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Victor J. Vázquez

Doctor en Derecho por la Universidad de Salamanca y profesor de Derecho Constitucional en Sevilla. He publicado diversos trabajos sobre relaciones Iglesia Estado y libertad de expresión. Próximamente publicaré el estudio "Libertad de expresión y religión en la cultura liberal. De la moralidad cristiana al miedo postsecular".

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El problema religioso de la Francia laica

Una de las grandes conquistas simbólicas de los republicanos franceses en el siglo XIX fue imponer restricciones a los párrocos en el toque de campanas. El fundamento era evidente: aislar el culto intramuros de las iglesias, y garantizar que el espacio público de los pueblos de Francia fuera un territorio cívico puro, impermeable a los perturbadores ecos clericales que ponían en peligro una nueva forma de vivir juntos. El día después de los atentados del 13 de noviembre, las campanas de Notre Dame rompieron el luctuoso silencio de París; antes, en la misma ceremonia, había sonado la Marsellesa y el arzobispo parisino había recordado el sustrato cristiano del pueblo francés. Algunos medios de comunicación sugirieron que aquella ceremonia auguraba una reafirmación de la identidad católica francesa como reacción a los ataques del islamismo radical. Un punto y aparte en la inmaculada historia moderna de la laicidad gala. Nada más lejos de la realidad. La Marsellesa sonando bajo las campanas de la vieja catedral no fue sino una variable ceremonial postmoderna para canalizar el dolor. La laicidad, la vieja laicidad de los republicanos, está hoy en Francia en boca de todos y, aparentemente, fuera de toda discusión. De hecho, si uno presta atención a los discursos pronunciados por las distintas autoridades francesas, la laicidad se ha erigido en el cuarto pilar fundacional de la República; junto a la liberté, la égalité y la fraternité, la laïcité es la síntesis de aquello que se intenta destruir y que la República está obligada a defender.

La apelación a los fundamentos de un orden político cuando este se ve amenazado y se quiere ofrecer una respuesta unitaria y contundente es, desde luego, una reacción lógica. Se trata de sintetizar el pluralismo social en torno a una identidad política compartida que defender de forma unívoca. Sin embargo, la apelación grandilocuente a conceptos abstractos esconde, en muchas ocasiones, una operación de autoengaño que consiste en asumir, no sólo que existe un consenso sobre qué son esos valores, sino que los mismos tienen una vigencia contrastada. En este sentido, ante una guerra planteada contra el terrorismo del estado islámico, y en un país donde hay más de cinco millones de musulmanes, hay que preguntarse qué significa realmente el principio sobre el que Francia ha querido definir históricamente su posición con respecto al fenómeno religioso y que hoy es invocado como elemento innegociable de la identidad republicana: la laicidad. Y, a este respecto, lo primero que habría que decir es que la laicidad francesa es un gran mito jurídico.

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¿Quién debe ser el defensor del Tribunal Constitucional? A propósito de una propuesta de reforma

Tengo un nítido recuerdo de mi primer año de estudiante de derecho y, en concreto, de las lecciones que recibí de la asignatura que años más tarde he acabado impartiendo: derecho constitucional. Aunque entonces no era consciente de ello, frente al resto de disciplinas que configuraban el programa de estudios, el derecho constitucional era una asignatura joven que acababa de sustituir al viejo derecho político enseñado en las universidades españolas hasta la entrada en vigor de la Constitución. Sin embargo, lejos de tener la impresión de haber estudiado una asignatura que doctrinalmente se encontraba en paños menores, viciada por el adanismo o la ingenuidad, uno la recuerda cómo una disciplina académicamente madura. Hay, en este sentido, un innegable deber de gratitud con varias generaciones de profesores que, formados en el viejo derecho político, hicieron un esfuerzo encomiable para que en muy poco tiempo, y sin casi ninguna tradición de la que nutrirse, en España pudiésemos aprender con varias escuelas de derecho constitucional, homologables a las de nuestros países vecinos. En esta tarea el derecho constitucional español tuvo un aliado excepcional: nuestro Tribunal Constitucional. Recuerdo bien la singular auctoritas que tenía entre nosotros, los alumnos, la apelación a doctrina elaborada por la justicia constitucional española, y el prestigio del que gozaban sus miembros.

Ahora que hace bastante que dejé de ser un estudiante, he de reconocer, sinceramente, que me resulta algo costoso creerme parte de la asignatura que explico, del mismo modo que soy consciente que, otro año más, me encontraré con una mayoría de alumnos para los cuales el Tribunal Constitucional y sus sentencias representan lo contrario de lo que esta institución representaba para mí y mis compañeros de aula: una institución desprestigiada, partidista y carente de legitimidad. Obviamente, alguno podrá pensar que este desprestigio no es exclusivo del Tribunal Constitucional, sino que se extiende a otras muchas instituciones estatales. Desde luego esto es cierto, sin embargo, pese a que la crisis sea generalizada el desprestigio no afecta a todas las instituciones de la misma forma que al Tribunal Constitucional. Intentaré explicarme.

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El caso Zapata

El campeón del mundo de boxeo Muhammad Ali fue un fervoroso seguidor de la nación del Islam, lo que le llevó, en los años de su juventud, a alinearse con posiciones que hoy entendemos aberrantes, tales como la prohibición de los matrimonios interraciales, la reclusión doméstica de las mujeres o la segregación racial del espacio público. Ali también protagonizó episodios llenos de crueldad, como cuando torturó en el ring a Ernest Terrel, un boxeador que se atrevió a llamarle por su antiguo nombre, Cassius Clay, y a quien golpeó sin dejarlo caer al suelo durante quince asaltos; o como cuando abusó de su inteligencia para caricaturizar ante el mundo como un gorila a su eterno contrincante Joe Frazier.

Sin duda, este mismo carácter excesivo e irreverente fue el que también hizo de él alguien capaz de irritar como nadie a la conciencia norteamericana, con gestos tan épicos como el de tirar su medalla olímpica al río por despreciar el país al que representaba; decir sentirse un Viet Cong en plena guerra del Vietnam o renunciar a su título y a su gloria por sus convicciones, para volver luego al ring, más viejo y más lento, y ganar de nuevo a todos, desafiando no sólo a la lógica sino sobre todo al poder.

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La vieja Europa y el nuevo blasfemo

Entre los años 1740 y 1741 se representó en Francia una de las obras menores de Voltaire, la pieza teatral El fanatismo o Mahoma. El profeta. Parece ser que la obra  disfrutó de un éxito de público considerable pero que su representación fue finalmente prohibida por la presión de la Iglesia católica. Y es que, tras la parodia del profeta musulmán, podía fácilmente deducirse que la intención del autor era llevar a cabo una crítica general al fanatismo monoteísta y, en concreto, al de la propia Iglesia católica.

Han pasado muchos años desde 1741 pero el asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo no deja ninguna duda de las dificultades que encontraría hoy en día cualquier compañía teatral para representar esta obra de Voltaire en Francia, o en cualquier otro país europeo. Sin embargo, creo que conviene analizar con algo de detenimiento el paradigma del nuevo blasfemo y cuál es el alcance real de las nuevas amenazas a la libertad de expresión provenientes de la censura religiosa en los viejos Estados de Europa. Aunque algunos han querido trazar forzados paralelismos, poco tiene que ver la vieja problemática de la tipificación de la blasfemia con las amenazas a las que se enfrentan quienes, como los periodistas de Charlie Hebdo, integran al islam como objeto de crítica dentro de la más irreverente tradición de la libertad de expresión.

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