acordarme, no vaya a corporizarse el alma de Pepito, el guardia en la puerta de mi casa a pedirme cuentas. Todo ocurrió porque vino una inesperada brisa de soplo suave, pero constante, a levantar las llamas que ganaron altura y no les digo del tamaño de la sorpresa cuando, ya de vuelta al pueblo, comprobamos que nadie se había percatado de nada. 

Pasaron los meses y los años ante del día en que oí, de manera incidental, un comentario sobre la rutina pastoril de quemar la yerba seca para que vuelva a crecer el buen pasto verde y potente con las primeras lluvias: debieron atribuir a los pastores la quema del manchón aunque, a veces, pienso que eso no se lo oí yo a nadie sino que la conclusión obedecía al deseo subconsciente de que así fuera y liberarme de un ya muy vago sentimiento de culpabilidad. Dicen que esas cosas pasan e inspiran a los guionistas de cine y de TV. “Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema” rezaba, en fin, un eslogan franquista para la prevención de incendios que el inolvidable Chumy Chúmez reprodujo en una de sus viñetas añadiéndole a la frase un “señor conde” que lo convirtió en ironía latifundista más que en solución a mi sentimiento de culpabilidad. .  

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Trump en entredicho

En Estados Unidos mueren cada año unas 30.000 personas por arma de fuego. A las correspondientes a 2019 acaba de añadirse la treintena de víctimas del pasado fín de semana de sendos tiroteos en El Paso (Texas) y Dayton (Ohio), dos ciudades distantes entre sí unos 2.000 kilómetros. La primera es fronteriza con un 80% de población hispana y figura entre las más seguras y con mayor sentido de convivencia del país, lo que contraría al presidente. Por su parte, Dayton es la ciudad natal de los hermanos Wright, pioneros de la Aviación pero se la recuerda hoy más por su papel en la II Guerra Mundial pues allí fabricó la NCR Corporation de motores de avión y equipos como el que desentrañó el cifrado de la Enigma alemana. Fue Dayton, además, sede de un proyecto relacionado con el Manhattan, que desarrolló partes de la Fat Man, la bomba atómica lanzada sobre la ciudad japonesa de Nagasaki. Cerca de Dayton, la base aérea de Wright-Patterson fue el escenario de la firma de los acuerdos de paz que el 1 de noviembre de 1995, pusieron fin a cuatro años de guerra en los Balcanes.

La noticia de las matanzas llegó al presidente Trump en su campo de golf de Bedminster, New Jersey, desde donde subió a las redes mensajes de condena de hechos que atribuyó a enfermos mentales, al tiempo que arremetía contra el supremacismo blanco y negaba que el odio ocupara algún espacio en la vida americana. Pero, qué quieren, ahí están sus discursos, sus mensajes en las redes sociales, su empeño en el muro fronterizo, etcétera, iniciativas con las que pretende preservar al país de hispanos y otros delincuentes, violadores, asesinos, traficantes de seres humanos y de drogas. Pone tan bonitos a los hispanos que se entienden medidas tan crueles como la separación forzosa de menores inmigrantes de sus padres; o las redadas a la caza y captura de ilegales con fines intimidatorios. El miedo como mecanismo de control. Hay en las intervenciones presidenciales de todo menos referencias a la realidad de que El Paso figura entre las ciudades USA más seguras y es un ejemplo de convivencia de quienes viven a uno y otro lado del Río Grande al que cruzan constantemente en las dos direcciones.

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Comunistas de extrema izquierda

Juan García Hortelano murió en 1992 no sin antes contarle a Rosa María Pereda cierta huida suya de la “gristapo”, como llamábamos a la Policía Armada de Franco en “memoria” de la Geheime Staatspolizei, la Gestapo de Hitler. Ocurrió en los años 40 o 50 del siglo pasado cuando el escritor era todavía estudiante y sospecho que el dichete del cuerpo policial, bien nutrido de mastodontes uniformados, no complacía a quienes vigilaban las pulsiones desviacionistas que pudieran aquejar al mester de rojería. La humorada, pudieron pensar, favorecía a las fuerzas de choque, las humanizaban por así decir con el riesgo de popularizarlas. Mucho debieron sufrir aquellos guardianes de la ortodoxia cuando el eurocomunismo ya en puertas introdujo profana tolerancia a comentarios alienados acerca de las talentosas ocurrencias y diabluras sobre el césped de Germán o Guedes. Ya por entonces le disputaba el fútbol a la Religión como opio del pueblo.

Y me aparto del colorido local de vuelta a García Hortelano, a quien dejé en su carrera despavorida delante de la “gristapo”; uno de esos carrerones en que el corredor se golpea alternativamente los bajos traseros con sus propios talones, que es el modo fino de describir fugas despendoladas en que las patas te llegan al culo.

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Estado de perplejidad

Contra lo que su propio nombre indica, la perplejidad es asombro ante lo insólito o inesperado sin que se sepa, a ciencia cierta, si quedarse sin habla equivale a no saber qué decir. Pero no nos preocupemos por medios días habiendo días enteros. Quiero decir que si a las 48 horas los síntomas persisten y ganan intensidad es debido a que el estupor inicial se ha transformado en “estado de perplejidad” que podría devenir crónico si cuanto nos viene mal dado se pone peor. Así las cosas, me topé en la tele a Pablo Iglesias, líder de Unidas/Podemos batallando la intemerata para llevarse al huerto a Pedro Sánchez, presidente en funciones del Gobierno español, quien, además de no estar por dejarse llevar tampoco renunciaba a calzar él por su oponente. 

