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Rogelia: la vida de una niña en una comunidad lejos de todo

En Bolivia, el 32% de los niños y niñas de entre 7 y 17 años que vive las zonas rurales no tiene acceso a la educación

Rogelia vive en Santa Rosalía, una apartada comunidad de la sierra donde faltan alimentos, luz y agua

Rogelia vive en la comunidad boliviana de Santa Rosalía (Salva Campillo/AEA)

Rogelia vive en la comunidad boliviana de Santa Rosalía (Salva Campillo/AEA)

Desde lo alto de los cerros que rodean la comunidad de Santa Rosalía, se divisa la casa de Rogelia, la única a varios centenares de metros a la redonda. La construcción más cercana, es la escuela y está situada a casi medio kilómetro. En ese centro escolar concluye el único camino que conecta la ciudad de Sucre con esta pequeña aldea. Está sin asfaltar y es transitable solo si no llueve porque, cuando aparece el agua, aquello es un lodazal. El resto de viviendas de esta comunidad, que se esconden tras las montañas allá donde no llega la vista, solo son alcanzables con un motor: el de las piernas. Aquí habitan cincuenta familias.

Rogelia vive con su padre y su hermana mayor desde que nació en ese mismo hogar hace ocho años. “La madre la tuvo aquí donde estamos pisando”, recuerda Pedro Velázquez. En los últimos años, se ha avanzado mucho en los controles de salud y atención médica en los partos de mujeres rurales embarazadas. Sin embargo, en lugares como este, a dos horas caminando del centro de salud más cercano, es muy habitual que continúen dando a luz ayudadas por parteras tradicionales. La atención general es realizada por un un médico que recorre las comunidades de la zona cada doce días. El principal problema son las emergencias. “Las ambulancias tardan cuatro o cinco horas en llegar y de noche no vienen”, asegura el padre de Rogelia. Hace unos años, su esposa murió como consecuencia de un ictus cerebral. “Estábamos hablando y se quedó callada. No hablaba. Fui a Yamparáez (el municipio más cercano) a pie, corriendo, y traje la ambulancia”. Cuando finalmente la atendieron en el hospital, había poco que hacer. “Ni siquiera me dejaron verla. Es una pena. Así perdemos nuestras vidas aquí”.

Pedro nos habla sentado en su cama: una estructura de hierro cubierta por media docena de jarapas, sin colchón. Sobre su cabeza, un palo enganchado en la pared hace las veces de armario. En él, jerséis, pantalones y prendas de abrigo más voluminosas, mantienen el equilibrio para no caer al suelo, donde se amontonan sacos repletos de maíz. El lugar, además de ser un cuarto, es el almacén de la casa. “Este es el maíz de la última cosecha. Tengo que guardar por si este año no hay lluvia”. En la comunidad de Santa Rosalía, la mayor parte de las familias vive del cultivo de papa, maíz, trigo y haba, alimentos que constituyen la base de su dieta, en la que la carne es muy ocasional. Todo lo que produce es para el consumo propio. Vender, con los precios tan bajos que pagan los intermediarios, ni siquiera compensa.

La vida no es fácil en un lugar donde faltan alimentos, no hay luz y tampoco agua. Cada día, Pedro tiene que caminar una hora y media, con un cántaro amarrado a la espalda, para llegar al depósito de agua más cercano. Rogelia se encarga de las tareas de la casa junto a su hermana: cocinar en el pequeño horno de adobe que humea en las afueras de la vivienda y cuidar a los animales. Cuando acaba el horario escolar, es habitual que el perfil de las colinas de Santa Rosalía se vea salpicado por mujeres y niños, como ella, arreando a sus animales, que obedecen sumisos a las órdenes de las varas.

Pedro Velázquez, padre de Rogelia, en su habitación. (Salva Campillo/AEA)

Pedro Velázquez, padre de Rogelia, en su habitación. (Salva Campillo/AEA)

Rogelia apenas tiene deberes. Los profesores de la escuela son muy conscientes de la situación que hay en su casa y en la del resto de compañeros. Los días que tienen tarea, la hacen en la oscuridad, a la luz de un candil, empeorando su vista y su salud. “Sale un humo negro del queroseno que nos hace daño en nuestros ojos y en los pulmones”, afirma su padre. Y es que en esta comunidad, cuando llega la noche, las montañas se sumen en una total oscuridad. Ya no hay nada que ver en Santa Rosalía.

A pesar de todo, puede sentirse privilegiada: vive cerca de la escuela y tiene un padre que apuesta por sus estudios. El hecho de que su casa se encuentre a 400 metros de la escuela le regala algunas horas del día. Varios de sus compañeros deben caminar más de dos horas para llegar a las aulas, por eso muchos empiezan cansados y con poca capacidad de concentración. El desayuno y el almuerzo, con las hortalizas cultivadas en el huerto escolar que hemos puesto en marcha en la escuela, les ayuda a recuperar fuerzas y, sobre todo, a combatir los altos índices de desnutrición infantil que hay en la zona. "Con los alumnos preparamos el terreno, trasplantamos la semilla y regamos. A medida que va produciendo, usamos esas verdura en la producción del almuerzo. Hay mucha desnutrición y problemas con el agua. Hay ríos o pozos que no están aptos para el consumo, pero los niños consumen ese agua habitualmente y ese es un foco común de enfermedades".

En Bolivia, el 32% de la infancia de entre 7 y 17 años que vive las zonas rurales no tiene acceso a la educación. En el área urbana esta cifra ronda el 7%. Las mujeres que viven en la ciudad estudian una media de seis años y en el área rural sólo llegan a los tres debido, principalmente, a la baja calidad de la educación, la distancia a los centros, la discriminación por género o los altos índices de embarazos adolescentes. En Santa Rosalía, la escuela no imparte clases más allá de primaria y los padres no quieren que sus hijos continúen sus estudios en la ciudad, principalmente, porque no tienen recursos para pagar un internado y no se fían de la vida que pueden llevar lejos de casa. "No confían en que sus hijos permanezcan solos en otro lugar que no sea donde ellos viven. Por eso, las niñas terminan y continúan con sus tareas habituales de cuidado de las ovejas, de los rebaños, de las cabras, etc. Otras se van a trabajar en el servicio doméstico en Sucre...", asegura Bernabé Osco, profesor de la escuela. La mayoría de los niños se queda unos años en la zona hasta que tiene edad suficiente para irse a trabajar a otros departamentos bolivianos. "Ellos terminan en la escuela con 11 o 12 años y poco después se van a Cochabamba, Santa Cruz, etc., donde pagan bien. Allí trabajan, vienen de visita y se van nuevamente. En esta comunidad hay mucha migración de la gente y los señores mayores ya no pueden tener hijos. Yo veo un máximo de 5 años más de vida a esta escuela y esto va a quedar como un elefante blanco".

Los hermanos mayores de Rogelia siguieron ese patrón. De los cuatro que se fueron a la cuidad, uno trabaja en la construcción y dos en el servicio doméstico. Solo el más joven de todos ellos está en un internado. “No hay dinero para mantenerlos a todos estudiando. Ahora mismo apenas puedo mantener al que estudia”, se lamenta Pedro. Sin embargo, no descarta que su hija continúe la secundaria. Su sueño es que llegue a convertirse en una funcionaria pública. Al final, esa es “la herencia que dejaré a mis hijos”.

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