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José V. Egea

Politólogo

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El nuevo mundo del día después

En estos momentos de miedo; de desconcierto, y  de incertidumbre, generados por un virus que no distingue por género, etnia, nacionalidad o posición económica, es natural que los esfuerzos, tanto en los niveles de las administraciones públicas, como en los sociales e individuales, estén concentrados en afrontar el problema utilizando para ello todos los medios materiales de que disponemos como sociedad.

Pero en la convicción de que la pandemia pasará como hicieron otras anteriores, me llama la atención que, si bien todos afirman que el mundo que salga de la crisis ya no será el mismo que el de ayer, no he visto de momento a nadie que haya osado tratar de dibujar un boceto de ese nuevo mundo, que desgraciadamente no será el que nos cantaba la Sinfonía de Dvorák.

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Los viejos y el virus

Considero innecesario repetir aquí lo que ya se nos machaca desde todos los medios de comunicación por tierra, mar y aire: que la situación es muy grave; que es fundamental evitar exponerse, y que hay que tener confianza en que esto pasará, antes o después.

Pero, dentro de esa avalancha de noticias echo a faltar una mayor atención hacia el que es el objetivo prioritario del maldito coronavirus: los viejos. Y sin ser, creo, conspiranoico el único motivo que se me ocurre es que entre los productores y comunicadores de esas noticias hay muy pocos viejos; y esto, unido al conocido síndrome de querer ignorar el futuro que afecta a muchos jóvenes, nos hace poco menos que invisibles, cuando en realidad somos, muy a pesar nuestro, los protagonistas de esta película de terror. Intentaré con estas letras paliar en parte esta injusticia expresando qué y cómo percibo personalmente, como un viejo más, la situación.

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Más vale perder, que más perder

En una vida anterior, en la eventualidad de decidir sobre si adoptar, o no, acciones correctoras de decisiones anteriores que se habían demostrado desacertadas, mi responsable financiero siempre me decía que "más vale perder, que más perder.” Viene esto a cuento de algo que está pasando delante de nuestras narices, para lo que el aforismo viene que ni pintado, y que no es otro que la nueva batalla de València: el proyecto de la nueva ampliación del Puerto. Para no cansar al personal no entraré a relacionar los daños ya sufridos como consecuencia de la ampliación anterior, y me centraré en los aspectos más discutibles del proyecto actual, empezando por el punto de partida: Un proyecto de ampliación diseñado en los años de “vino y rosas” del desarrollo sin límites, y previo a la crisis en que llevamos inmersos doce años. Y si el tiempo transcurrido no lo ha hecho en vano, no sería razonable ignorar sus consecuencias en este proyecto, salvo que nos empeñemos en que los árboles nos impidan ver el bosque.

La primera consecuencia la situaré en el nivel sociopolítico de la economía global, porque afecta a causas por encima de la capacidad de decisión, no ya de las empresas interesadas en el proyecto, sino incluso de las decisiones que pueda adoptar un gobierno regional o estatal: Trump, que será lo que sea, pero no tonto, ha visto el peligro que China representa para su gente, y ha marcado el camino para una tercera guerra mundial, comercial esta vez, pero con consecuencias claras en la reducción de las importaciones desde el Extremo Oriente. Habrá que ver lo que tarda una UE en crisis profunda, como muestra la actual guerra por el Presupuesto, en aplicar medidas similares, a pesar de las resistencias de unas Alemania y Francia que son claras beneficiarias por ser exportadoras de artículos de lujo. Además, el incremento de las exigencias de los trabajadores chinos está empujando los costes hacia arriba; y hay empresarios en Europa que han comenzado a recuperar parte de su producción porque no les sale a cuenta traerla de allí. Y, para acabar de arreglarlo, el la crisis del coronavirus está dejando sin suministro a muchas empresas que hasta ahora habían confiado a ciegas en la fiabilidad de China como proveedor. Por todo ello, pretender que la explosiva combinación de estos tres factores no va a representar a medio plazo, ya no al inmediato que está siendo tremendo, una disminución, del número de megaportacontenedores que lleguen a los puertos europeos, es creer en milagros; o pretender hacernos creer en ellos. En linea con lo anterior, la disposición a renunciar a uno de los argumentos más potentes para justificar la ampliación, el del incremento del calado para permitir la llegada de monstruos de medio Km de largo, y así mantenerse competitivos con Tánger y Barcelona, muestra la inconsistencia de la justificación, máxime cuando el bálsamo de Fierabrás de mentar la competencia de Barcelona, tan querido por algunos políticos además de por los promotores, se ha caído tras la renuncia de los catalanes a cualquier tipo de ampliación, tanto por no estar justificada, como por motivos ecológicos.