Desconfianza mutua 

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La Historia recuperada

La “consagración” de Risco Caído y las Montañas Sagradas por la Unesco contribuirá, espero, a enterrar definitivamente el falso relato de la Conquista de Gran Canaria. Creo que el reconocimiento de la Cultura de nuestros antepasados o predecesores prehispánicos en el complejo de Risco Caído cabe emparentarlo con episodios como el paso a mejor vida de la procesión del “Pendón de la Conquista” en la mañana del 29 de abril, fecha en que hace 536 se consideró por lo visto “sometida” la Isla. Dos hechos que apuntan en la misma dirección de poner las cosas en su sitio.

Recuerdo desde niño aquel esperpento procesión en que desfilaba el pleno del Ayuntamiento de Las Palmas, todos endomingados de fracs que, siendo atuendo de veladas nocturnas, admite excepciones como la de aquel cortejo diurno que iba de la Catedral a la iglesia de Santo Domingo y vuelta sin perro que le ladrara pues nadie se detenía a su paso por las calles desiertas. La indiferencia ciudadana no afectaba, eso es verdad, a la solemne gravedad del cortejo convertido en involuntaria alegoría de la dictadura franquista que, como todas, pasaba del populacho. Sobrevolaba todo el estruendo de las andanadas, desde la batería del risco de San Juan, supongo, y no sé si incluir en mis recuerdos trompetas y tambores militares pues no recuerdo que participaran.

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Los jueces contrarían al bloque PP-Cs-Vox

Ya cansa esto de tener listas las colaboraciones semanales y desecharlas para comenzar de nuevo porque aparecen nuevas noticias que, a su vez, quedan enseguida viejas a la velocidad que va todo. Así, pensaba yo ocuparme de las aventuras y desventuras de Pedro Sánchez y de cómo se esfuerza la derecha en bloquearlo por razones tanto políticas como derivadas de la rabieta envidiosa ante alguien que consideraron por desahuciado y ¡zas! se les coló al primer descuido hasta la presidencia del Gobierno dejando tamañita hazañas como la de Pablo Casado y sus récords de eficiencia académica.

Pensaba, ya digo, ocuparme in extenso de los pasos ya dados por Sánchez y sus rivales y sin embargo enemigos y he de conformarme con la versión resumida con vistas a que vamos de cabeza a la repetición de las elecciones generales. Antes intentará Sánchez ser investido el próximo día 23, martes, en la votación que seguirá al pleno del Congreso del día anterior. Como no saldrá en esa primera votación, habría que ir 48 horas después a una segunda, lo que no ocurrirá esta vez porque la han suprimido pues se da por descontado que también la perderá el aspirante a la investidura. Y así, entre una cosa y la otra, atravesaremos a toda leche el mes de agosto con el Parlamento en silencio para plantarnos otra vez con lo mismo y tras otras vuelta de calendario en el 21 de septiembre, sábado, con un nuevo pleno del Congreso que el lunes, 23, y si Dios no lo remedia volverá a catear al ahora mismo presidente en funciones al que apenas le quedará resuello suficiente para convocar elecciones generales a celebrar, como muy tarde, el 10 de octubre. Habrán pasado desde el 22 de este mes nada menos que ciento once días, si he contado bien, para no llegar a nada. Estamos al final del viaje desde el bipartidismo que no fue eliminado, como dicen, sino sustituido por el actual “bloquismo” en el que se han alineado los dos partidos de derechas –Ciudadanos y Podemos- que saltaron al ruedo dispuestos a acabar con la vieja política que ha acabado por atraparlos. Completa este bloque de derechas los ultras de Vox que no hace sino darle disgustos a sus socios. En el bloque de izquierdas aparece el PSOE, Unidas Podemos y supongo que cuantos nacionalistas y otros siniestros grupos pululantes, entendiendo por “siniestro” no a Soria, Dios nos libre, sino a lo contrario de diestro.

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Rivera, del candelero al candelabro

“Señor Zapatero: respete el trabajo de los jueces y la separación de poderes. Afortunadamente, ni usted ni los defensores de quienes dieron un golpe a la democracia dictan las sentencias en España. Esto no es Venezuela”.

En estos términos reprochó el “ciudadano” Albert Rivera a José Luis Rodríguez Zapatero, ex presidente del Gobierno español para quien los jueces del Supremo han de andarse con tiento al dictar la sentencia del proceso seguido contra los dirigentes soberanistas catalanes. Piensa Zapatero que, en el supuesto de que soliciten el indulto, todas las partes llamadas a decidirlo deberían examinar con detenimiento la posibilidad de concederlo. No planteó Zapatero nada del otro mundo que justificara la salida de Rivera, líder del extremo centro, al que traicionó su afán enfermizo de estar siempre en el candelero pues acabó subido al candelabro, como una folclórica cualquiera.

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