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Una alternativa para los que no pueden dejar de comer carne por el cambio climático: consumir casquería

Una investigación de 'Environmental Science & Technology' demuestra que aprovechar todo el animal contribuye a reducir los gases de efecto invernadero casi tanto como cambiar la alimentación del ganado

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Vaca en Arzúa (Galicia).

Vaca en Arzúa (Galicia).

Todos sospechamos que nuestras abuelas, aún sin saberlo, eran auténticas ecologistas: usaban bolsas de tela, remendaban los calcetines y retornaban los cascos de las botellas de vidrio a las bodegas con religiosidad. Ahora una investigación que acaba de publicar Environmental Science & Technology demuestra que otra de sus costumbres, el consumo regular de casquería, podría reducir hasta un 14% la emisión de gases de efecto invernadero derivados de la industria ganadera.

Una cifra que quizá no parece demasiado elevada pero que, sin embargo, resulta relevante. Entre las medidas para mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero, solo recortar a la mitad nuestro consumo de carne sería más efectivo.

“Por supuesto, todos sabíamos que comer menos carne iba a suponer una reducción de las emisiones”, explica Gang Liu, uno de los investigadores que ha trabajado en el informe,  “pero no esperábamos que el incremento del uso de la casquería para el consumo humano contribuyera a reducir los gases de efecto invernadero casi tanto como controlar la alimentación de los animales, una de las medidas más apoyadas hoy en día para reducir la producción de metano”.

En este momento, una parte considerable de los animales sacrificados se desecha y acaba incinerándose. “Por supuesto, no se puede aprovechar todos los subproductos que se generan en el proceso”, explica el investigador, “pero hemos visto que se podría incrementar su uso, bien como alimento humano, o para procesos industriales como la producción de cosméticos”.

Si acabáramos con el 50% de desechos que se generan en el matadero y lo utilizáramos como comida, señala el estudio, necesitaríamos criar menos animales para cubrir la demanda de energía animal consumida y con ello se reducirían las emisiones que origina su producción. Para Gang Liu, esto se traduce en consumir unos 10-15 kilos más de casquería o lo que es lo mismo, introducir alimentos como lengua, oreja, riñones o hígado una o dos veces a la semana.

Según la FAO, la industria ganadera ocasiona el 14,5% de los gases de efecto invernadero globales. El metano, un gas más nocivo que el CO2  al ser 30 veces más potente atrapando los gases en la atmósfera, supone la mitad de esas emisiones. Las vacas, las ovejas, las cabras y, en general, todos los rumiantes generan este gas al tener un sistema digestivo capaz de digerir la celulosa de la hierba y los pastos. Por eso una de las medidas más aceptadas para disminuir su producción ha sido el control de su dieta.

Si las vacas llevan una alimentación basada en carbohidratos y grasas insaturadas, forraje triturado y realizan además tomas más continuas se consigue reducir, según varias investigaciones, las emisiones de metano que realizan a través de la respiración y las famosas flatulencias.

Sin embargo, el nuevo estudio publicado por la American Chemical Society ofrece una visión más completa.

“Nuestra contribución ha sido crear un sistema de referencia para comparar las distintas medidas de mitigación de los gases de efecto invernadero”, puntualiza Gang Liu. “Sin esto, es difícil establecer prioridades y a veces se olvidan algunas opciones al centrarnos demasiado en solo ciertas alternativas”.

En sus resultados, recortar a la mitad el consumo de carne tendría las mayores consecuencias: una reducción del 32% de las emisiones. Seguido iría aumentar el consumo de casquería (14%), disminuir la intensidad de las emisiones en la producción (13%), reducir la comida que se tira en el hogar y los establecimientos (10%) y sustituir una cuarta parte de la ternera que comemos por cerdo o pollo (7%).

El estudio, que analiza los datos de la industria ganadera en Alemania, puede, según sus autores, extrapolarse a otros países como España. Aunque los españoles consumimos menos carne que los alemanes, unos 42,6 Kg por persona frente a 59,7 Kg, los dos países son grandes exportadores de este producto y comparten suficientes similitudes para que las medidas tengan efectos equiparables. 

También las tendencias de ambas regiones son similares. En los últimos años, el consumo de carne de los ciudadanos de estos dos países se ha reducido y cada vez parece que estamos más concienciados de la necesidad de acabar con el desperdicio de comida en nuestras casas.

Como aseguran los expertos, la equivocada percepción de que las vísceras y menudencias son tóxicas nos está privando de productos llenos de vitaminas y minerales. Quizá debamos refinar nuestro gusto y disfrutar de lo que nuestros abuelos y abuelas consideraban un manjar. Aunque ya es sabido que la mejor dieta baja en carbono es la que incluye, sobre todo, verduras.


Esta sección en eldiario.es está realizada por Ballena Blanca. Puedes ver más sobre este proyecto periodístico aquí.  


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