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Gobernar , ¿para qué?; gobernar ¿con quién?

Si el objetivo de cualquier político, y de cualquier partido, es alcanzar el poder, sería deseable que el corolario de este logro fuera, como dice la teoría política, la puesta en marcha de las propuestas del programa con el que el ganador se ha presentado a las elecciones.

Sin embargo, la realización de este objetivo no es automática, al estar condicionada por factores internos, como puede ser un cambio en las condiciones objetivas que recomienden a quien gobierna un giro en la dirección de su política; o por factores externos, como que no se cuente con la mayoría necesaria para gobernar ,y para aprobar las leyes que respalden la política comprometida.

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Objeto de deseo

Entre el momento de escribir estas líneas y su publicación, espero que habrá pasado el tiempo suficiente como para que en la Batalla del Botànic II se haya firmado algún tipo de armisticio; porque no creo a los políticos de izquierda tan irresponsables como para seguir mareando la perdiz, y  para dar más argumentos a la oposición sobre el lavado en público de sus miserias respectivas.

Pero todo hace pensar que, a fecha de hoy, el punto mas conflictivo del debate a tres, al margen de vendettas y ambiciones personales, que también las hay, se centra en las competencias relacionadas con el medio ambiente: Cambio Climático, y  Eficiencia y Transición Energética. Y considero muy importante hacer hincapié en este hecho por las implicaciones que conlleva.

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En tiempos de desolación, no hacer mudanzas; ¿o sí? (1)

Con la erosión del Estado de Bienestar viene ocurriendo lo mismo que en el cuento de la rana y el agua caliente: desde los años 70 el problema ha ido evolucionando de modo tan sutil que, para cuando nos hemos dado cuenta ya estábamos fritos (2). La diferencia en el caso del Bienestar es que con la globalización y la crisis del 2008, el batacazo ha sido tan violento que ha reventado las costuras de un Sistema que ya venía mostrando sus limitaciones.

Ciñéndonos a nuestro país, todo este largo proceso ha ocurrido delante de las narices de una clase política de todos los colores, que no ha sabido, querido o podido, defender los intereses de la mayoría frente a la voracidad insaciable de un capitalismo sin fronteras, y a la que la crisis del 2008 pilló durmiendo. Esa larga siesta es el motivo por el que muchos, políticos, y ciudadanos, sigan soñando hoy con una alternancia que dudo mucho que volvamos a ver. En el tiempo transcurrido desde el inicio del siglo XXI, y especialmente en los últimos diez años con la inestimable contribución de internet, las tensiones generadas por el incremento de la desigualdad han aflorado en movimientos de diversos grupos sociales que, al no sentirse representados en las instituciones, exigen otros cauces aparte del voto periódico, por los que hacer llegar sus reclamaciones y defender sus derechos. De ahí dificultad de gestionar una sociedad como la actual, tan informada, compleja, politizada y organizada, y con un entrecruzamiento de posiciones como, a modo de ejemplo, expresan la coincidencia de históricos comunistas con Salvini sobre el modo de afrontar la inmigración (3), o las propuestas fiscales en patrimonio, sucesiones y renta (4) de los liberales británicos que, a fuer de radicales, dudo que pudieran ser asumidas por muchos de los españoles que presumen de socialistas.

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